El silencio selectivo de medios y «expertos» internacionales sobre los médicos cubanos

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Dos artículos recientes publicados por Al Jazeera y The Guardian coinciden en un punto: la defensa del papel de los médicos cubanos en el mundo y la crítica a la presión ejercida por Estados Unidos para desmantelar esas misiones. Ambos textos destacan el alcance global del sistema sanitario cubano y su presencia en contextos de crisis, desde epidemias hasta desastres naturales.

Del mismo modo, conviene precisar que ambos textos están escritos desde marcos políticos y geográficos donde Cuba no se lee solo como un fracaso interno, sino como un actor dentro de una historia más amplia de relaciones desiguales con Estados Unidos y el llamado sur global. Desde esa posición, ambos tienden a priorizar el papel internacional de Cuba —médicos, misiones, solidaridad— y a relativizar o dejar en segundo plano las tensiones internas del modelo cubano.

El artículo de Al Jazeera no es una defensa ciega del gobierno cubano, pero tampoco es una crítica completa. Está construido desde una idea central: que el mundo —y especialmente Estados Unidos— no ha sabido leer a Cuba más allá del cliché del “Estado fallido”. A partir de ahí, Jafari S. Allen, el autor, desplaza el foco hacia lo que considera una pérdida mayor: el desmantelamiento de una tradición de solidaridad internacional que tuvo como uno de sus pilares el envío de médicos a zonas de crisis.

El texto se detiene en ejemplos concretos, como la participación cubana en la lucha contra el ébola en África occidental o el despliegue sanitario en desastres naturales, y presenta esa política como algo excepcional dentro del orden global, pero no dice que hubo un acuerdo económico para sostener la misión cubana contra el ébola, con financiamiento de la OMS para cubrir gastos operativos y del personal, aunque algunas fuentes consultadas indican que Cuba no recibió un pago comercial directo por esos servicios.

Pero esa construcción tiene un costo narrativo. Aunque el autor reconoce que el Estado cubano es “represivo”, que existe vigilancia, desigualdad racial y agotamiento social tras décadas de promesas incumplidas, esos elementos aparecen como telón de fondo, no como eje. No hay una bajada concreta al funcionamiento de las misiones médicas en sí. No se examina cómo se recluta a los médicos, qué margen real tienen para aceptar o rechazar esas misiones, ni cómo se estructuran sus contratos. Tampoco se aborda el control estatal sobre sus ingresos o las restricciones que enfrentan en el extranjero.

El resultado es un texto que amplía el contexto político e histórico, pero evita entrar en el punto más sensible del debate: qué implica, en términos individuales, formar parte de ese sistema; y ahí está una de las ausencias más grandes de ese tipo de textos. Se habla de solidaridad, de brigadas, de prestigio internacional y hasta de sacrificio, pero casi nunca se baja al dato más terrenal: para muchos médicos cubanos, salir a una misión no era solo una consigna política ni un gesto altruista, sino una de las pocas vías reales para reunir dinero en una economía donde el salario estatal no alcanza para sostener una vida digna. Esa parte cambia bastante la lectura, porque introduce un elemento material muy concreto: no se iban únicamente a “servir”, también se iban porque en Cuba no podían comprarse con su sueldo ni un refrigerador, ni una lavadora, ni reparar la casa, ni resolver necesidades básicas de su familia.

Decir eso no invalida que hayan salvado vidas ni que muchas de esas misiones hayan tenido impacto real. Lo que hace es completar el cuadro. Porque una cosa es presentar al médico cubano como emblema puro de internacionalismo, y otra muy distinta reconocer que ese mismo médico venía de un sistema que lo mantenía mal pagado y que convertía la misión exterior en casi la única escalera económica posible.

El texto de Al Jazeera termina siendo como el publicado por otros medios sobre el mismo tema, que insisten en narrar a esos profesionales como símbolo de solidaridad global, pero omiten que esa “solidaridad” también descansaba sobre la precariedad salarial dentro de Cuba y sobre la necesidad de aceptar misiones para acceder a ingresos y bienes imposibles de alcanzar en la isla.

En el caso de The Guardian, el enfoque es distinto, pero el efecto final es similar. Kenneth Mohammed construye su columna desde la indignación moral ante lo que describe como una campaña para expulsar a los médicos cubanos de países del Caribe y América Latina. El texto enfatiza las consecuencias de esa retirada: comunidades sin atención médica, sistemas de salud debilitados y una región que, según el autor, actúa por presión de Washington más que por decisión propia. La narrativa está cargada de ejemplos históricos —misiones en Haití, África, Asia— y de una idea recurrente: Cuba como un país que ha practicado una forma de solidaridad internacional poco común.

Aquí sí aparece uno de los puntos más polémicos del modelo: el hecho de que el Estado cubano retiene una parte significativa de los salarios de los médicos en el exterior. Sin embargo, el tratamiento de ese dato es revelador. No se analiza en profundidad, no se contrasta con testimonios de médicos ni se exploran sus implicaciones laborales o legales. En su lugar, se relativiza rápidamente, enmarcándolo como parte de la narrativa estadounidense que busca desacreditar el programa, y se contrapone con el argumento de que esos profesionales fueron formados gratuitamente por el propio Estado cubano.

En el texto, no hay una discusión detallada sobre si los médicos pueden decidir libremente su participación, si enfrentan sanciones al abandonar misiones o cómo se negocian sus condiciones en el extranjero. Tampoco se examina el peso económico de estas brigadas dentro del modelo cubano ni la dependencia del Estado de esos ingresos. El texto privilegia el impacto humanitario y la dimensión geopolítica, pero deja en segundo plano la experiencia concreta de los profesionales que sostienen ese sistema.

En ambos casos, el patrón es reconocible: se construye una narrativa centrada en la solidaridad internacional y en la presión externa, pero se deja fuera una parte esencial del problema. Las condiciones concretas en las que trabajan los médicos cubanos —el control sobre sus ingresos, sus contratos y su margen real de decisión— apenas aparecen desarrolladas.

En ambos, los autores se permiten su derecho de defender el impacto humanitario de las misiones y cuestionar su desmantelamiento, pero evitan entrar en el punto más incómodo: el papel del Estado cubano como intermediario y beneficiario principal de ese modelo. La discusión queda así desplazada hacia la geopolítica, mientras la experiencia individual de los profesionales queda en segundo plano.

El resultado no es una versión falsa, pero sí incompleta. Se explica lo que hacen los médicos cubanos en el mundo, pero no cómo funciona el sistema que los envía.

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