Gobierno trata de frenar migración de deportistas: Autos vs millones

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Desde  hace seis décadas, tener un auto en Cuba es signo de distinción, privilegio, casi de realeza. No importa cuán desvencijado esté, cuán pequeño, incómodo y maltrecho. Ser poseedor de un vehículo de cuatro ruedas es casi lo mismo que ser rey. No tener el modelo del año. Sino tener uno. Desde un Mercedez Benz hasta los conocidos como los famosos “Polaquitos” (Polski Fiat) de mínimo calado.

Durante mucho tiempo lo mismo fue decir: tener un Lada o un Moskovich, de fabricación soviética. Los Nivas 4×4 y los amplios Volga eran harina de otro costal, privilegios de dirigentes gubernamentales y administrativos de empresas, con chapas “azules”, pero que eran casi de la propiedad de sus pasajeros y choferes.

Ahora le ha tocado el turno a los “almendrones” o autos de fabricación mayormente estadounidense de los años 40 y 50 del siglo XX, de los que resulta que hay más en activo en Cuba que en los propios Estados Unidos, derivando en el “aplatanamiento” de estos como atractivo turístico y de cultura automovilística.

Tener un auto en Cuba es un signo de distinción y también de pecado, de peligroso “enriquecimiento” , y que podía ser penado por un gobierno que mucho tiempo prohibió la venta libre de los vehículos, limitando su concesión a decisiones políticas, “estímulos laborales”, premios a décadas de trabajo obrero.

La campeona Idalys Ortiz recibió un Peugeot 508

Igual que sucedió con las viviendas y todo un catálogo de equipos electrodomésticos. Refrigeradores, reproductoras de videocasetes, computadoras, teléfonos fijos, el propio acceso al Internet.

Ante los ojos del Estado había que merecer y trabajar durante años, durante decenas de años para ser bendecido con algunos de estos recursos. No se podía decidir tenerlos. El Estado decidía cuándo y cómo podías tenerlo. Muchos recordarán la “entrega” de televisores y demás por los CDR de cada cuadra, que ocasionaban más de una desavenencia entre vecinos que echaban mano a todo sus recursos para obtener el derecho a comprar. Igual a escala de sindicatos en cada centro laboral.

Por eso fue un escándalo inaudito en su momento, cuando el atleta cubano Javier Sotomayor, a raíz de ganar el Premio Príncipes de Asturias en 1993, le fuera obsequiado así, sin más ni más por los españoles, un auto Mercedez Benz. Eso removió las mismas esencias del sistema político cubano, y los rumores se esparcieron como llamas en pasto seco. Fidel Castro tomó cartas en el asunto y propuso al Príncipe de las alturas cambiar el flamante auto capitalista por un Lada socialista, y usar el dinero de la diferencia de precios para comprar ómnibus para Cuba. Un cubano con Mercedez Benz particular en la Cuba de los 90 era inaudito, un acto contra natura. Solo Fidel Castro podía contar con una flota de estos vehículos para su traslado diario y el de su ejército de guardaespaldas.

Ahora, el gobierno cubano vuelva apelar a los antiguos sistemas de premiación de los méritos laborales socialistas, y regala autos a deportistas cubanos de alto rendimiento que no han abandonado las filas del deporte oficial para buscar mejores suertes en las ligas extranjeras donde sus talentos les pueden proveer millones con los que comprarse flotillas enteras de autos.

862 “deserciones” de deportistas de varias disciplinas en los últimos diez años se necesitaron para que el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, decidiera conceder de forma gratuita autos modelos Mercedez Benz E 200, Hyundai Sonata y Peugeot 301 a deportistas tan claves para los medalleros como cuatricampeón olímpico de Lucha Mijaín López. Aunque siempre aclarando que es para “reconocer una vez más la prioridad asignada a un deporte que todo lo debe a la Revolución y a su invicto Comandante”, según reporta el oficial medio digital Jit en su crónica del acto solemne donde se “entregaron” estos vehículos.

Esas palabras fueron acreditadas al caonísta Serguey Torres Madrigal, uno de los beneficiados con esta distinción tan alta como una medalla. Debe haberlas leído de un texto previamente escrito por otras manos para su posterior lectura. El texto de Jit repite el nombre de Fidel Castro varias veces, como pidiendo disculpa, como justificando este desliz de la moral socialista.

El Mercedez Benz E 200 está valorado actualmente en más de 48 mil euros o más de 50 mil dólares estadounidenses. El Hyundai Sonata, en más de 21 mil euros. Y el Peugeot 301 en unos 11 mil euros. De profesionalizarse, muchos de estos deportistas podrían comprar cientos de estos autos con sus pagas mensuales. Pero aquí adquiere matiz político, de altísima distinción política. Regalar un auto moderno en Cuba es asunto de Estado, de resoluciones, de intensos debates.

Los canoístas Serguey y Fernando Dayán, los boxeadores Julio César la Cruz, Andy Cruz, Arlén López, los atletas Juan Miguel Echevarría, Maikel Massó y Yaimé Pérez, los paratletas Omara Durand y su guía Yuniol Kindelán, Leonardo Díaz, Robiel Sol y Leinier Savón, el taekwondoca Rafael Alba, el tirador Leuris Pupo, la judoca Idalys Ortiz, y los luchadores Reinieris Salas, Luis Alberto Orta y el referido Mijaín López. Todos “recibieron” las llaves de sus autos como santas unciones de caballeros templarios. Cuando sus méritos no tienen precio, y si lo tienen, es muchísimo más alto.

De eso se han percatado muchos deportistas cubanos y han decidido probar suertes en otras regiones, lo cual no tiene por qué implicar un pecado contra la Patria, la dignidad, el honor y el pueblo cubano. Todos los deportistas del mundo lo hacen y no dejan de honrar a sus países de origen, que no les demandan fidelidades militares ni les recuerda a cada minuto que le deben todo al gobierno y sus líderes. Mijaín no es Mijaín por sus méritos físicos, sino por obra y gracia del INDER, la Revolución y Fidel.

Estos parecen haberlo diseñado genéticamente para que fuera un luchador imbatible. Buscar otros horizontes es traición. Y para que no le seduzca la traición de tantos “malagradecidos” como los 12 peloteros que dejaron a la mitad el equipo cubano que compitió en el Mundial Sub-23 de Béisbol en México el pasado año. Luego incluso de que fueran seleccionados por su “patriotismo” en vez de sus méritos deportivos.    

Ahora los compromisos firmados, las banderas y las medallas hay que reforzarlos con algunas prebendas materiales, con estímulos peligrosamente capitalistas. Un poco más caros y vistosos que los “combos” de comida en nylons que se les regalaron a los deportistas olímpicos recientemente. Y menos ridículos y tristes.

Esta decisión tan delicada está tomada casi a regañadientes, cuando las estadísticas de “fugas” y “traiciones”, aceptadas por hasta por los medios oficiales cubanos, apuntan a cifras de tres ceros. Ya no hay Ladas que entregar, así que se moderniza el parque automotriz y se regalan autos que peligrosamente no fueron fabricados en el campo socialista.

Igual, en su discurso, Torres Madrigal tuvo que “agradecer este gesto” (son las primeras palabras del texto de Jit) motivado por la “importancia de reconocer a los autores de grandes proezas deportivas” que sigue “inamovible” como “homenaje al principio proclamado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz al inicio de la Revolución”. No es un pago merecido, sino un favor. No se equivoquen.

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