Murió Pánfilo y el país sigue arrastrando la misma escasez que él gritó hace 17 años, cuando Trump no era presidente

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Murió Pánfilo el primer cubano en «irse viral» hace 17 años. El que le hizo saber al mundo entero que, en la Cuba del año 2009, se pasaba hambre

Juan Carlos González Marcos, el hombre al que Cuba terminó llamando Pánfilo, murió esta semana en La Habana, después de años de deterioro, alcohol y calle. La noticia la confirmó su hermana, Daisy Ortega, y enseguida volvió a circular aquel grito de 2009 que lo convirtió en una figura imposible de olvidar al referirse a Cuba: “¡Aquí lo que hace falta es jama!”. Diecisiete años después, la frase sigue funcionando menos como recuerdo que como diagnóstico.

Conviene detenerse un segundo en la fecha, porque ahí hay una de esas trampas que la propaganda de salón y la izquierda turística prefieren saltarse; sobre todo desde enero de este 2026.

Cuando Pánfilo gritó aquello, Donald Trump no era presidente de Estados Unidos. Ni siquiera estaba en política electoral. En 2009, el presidente de Estados Unidos era Barack Obama, que había asumido la Casa Blanca en enero de ese año. Trump seguía siendo, sobre todo, el magnate inmobiliario y rostro televisivo de The Apprentice, no el hombre que llegaría a la presidencia ocho años después, en enero de 2017, y al que ahora intentan culpar de lo mala que está la situación en Cuba.

Ese episodio importa hoy porque desmonta una coartada muy repetida: la idea de que la devastación cubana sería una consecuencia reciente, casi automática, de Trump. El presente cubano se ha agravado en 2026 con una nueva ola de sanciones energéticas y con la asfixia petrolera, y eso está documentado. Reuters y AP han reportado en estos días colapsos de la red eléctrica, falta de combustible, interrupciones de agua y una crisis humanitaria cada vez más visible. Pero reducir todo a Trump es falsear la cronología. Cuando Pánfilo pidió jama, Trump no gobernaba. Cuando lo encarcelaron, Trump no gobernaba. Cuando lo mandaron al psiquiátrico, Trump no gobernaba. El hambre, la miseria, la represión y la incapacidad del sistema para alimentar con dignidad a su población ya estaban ahí.

Tampoco en Cuba mandaba entonces Miguel Díaz-Canel. En 2009 el poder estaba en manos de Raúl Castro, ya instalado en la presidencia, y el país seguía bajo el mismo sistema político de partido único que hoy, con otro administrador al frente pero con la misma maquinaria de control. En 17 años han cambiado los nombres en Washington y en La Habana; en esta última sigue el control férreo sobre la vida de los cubanos, ahora con más represión y crueldad, pero el hambre que Pánfilo soltó en una calle habanera siguió ahí.

Pánfilo: el primero que tocó una cazuela en Cuba

Por eso su muerte tiene algo más amargo que nostálgico. Pánfilo no era un analista, ni un opositor profesional, ni un intelectual. Era un hombre roto que dijo en voz alta una verdad que el poder no quería oír. Y la reacción del Estado fue reveladora: lo procesó, le sostuvo una condena de dos años por “peligrosidad” y luego lo mandó a un hospital psiquiátrico, según reportaron entonces Reuters y otros medios. No fue un exceso anecdótico. Fue una respuesta política a una frase sobre la escasez de comida en la isla.

Visto desde hoy, cuando los cacerolazos forman parte del paisaje del malestar en Cuba, aquel grito de Pánfilo en 2009 adquiere otro peso. Fue, en cierto sentido, un cacerolazo sin cazuela. No hizo falta metal, ni balcón, ni apagón nocturno. Bastó una voz en plena calle de La Habana diciendo lo que faltaba. “¡Jama!” funcionó como un golpe seco: directo, audible, imposible de suavizar. Fue una forma primaria de protesta, sin organización, sin consigna elaborada, pero con una claridad que no necesitaba traducción.

En ese momento, además, Cuba no tenía todavía el repertorio visible de protesta que vendría después. No existían los cacerolazos como fenómeno extendido, ni la circulación inmediata de videos por datos móviles, ni la posibilidad de que una escena se replicara en minutos en todo el país. Pánfilo hizo solo, con la voz, algo que años después harían muchos desde sus casas con ollas y cucharones: romper el silencio público y colocar una necesidad básica en el centro de la escena.

