El cubano Carlos Cuesta Rodríguez, de 70 años, fue ejecutado mediante inyección letal el pasado jueves en la Penitenciaría Estatal de Oklahoma, en McAlester.
Cuesta Rodríguez murió más de dos décadas después de ser condenado por el asesinato de Olimpia Fisher, su pareja y madre de dos hijas.
Según informó Oklahoma Voice, el Departamento Correccional de Oklahoma confirmó que Cuesta Rodríguez fue declarado muerto a las 10:13 de la mañana, hora local, luego de que fracasaran los intentos de sus abogados y organizaciones contrarias a la pena capital para evitar la ejecución.
El cubano había sido condenado a muerte por el asesinato de Fisher, de 43 años, ocurrido en 2003 en la vivienda que ambos compartían en Oklahoma City.
Según la fiscalía, el crimen ocurrió tras meses de acoso y maltrato contra la mujer.
Cuesta Rodríguez le disparó dos veces en los ojos durante un episodio de violencia del que fueron testigos las hijas de la víctima, Cinthya Allen y Catya Wallis.
Una de ellas, que estaba embarazada, presenció el primer disparo. La otra oyó las detonaciones, encontró a su madre herida e intentó enfrentarse al agresor con un bate de béisbol antes de escapar y llamar al 911 desde la vivienda de un vecino.
Las autoridades aseguran que Fisher sobrevivió al primer disparo y que el cubano volvió a dispararle mientras los agentes permanecían fuera de la casa.
Cuesta Rodríguez mantuvo un enfrentamiento con la policía durante aproximadamente tres horas.
En julio pasado la Junta de Indultos y Libertad Condicional de Oklahoma votó 3-1 en contra de recomendar clemencia al gobernador Kevin Stitt.
Entonces, a pocas semanas de su ejecución, el propio Cuesta Rodríguez afirmó que no quería ni consideraba merecer el indulto. “Es hora de que pague por lo que hice”, subrayó.
No obstante, sus abogados intentaron que se tuviera en cuenta una historia personal y clínica que no habría sido presentada adecuadamente durante el juicio.
Cuesta Rodríguez salió de Cuba a Estados Unidos durante el Éxodo del Mariel de 1980.
De acuerdo con la defensa, el cubano tuvo una infancia marcada por abusos físicos y sufrió una grave lesión cerebral como consecuencia de un accidente de autobús.
Asimismo, sus abogados sostuvieron que padecía depresión, paranoia, psicosis y trastorno de estrés postraumático, y que consumía alcohol y esteroides en la época en que asesinó a Fisher.





