El martes 7 de julio, en el estadio Julio Antonio Mella de Las Tunas, Industriales venció 8-2 a los Leñadores y se proclamó campeón de la IV Liga Élite del Béisbol Cubano. Es el primer título nacional del equipo capitalino desde la Serie Nacional 2009-2010, poniendo fin a una sequía de 16 años que había comenzado a parecer permanente.
La serie final la ganaron cuatro juegos a uno, lo que habla de dominio, no de suerte. Industriales fue el mejor equipo de principio a fin del campeonato: dominó la fase clasificatoria, superó a los combativos Huracanes de Mayabeque en semifinales y cerró el trabajo en casa ajena, donde Las Tunas —dueño de tres títulos recientes y referente de la pelota cubana de los últimos años— acostumbraba dictar sentencia.
Yasiel Santoya fue la chispa del partido decisivo. En el segundo inning conectó un doblete que empató las acciones, y en el cuarto bateó un cuadrangular que cambió el rumbo del juego. Andrys Pérez también sacó la pelota del parque, sumando poder a una ofensiva que no dio tregua al lanzador Geonel Gutiérrez. Carlos Nieto remolcó con doblete, Roberto Álvarez con sencillo. Cuando Las Tunas quiso reaccionar, el daño ya era irreversible.
En el montículo, Fher Cejas cerró el trabajo con autoridad, limitando a los Leñadores a tres hits y una carrera en cinco entradas. Fue su segunda victoria en la final. El manager Guillermo Carmona diseñó una rotación y un uso del bullpen que no dio fisuras en los momentos decisivos.
Industriales tiene 12 coronas en Series Nacionales —más que cualquier otro equipo— pero el béisbol cubano cambió de formato y la hegemonía azul se diluyó durante década y media. El campeonato de la IV Liga Élite no borra esa historia pero sí reafirma que los Leones siguen siendo capaces de ganar cuando el nivel aprieta.
Para la afición de Industriales en Cuba y en la diáspora, el título llega en un momento en que celebrar algo en la isla se ha vuelto cada vez más difícil. Dieciséis años es mucho tiempo de espera. El martes por la noche, en el Julio Antonio Mella, los que estaban en las gradas y los que siguieron el juego desde Miami o desde cualquier rincón del exilio tuvieron un motivo para gritar juntos.



