Y ocurrió en La Habana. No en un margen que pudiera ignorarse, sino en la capital, donde más se cuida la imagen del sistema. Por eso quedó. Porque no fue solo un hombre pidiendo comida. Fue un sonido fuera de lugar en el lugar donde no debía ocurrir. Mucho antes de que las noches cubanas se llenaran de cazuelas, Pánfilo ya había hecho ese ruido. Solo que lo hizo con la voz.

Pánfilo: el primer cubano en irse viral

Descontando lo sucedido con Elián González, un menor de edad cuando se hizo famoso sin siquiera pretenderlo, Pánfilo es, muy probablemente, el primer cubano en hacerse viral «por sus propios méritos», en un país donde en 2009 ese concepto ni siquiera operaba como hoy. En aquel momento no existía el ecosistema actual de redes sociales. No había TikTok, Instagram no tenía presencia real, Facebook apenas comenzaba a expandirse y YouTube, aunque ya funcionaba a nivel global, no era una plataforma de consumo directo dentro de Cuba. El acceso a internet era extremadamente limitado, casi inexistente para la mayoría, y la idea de que un video pudiera circular de forma masiva en tiempo real dentro de la isla era, sencillamente, inviable.

Tampoco existían las herramientas que hoy sostienen la difusión cotidiana. WhatsApp había sido creado ese mismo año, pero no tenía presencia en Cuba. Telegram y Signal ni siquiera formaban parte del mapa —llegarían años después— y aunque a nivel global se usaban servicios como MSN Messenger o Yahoo Messenger, dentro del país su uso estaba restringido a espacios muy concretos, como instituciones o centros académicos con acceso controlado. No eran canales capaces de mover un contenido de forma amplia entre la población.

Por eso el video de Pánfilo no se expandió por redes ni por aplicaciones. Lo hizo por un circuito completamente distinto. Circuló en memorias flash, en discos duros externos, en CD y DVD grabados, de mano en mano, de casa en casa. Se copiaba, se pasaba, se comentaba. Era el mismo sistema informal por donde entraban series, películas o música desde el exterior, el que terminó amplificando aquella escena. Antes de llegar a internet, el video ya había recorrido un país entero sin conexión abierta.

Esa forma de circulación explica su impacto. No fue un contenido empujado por algoritmos ni sostenido por métricas, ni periodismo independiente. Fue una grabación que la gente decidía compartir porque reconocía en ella algo real. No se consumía de manera individual en una pantalla, sino colectivamente, en grupos, en salas, en reuniones. La frase no se perdió en un flujo constante de publicaciones. Se quedó. Se repitió. Se convirtió en referencia.

El video terminó siendo una frase instalada en la memoria de la gente. En un contexto sin redes sociales masivas, sin datos móviles y sin infraestructura digital, Pánfilo logró lo que hoy se mide en millones de visualizaciones: que todo el mundo supiera de qué se estaba hablando al escuchar una sola palabra. Fue viral antes de que Cuba tuviera cómo serlo. Y lo fue diciendo algo que, 17 años después, sigue sin resolverse.

Por qué el grito de Pánfilo fue tan viral

Su grito llegó además en un momento clave. Cuba no era el país que todo el mundo sabe que es ahora: un país en crisis y destruído. No, todavía sobrevivía a nivel global con bastante comodidad una imagen romántica de la isla. En 2009, para muchísima gente en el mundo, Cuba seguía siendo la postal ideológica de la dignidad resistente, del país pobre pero alegre, del pueblo que bailaba, estudiaba y resistía con una especie de felicidad austera. Todavía funcionaba muy bien esa mirada folclórica y sentimental que convertía a Cuba en una excepción exótica, más observada como símbolo político que como sociedad real.

El video de Pánfilo cayó en medio de ese decorado y lo rompió, sin ser siquiera un discurso elaborado ni una denuncia organizada. Lo rompió precisamente de un modo contrario. Era un hombre en la calle, sin aparato, sin consigna sofisticada, sin lenguaje técnico, diciendo lo más básico de todo: que hacía falta comida. No hablaba del embargo, no hablaba del imperialismo, no hablaba de geopolítica. Hablaba de jama. Y en esa palabra había una fuerza devastadora, porque reducía décadas de propaganda, consignas y turismo ideológico a una necesidad primaria no resuelta.

