El Real Madrid quedó eliminado de la Champions League tras caer 4-3 ante el Bayern de Múnich en un partido que tuvo de todo desde el primer minuto y que terminó decidiéndose en un tramo final caótico, condicionado por la expulsión de Eduardo Camavinga. El equipo blanco había sido capaz de adelantarse hasta en tres ocasiones, pero no logró sostener la ventaja en los minutos decisivos y terminó pagando caro una combinación de desorden, errores propios y una decisión arbitral que marcó el desenlace.
El encuentro arrancó de forma frenética, con un gol prácticamente inmediato de Arda Güler tras un error de Neuer que dejó al Madrid por delante en el marcador. El Bayern reaccionó rápido y empató pocos minutos después por medio de Pavlovic, aprovechando un córner mal defendido. Lejos de estabilizarse, el partido siguió abierto y con alternativas constantes. Güler volvió a adelantar al Real Madrid con un gol de falta antes de la media hora, pero Harry Kane igualó de nuevo antes del descanso tras recibir dentro del área sin oposición. El intercambio no terminó ahí: poco antes de irse a los vestuarios, Vinicius lideró una contra que terminó con Mbappé definiendo para el 2-3, resultado con el que el Madrid se iba arriba en un partido completamente desordenado pero que, pese a todo, había sabido competir.
La segunda parte cambió el tono. El Bayern asumió más control, empujó al Real Madrid hacia su campo y comenzó a acumular posesión y llegadas, mientras el equipo blanco se replegaba y trataba de gestionar la ventaja sin demasiado éxito. No era un asedio constante, pero sí un partido que empezaba a inclinarse poco a poco, con un Madrid cada vez más lejos del área rival y con menos capacidad para sostener el balón.
En ese contexto llegó la jugada que lo cambia todo. En el minuto 86, Camavinga comete una falta en el mediocampo que no tenía mayor trascendencia, pero tras la acción retiene el balón unos segundos teniendo ya una amarilla. El árbitro no duda y le muestra una tarjeta amarilla. Era la segunda y ni siquiera el árbitro lo sabía (así de mal estuvo en todo el partido Slavko Vinčić). Solo cuando se acercaron a él los jugadores del Bayern, y se lo hicieron notar fue que el referee se dio cuenta y sacó entonces la tarjeta roja, dejando al Madrid con diez jugadores en el peor momento posible. La decisión fue inmediata y abrió un debate que continúa después del partido, porque muchos consideran que la acción no justificaba una expulsión en ese punto del encuentro, con el Madrid venciendo 3 a 2 y casí que obligando a llevar al partido a la prórroga. El árbitro simplemente se cargó ahí mismo el partido. Dicho en buen cubano: lo jodió todo.
No por gusto el portal especializado Archivo VAR lo calificó con un 1,0, la peor nota posible, y definió su actuación como “catastrófica”, señalando que fue “verdaderamente imposible hacerlo peor”. El mismo análisis sostiene además que el colegiado pudo no haber tenido en cuenta que Camavinga ya estaba amonestado en el momento de mostrar la segunda tarjeta, un detalle que agrava la controversia sobre una decisión que terminó condicionando el desenlace del partido.
El veterano periodista cubano Miguel Hernández, toda una autoridad en cuanto a fútbol se trata lo resumió así: «(…) reviví a Edgardo Codesal con su penal para Alemania vs Argentina en 1990«.
Lo que vino después fue un derrumbe. Con uno menos, el Real Madrid no logró reorganizarse ni enfriar el partido, y el Bayern encontró los espacios que no había tenido durante gran parte del encuentro. En el minuto 89, Luis Díaz empató el partido tras una jugada en la que la defensa blanca no logró despejar con claridad, y ya en el tiempo añadido, con el equipo completamente partido, Michael Olise firmó el 4-3 definitivo en una contra que encontró al Madrid desordenado y sin capacidad de reacción.
