En La Habana, la noticia de un posible cambio de rumbo en Venezuela se leyó en clave energética. La pregunta es sencilla: si se corta el crudo venezolano, ¿con qué se sostiene la generación eléctrica y el transporte en Cuba?
La incertidumbre política en Venezuela ya se está traduciendo, en La Habana, en una preocupación mucho más concreta. Tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y la promesa de Donald Trump de que Washington “dirigirá” el país hasta una “transición segura”, el foco en Cuba se ha desplazado a una pregunta de supervivencia económica: qué condiciones está poniendo Estados Unidos y qué pasa si, como efecto colateral, se corta el petróleo venezolano que todavía sostiene una parte del sistema eléctrico cubano.
En los hechos, la Casa Blanca ha enmarcado el operativo como un golpe contra el narcotráfico y ha dejado claro que la cooperación con lo que queda del aparato chavista no se medirá por gestos simbólicos, sino por resultados. Trump ha advertido de una segunda acción militar si el gobierno de facto no “coopera”, y su equipo ha insistido en dos ejes: cerrar rutas de droga y reordenar la industria petrolera venezolana. En el mismo mensaje, el presidente habló de “acceso total” para compañías estadounidenses a las reservas venezolanas, mientras Marco Rubio vinculó el levantamiento de presión a que se cumplan “condiciones” que, según él, coinciden con el interés de Estados Unidos y del “pueblo venezolano”, incluyendo que el sector petrolero no quede en manos de adversarios de Washington.
Ese giro, en la práctica, implica que el petróleo venezolano queda atrapado en una zona gris: más politizado que nunca, más vigilado que antes, y con incentivos crecientes para redirigir cargamentos hacia destinos que cuenten con luz verde de Washington. La tensión no es teórica. En diciembre, Reuters informó que Estados Unidos había incautado un tanquero con crudo venezolano y que se preparaban más intercepciones, lo que ya estaba alterando el patrón de envíos hacia Cuba y encareciendo el riesgo para navieras.
La posibilidad de que Venezuela reordene sus exportaciones de crudo bajo presión de Washington ha activado alertas en Cuba, donde el suministro petrolero venezolano sigue siendo una pieza relevante para la electricidad y los combustibles. En varios barrios de La Habana, el tema apareció con la misma lógica de siempre: ¿cuántas horas de corriente van a tocar ahora? ¿Cuánto pesa Venezuela en la energía cubana hoy?
En 2025, entre enero y noviembre, Venezuela envió a Cuba un promedio de 27.000 barriles diarios de crudo y combustibles, por debajo de los 32.000 del año anterior, según datos de transporte marítimo y documentos internos de PDVSA citados por Reuters. Ese flujo cubre alrededor de la mitad del “déficit” de petróleo de la isla y equivale aproximadamente a una cuarta parte de su demanda total, de acuerdo con el investigador Jorge Piñón, de la Universidad de Texas en Austin.
Llevado a números, esos 27.000 barriles diarios durante once meses son del orden de 9 millones de barriles. Traducirlo a dinero depende del precio y, además, Cuba no paga todo como si fuera mercado spot. Aun así, con un Brent que cerró 2025 en torno a los 60 dólares y un año marcado por una caída cercana al 20% en el precio, el valor comercial bruto de ese volumen se mueve en cientos de millones de dólares, una escala imposible de reemplazar de un día para otro para una economía con apagones diarios y poca capacidad de compra inmediata.
Si Venezuela deja de enviar petróleo, el efecto más rápido en Cuba no sería una estadística, sino un salto en la frecuencia y duración de los apagones, porque gran parte de la generación depende de fuel y crudo para centrales térmicas envejecidas. Después vendría lo que siempre sigue a la electricidad: transporte más caro y más escaso, golpe a la cadena de frío, freno industrial, tensiones en el turismo y presión adicional sobre precios y abastecimiento. La alternativa de buscar suplidores choca con dos muros: el financiamiento y la logística bajo sanciones, en un mercado donde cada cargamento “dudoso” se vuelve una apuesta. Por eso, en La Habana la pregunta sobre “condiciones” estadounidenses no se lee como diplomacia, sino como kilowatts. Y el margen, esta vez, parece mínimo.
En términos concretos, ¿a cuántos días de generación eléctrica equivale un cargamento típico de petróleo?
Para entender qué significa en términos prácticos un corte del petróleo venezolano, basta con traducir un envío típico a horas de electricidad. Un tanquero medio, con unos 80.000 barriles de crudo o fuel, no es una cifra espectacular en el mercado internacional, pero en el sistema cubano sí tiene peso. Cada barril contiene alrededor de 1,7 megavatios hora de energía térmica, pero las centrales termoeléctricas de la isla, por su antigüedad y deterioro, solo convierten en electricidad entre el 28 y el 33 por ciento de esa energía. En términos reales, un barril termina aportando cerca de medio megavatio hora de corriente.
Aplicado al volumen del barco, esos 80.000 barriles se traducen en aproximadamente 40.000 megavatios hora de electricidad. Cuba consume, incluso en escenarios de apagones, entre 18.000 y 22.000 megavatios hora diarios, según datos del propio sector energético. Es decir, un solo cargamento de ese tamaño podría cubrir cerca de dos días completos de demanda eléctrica nacional si se destinara exclusivamente a generación.
En la práctica, eso no ocurre. El combustible se reparte entre termoeléctricas, grupos electrógenos, transporte y reservas mínimas de operación, y además existen pérdidas por paradas técnicas, mezcla de crudos y limitaciones logísticas. Bajo esas condiciones, un barco de 80.000 barriles no elimina los apagones, pero sí permite reducir su duración o evitar picos críticos durante varios días. Técnicos del sector coinciden en que un cargamento de ese tipo puede estabilizar parcialmente el sistema durante entre 48 y 72 horas, o aliviar el déficit eléctrico durante una semana si se administra de forma restrictiva.
El problema aparece cuando esos barcos dejan de llegar. La estructura energética cubana no tiene colchón: carece de reservas estratégicas amplias, depende de un parque termoeléctrico envejecido y no dispone de liquidez para acudir de inmediato al mercado internacional. Por eso, la interrupción de dos o tres envíos consecutivos no se traduce en una crisis gradual, sino en un salto abrupto en la duración de los apagones y en el colapso de sectores encadenados como el transporte, la refrigeración de alimentos y la actividad industrial. En ese contexto, el petróleo venezolano no es un complemento, sino una pieza de equilibrio frágil.
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