Por eso aquel grito tuvo tanta potencia. No desmontó solo una versión oficial cubana; desmontó también una fantasía internacional. La de una Cuba pobre pero satisfecha, limitada pero digna, sacrificada pero contenta. Pánfilo apareció como la prueba de que debajo de toda esa narrativa había hambre, deterioro y una verdad mucho menos fotogénica. Fue un corte seco en la postal. Mientras mucha gente fuera de la isla seguía viendo a Cuba como un laboratorio político o una pieza de museo ideológico, él la devolvió al terreno más terrenal y más incómodo: el de la escasez concreta.

Eso explica también por qué su video no se olvidó. No fue solo porque la frase pegara o porque él tuviera una manera singular de decirla. Fue porque dijo algo que venía a desmentir, de la forma más brutal y menos académica posible, una mentira demasiado extendida. Pánfilo no necesitó explicar el fracaso del modelo. Le bastó gritar el hambre. Ahí se acabó el relato feliz.

Cuba 17 años después

Diecisiete años después, Cuba no es un país que haya dejado atrás aquel grito, sino uno que lo confirmó. En vez de corregir la escasez, el país se vació. Más de un millón de cubanos han salido de la isla desde 2020, en una estampida migratoria sin precedentes recientes. No se fueron porque Pánfilo exagerara. Se fueron porque aquel grito no era una borrachera pintoresca ni una ocurrencia viral, sino la forma más cruda de resumir un país donde la vida cotidiana se convirtió en una suma de colas, apagones, medicinas ausentes, salarios inútiles y comida insuficiente.

También por eso resulta tan obscena cierta pose internacional que hoy se rasga las vestiduras selectivamente con Trump, como si la tragedia cubana hubiera empezado cuando a Washington le dio por apretar más. El apretón actual existe y ha empeorado muchas cosas, sí. Pero Pánfilo venía de otro tiempo. De un país que ya llevaba décadas administrando pobreza, maquillando cifras, prometiendo sacrificios y castigando a quien nombrara el hambre sin permiso. Murió ahora, pero el país que lo convirtió en símbolo es el mismo que en 2009 prefirió tratar su frase como un problema policial y psiquiátrico, no como una denuncia social.

Cuba ha cambiado en 17 años, claro. Ha envejecido, se ha despoblado, ha expulsado a más gente, ha visto colapsar más su infraestructura y hoy vive apagones nacionales repetidos que le rompen la comida, el agua, el sueño y la paciencia a millones de personas. Pero en lo esencial no cambió tanto como para desmentir a Pánfilo. Lo que él dijo en una calle sigue siendo comprensible sin traducción, sin teorías y sin geopolítica: falta comida, falta dignidad, falta salida.

Hoy, todos los medios, independientes o no, extranjeros y locales, describen a su modo una isla en la que la red eléctrica colapsa, el combustible no alcanza, el agua falla y la vida diaria se administra a oscuras. El decorado empeoró; el núcleo sigue siendo el mismo.

La muerte de Pánfilo no obliga a embellecerlo. No hace falta convertirlo en héroe puro ni en santo laico. Basta con recordar lo que dijo y cuándo lo dijo. Lo gritó cuando Obama acababa de llegar a la Casa Blanca y se convertiría, siete años después, en el primer presidente norteamericano que visitaba a Cuba y el primero en tenderle una mano; una mano que luego le fue mordida.

Lo gritó cuando Trump seguía en la televisión, cuando Raúl Castro estaba en el poder y cuando la izquierda internacional todavía podía vender Cuba con menos rubor. Lo gritó antes de esta última crisis, antes del colapso de marzo de 2026, antes de la nueva asfixia petrolera, antes de que más de un millón de cubanos salieran huyendo. Y lo que gritó sigue sonando actual. Ese es el dato más duro de todos.

Pánfilo murió. La jama sigue faltando. Y la frase que lo hizo famoso sigue teniendo más verdad que todos los discursos que intentaron enterrarla.

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