La eliminación deja un foco evidente en la expulsión, pero también obliga a mirar más allá de esa jugada. El Madrid no cerró el partido cuando tuvo la oportunidad, fue perdiendo control en la segunda parte y terminó dependiendo de una gestión defensiva que no estuvo a la altura cuando más se necesitaba.
Sin embargo, huelga un análisis sobre esta «discusión», pues no se limita solo a si el árbitro fue excesivo o no, sino también a por qué un jugador que no ha mostrado regularidad durante toda la temporada termina entrando al campo en un partido que exigía máxima concentración. La falta puede parecer menor en otra situación, pero en ese minuto y con ese contexto terminó teniendo un peso que el Madrid no pudo sostener.
Camavinga no ha tenido una buena temporada. Ha perdido peso en el juego del equipo, ha bajado su intensidad sin balón y ha dejado de ser ese futbolista que marcaba diferencias desde la energía, la recuperación y el despliegue. Lo que antes era una de sus fortalezas —su capacidad para sostener el ritmo del partido— hoy aparece de forma intermitente. Entre las últimas derrotas del Madrid hay tres partidos en específico que Camavinga no bajó rápido a defender, no presionó o perdió la marca inexplicablemente. Hay quien incluso asegura que está «de espía» dentro del conjunto, haciendo todo mal, buscando precisamente que hagan con él lo que ya se vislumbra: que lo vendan al final de la temporada.
Por eso la pregunta es inevitable: si el jugador no está en su mejor nivel, ¿por qué está en el campo en el minuto 86 de un partido de Champions que exige exactamente lo que él no está ofreciendo? ¿Por que el DT tomó la decisión de meterlo a jugar? La responsabilidad no es solo del que comete el error, sino también del que decide que ese jugador esté en esa situación. Arbeloa apuesta por Camavinga cuando este no lo merecía.
Cargar toda la responsabilidad en el árbitro permite evitar esa discusión, pero no la resuelve. La jugada de Camavinga es el detonante visible, pero el origen está en una temporada donde el rendimiento de ciertos jugadores no ha estado a la altura y donde, aun así, se sigue confiando en ellos en momentos decisivos. Y eso es un error del cuerpo técnico.
Hasta ese instante, hasta la falta absurda de Camavinga y la metedura de pata de Slavko Vinčić, el Real Madrid tenía la eliminatoria donde quería. No había sido un dominio aplastante, pero sí suficiente para sostener la ventaja, controlar los ritmos y obligar al Bayern a asumir riesgos. El equipo alemán había tenido tramos de posesión y empuje, sobre todo en la segunda mitad, pero sin generar una sensación real de ruptura. Era un partido abierto, sí, pero contenido dentro de un guion que favorecía al Madrid. Con un equipo merengue que llegaba en contragolpes y que provocaba sustos en la zaga alemana.
La expulsión lo cambió todo de forma inmediata. Con diez hombres, el equipo se partió. No hubo capacidad para reorganizarse, ni pausa para enfriar el juego, ni lectura colectiva para sostener el resultado. El Bayern, que ya venía empujando, encontró espacios, aceleró y terminó concretando en pocos minutos lo que no había logrado en más de ochenta. Dos goles, una eliminatoria volteada y un Madrid que se deshace justo cuando más necesitaba orden.
La reacción tras el partido apuntó rápido al árbitro. Desde el banquillo se habló de una decisión desproporcionada, los jugadores mostraron su frustración. Tanta que hasta le fueron en masa al árbitro. Arda Güller hasta se llevó una roja.
Grosso modo, el relato madridista se ha construido alrededor de la expulsión. Y es cierto que la segunda amarilla puede parecer excesiva en ese contexto. Es una acción que muchos árbitros gestionan de otra manera, sobre todo en un tramo tan delicado del partido. Pero quedarse ahí es demasiado cómodo. Arbeloa también tiene responsabilidad. Camavinga no debió entrar nunca.




















