Barcos al norte de Cuba y la crisis pudieran provocar una estampida (o caída de Díaz-Canel, como asegura Rick Scott)

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Varios medios norteamericanos coinciden en las últimas horas en que, a noventa millas de la Florida, la palabra “colapso” vuelve a circular con fuerza alrededor de Cuba.

No es nueva, pero esta vez aparece asociada a un escenario distinto: la captura de Nicolás Maduro, el control estadounidense sobre Venezuela y la interrupción práctica del principal sostén externo que ha tenido La Habana en las últimas dos décadas. El resultado, advierten exfuncionarios estadounidenses citados por Politico, podría no ser una transición ordenada ni un simple ajuste económico, sino un episodio de sufrimiento humano y migración masiva con impacto directo en Estados Unidos.

En un reportaje publicado el 7 de enero de 2026, Politico recoge testimonios de cinco ex altos cargos con experiencia en política latinoamericana que coinciden en una idea central: una implosión económica en Cuba, marcada por la escasez de alimentos, combustible y electricidad, empujaría a miles de personas a intentar salir de la isla por cualquier vía disponible. Jeffrey DeLaurentis, ex jefe de misión en la embajada estadounidense en La Habana, lo resume sin rodeos: si la historia sirve de guía, habría migración masiva. Ricardo Zúñiga, uno de los arquitectos del deshielo con Cuba durante la administración Obama, advierte que derribar al Estado sin nada que lo sustituya plantea una pregunta inmediata y sin respuesta: a dónde iría esa gente.

La administración de Donald Trump, sin embargo, parece convencida de que la caída del gobierno cubano es cuestión de tiempo. Tras la captura de Maduro y el fin del flujo preferencial de petróleo venezolano hacia la isla, Trump afirmó que Cuba está “lista para caer” y sugirió que los cubanoamericanos “van a estar muy felices” cuando eso ocurra. Simone Ledeen, exfuncionaria del Pentágono durante el primer mandato de Trump, explicó a Politico que la lógica es simple: Cuba perdió a su benefactor financiero y energético.

El problema, según varios de los entrevistados, es la ausencia de un plan claro. Elliott Abrams, exenviado especial para Venezuela, pidió la creación inmediata de un grupo de trabajo para pensar en una Cuba posterior al régimen, incluyendo liderazgo, combustible, financiamiento internacional y el futuro del aparato militar y policial. Lawrence Gumbiner, exencargado de negocios en La Habana, fue más crudo: sin una estructura de seguridad que sostenga el orden, el escenario puede volverse caótico, con personas intentando salir por mar, aire o rutas terrestres hacia Centroamérica y México.

La Casa Blanca no ha detallado pasos concretos ante una eventual crisis cubana. El secretario de Estado Marco Rubio evitó hablar de escenarios futuros en una entrevista reciente, limitándose a reiterar la hostilidad de la administración hacia el gobierno de La Habana. Desde el ala política, el mensaje ha sido incluso más explícito. El senador republicano por Florida Rick Scott declaró a NewsNation que el gobierno cubano podría ser derrocado “este año o el próximo”, y habló abiertamente del fin del régimen de Miguel Díaz-Canel y de la herencia de los Castro.

Ese lenguaje contrasta con las advertencias técnicas y humanitarias. Politico recuerda que Washington obtuvo en mayo luz verde del Tribunal Supremo para deportar a migrantes que entraron bajo programas de parole humanitario creados durante la presidencia de Joe Biden, lo que reduce aún más las opciones legales para una posible oleada de cubanos. Para los expertos, el riesgo no es solo migratorio, sino de desorden regional.

En paralelo, el análisis publicado el 8 de enero por Brian Winter en Americas Quarterly amplía el foco y sitúa a Cuba dentro de un agotamiento más amplio del modelo político asociado a Fidel Castro. Winter sostiene que la caída económica de Venezuela, que redujo su PIB en un 75% y expulsó a más de ocho millones de personas, expuso de manera brutal las fallas del castrochavismo ante el resto de América Latina. Abogados convertidos en repartidores, médicos en la informalidad y campamentos improvisados hicieron visible un fracaso que ya no podía ocultarse tras consignas antiimperialistas.

Cuba, señala Winter, ha vivido crisis durante décadas, pero los apagones diarios, la escasez de alimentos y la salida de hasta una quinta parte de su población desde 2020 han erosionado incluso la resistencia histórica del sistema. Sin el respaldo de Caracas, la capacidad de aguante del gobierno de Miguel Díaz-Canel queda en entredicho. Al mismo tiempo, otros líderes de izquierda en la región, desde Luiz Inácio Lula da Silva hasta Claudia Sheinbaum o Gabriel Boric, se han distanciado explícitamente del modelo cubano-venezolano, apostando por economías mixtas y vínculos con el sector privado.

Aun así, el escepticismo persiste. Exiliados y analistas recuerdan que la caída inminente del sistema cubano ha sido anunciada durante casi siete décadas. Joe García, excongresista y exdirigente de la Fundación Nacional Cubano Americana, lo expresó con ironía: estar quebrados no significa necesariamente estar a punto de colapsar. Desde el Partido Demócrata, el senador Richard Blumenthal calificó de pensamiento ilusorio la idea de una caída automática y criticó la falta de estrategia coherente de la Casa Blanca.

Entre la predicción política y la advertencia técnica se abre un vacío peligroso. Si el gobierno cubano se debilita sin un relevo claro, el escenario más probable no es una transición ordenada sino un movimiento desesperado de personas hacia el norte. En ese contexto, los barcos frente a las costas cubanas no serían una metáfora, sino la antesala de una estampida real, con consecuencias que Estados Unidos, por ahora, parece no haber decidido cómo gestionar.

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