La Iglesia alza la voz en el Día de la Caridad: reclaman reformas profundas ante la «triste» situación de Cuba

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Ante miles de peregrinos congregados en la Basílica Santuario Nacional de El Cobre, el arzobispo metropolitano Monseñor Dionisio García Ibáñez alzó su voz durante la Primera Misa de la Solemnidad de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre para exigir profundas transformaciones en la sociedad. En un templo que permaneció abierto ininterrumpidamente desde la tarde del lunes, el prelado pronunció una homilía donde calificó la realidad del país como un escenario que «ningún pueblo la merece».

El líder religioso instó a los fieles a elevar sus oraciones para que las reformas nacionales sean auténticas y no superficiales. «Vamos a pedirle al Señor que cualquier cambio que se haga, los cambios que se están haciendo, no se queden en la periferia, sino que profundicen y que toquen todas las estructuras de nuestra vida, la vida de cada cubano, de cada persona», expresó ante la multitud, agregando: «Hay que pedirle a Dios eso. Que se hagan los cambios necesarios para cada día vivir con más tranquilidad, como un pueblo que quiera amar a Dios y que quiere quererse como hermanos».

Durante su mensaje, suplicó que se le otorgue a la ciudadanía «fortaleza, sabiduría y decisión para que sepamos superar la situación que estamos viviendo, que es triste y que ningún pueblo la merece». El discurso alcanzó su punto más crítico al dirigirse a los distintos sectores de la sociedad, lanzando un mensaje directo a los líderes de la nación: «¿Cómo un gobernante puede hacer la voluntad de Dios?, gobernando en provecho del pueblo y no en provecho propio. Es lo primero. Y después tratando de que se haga lo que el pueblo necesite y quiere, y no mi capricho, o que mi voluntad o mi manera de pensar sea lo que se cumpla porque esa es la única que vale».

Apoyado en las lecturas bíblicas del libro de Judit y la Anunciación a María, García Ibáñez advirtió sobre el fracaso de los sistemas políticos que marginan la espiritualidad: «Hay veces que los hombres creemos, y así lo hemos escuchado y lo hemos vivido, de que en la tierra se va a poder construir un paraíso. Y no nos damos cuenta de que cuando nosotros nos olvidamos de la voluntad de Dios, nuestros caminos no pueden terminar bien». Sobre la figura de Judit, resaltó que el Creador «la escogió a ella, a una mujer precisamente, para llevar a todos hombres y mujeres a vivir la vida digna que Dios quería para su pueblo, darle libertad de fe para que pudieran practicar su fe», concluyendo que «Hacer la voluntad de Dios le corresponde a cada uno según su condición».

Esta intervención consolida la postura crítica que el arzobispo, quien también preside la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, ha mantenido durante el último año. Ya en enero, la institución demandó «cambios estructurales, sociales, económicos y políticos». Posteriormente, en mayo, el prelado sentenció desde el mismo altar que «Cuba tiene que cambiar»; en julio alertó que «Hay tanta gente pidiendo ayuda. Y la ayuda no basta», y en agosto abogó por el derecho de los ciudadanos a «vivir con decencia».

La emotiva ceremonia religiosa concluyó con un ferviente llamado a la fe y la esperanza ciudadana: «Que el Señor nos acompañe, que nos dé ánimo, y vamos este día a tenerlo muy presente ahí en los brazos de María y decir: Tú eres mi Salvador. Quiero oírte, quiero seguir tu palabra».

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