Radiografía de un «apagón»

Havana
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Hoy viene la familia a comer, es el cumpleaños de la madre y los hijos y nietos acuerdan pasar un sábado en familia, con la “vieja”. La comida se comienza a preparar desde temprano para poder poner la mesa temprano, así los que vienen de más lejos puedan irse antes que anochezca, pues el transporte está muy malo y las calles cubanas no son muy confiables ya…y se va la corriente repentinamente. No estaba programado este apagón. Ayer se fue 8 horas y media. El refrigerador todavía se está acostumbrando a enfriar.

Ya no se podrá contar en medio del apagón con la hornilla de inducción ni las ollas arrocera y “reina” para preparar la gran comelata. A puro gas, y la balita está llena a menos de la mitad. Pero la familia tiene la pequeña esperanza de que regrese la luz pronto. A lo mejor es un disparo del circuito, o una “vía libre”, esos apagones para podar árboles en las calles de la ciudad, que siempre se contemplan hasta las 5:00 de la tarde pero siempre terminan sobre la 1:00 PM. No le ponen mucho corazón los trabajadores de comunales a sus burdas mutilaciones de los árboles.

En medio del desasosiego general, alguien se recuerda de marcar el 18888, el número habilitado por la empresa eléctrica para llamar y conocer las posibles causas de apagones y demás problemas con la electricidad. El contestador automático al habla, “espere ser atendido, hay varios clientes en línea”, y una musiquita instrumental algo melancólica pero a la vez esperanzadora. Otras veces solo se obtiene un monótono tono de ocupado.

Ya están llegando los primeros familiares a la cena de cumpleaños. El cake lo entran por detrás para que la vieja no lo vea. “¿Apagón?”, “¿Desde qué hora?”, “¿Estaba programado?”, son las preguntas de rigor que vienen tras los saludos, besos y abrazos. El agua al menos está un poco fría aun para que los recién llegados refresquen el calor de la calle.

El supuesto polvo del Sahara, las nubes que no sueltan lluvia, la madre de los tomates, hace que haya un bochorno terrible que hace sudar. Al menos el sol no está fuerte, pero el agobio es tremendo. Y no hay ventilador para ayudar a paliarlo. Solo agua medio fría, pues el apagón de anoche aún cobra sus víctimas, y algunas pencas y cartones para echarse fresco.  

La música instrumental aun suena en el auricular. La oreja comienza a sudar por el contacto con el teléfono. “Operadora 21, en qué puedo ayudarlo”, dicen, al fin, con desgano por el otro lado. Una voz a la que no se le puede determinar la edad o el estado de ánimo. Si acaso se sabe que alegre no está. En la cocina ya están pasando el arroz para un caldero y sacando cuenta cómo cocinar tanto en cuatro hornillas. “¿Se sabe si la luz podrá venir pronto?”…silencio, suspenso, esperanza y desespero. ¿Cuál será la respuesta? ¿Esperanzadora o desoladora? Alguien opina que la lámpara recargable no debe haberse recargado completa. Son 8 horas y la luz vino hace menos. Son las 12:00 del mediodía, pero ya se piensa inevitablemente en la noche sin luz, en que el apagón pique y se extienda.

“No tenemos información de ese corte eléctrico”, responde al fin la operadora. “¿Pero no sabe si está programado, si es un accidente?”, se insiste, aunque la respuesta será conocida de antemano. La voz de la operadora se endurece levemente. “No tenemos la información”…“Bien, gracias”, la voz de la desesperanza. “Ha sido un placer atenderlo”, la voz de la indiferencia.

La única posibilidad de conocer la extensión del apagón se acaba de ir al caño. En la cocina no se deja de trabajar. Siguen llegando familiares, y sus bocas no pueden evitar torcerse ante la falta de electricidad. Parece que la comida de cumpleaños durará menos. El calor comienza a reinar. El agua ya no está tan fresca. El refrigerador ya no puede resistir y se va poniendo tibio. A la alegría es más difícil de mantenerse en pie. Se entregan regalos que la madre no puede ver bien si no sale al portal, a la luz del sol, pues no tiene buenos ojos y dentro de la casa es muy oscuro para ella aunque sea mediodía.

La comida demora porque es a gas, y se suma el temor de que se acabe la balita. El apagón comienza a devorar horas y paciencia. La comida logra estar lista a las 4:00 de la tarde. El agua ya está “al tiempo”. Y pronto se acabará en las llaves pues la turbina no se pudo poner para llenar la cisterna. El baño peligra. Hay poca acumulada. La alegría resiste. Es el cumpleaños de la matriarca.

Alguien se aventura a marcar de nuevo el 18888, pero da ocupado. Le preguntan a un vecino con pleno conocimiento de cuál será su respuesta, pero igual compartir desgracias ayuda un poquito a sobrellevarlas. Mal de muchos, desconsuelo de todos. Toca a menos entre todos, ¿o toca a más?

Comienza a atardecer. Los familiares se van yendo. La electricidad se fue mucho antes y no regresa. El cake es de nata y necesita frío. Es preferible devorarlo todo antes que se eche a perder. Los pedazos que sobran se reparten entre todos. Que se vayan con ellos a sus casas, donde a lo mejor hay electricidad. El calor y la frustración convierten la jornada en un momento sin tiempo, las horas se mezclan y se confunden. ¿Hay velas? Porque si la lámpara recargable no da la talla…

Llega la noche, al Sol se le acabó la carga por hoy. En las ventanas brillan débiles luces de faroles, chismosas, velas y algunas lámparas más brillantes, que tampoco deben tener toda la carga. Hay silencio. La gente en los portales no habla. Se mira. Ya agotaron todos los temas de conversación en los apagones anteriores. El cumpleaños se acaba entre sombras, entre luces extintas, cables muertos, refrigeradores tibios, el miedo a que los alimentos se “pongan malos”. No hay nevera que resista, ni que dure 100 años. El apagón si parece durar un siglo. Uno siente envejecer más rápido cuando no hay luz.

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