Washington volvió a colocar a Cuba frente a un ultimátum político al exigir que La Habana “haga un trato antes de que sea demasiado tarde”, una advertencia acompañada del anuncio de que la isla dejará de recibir petróleo y apoyo financiero procedente de Venezuela. Aunque el presidente Donald Trump no detalló públicamente las condiciones de ese eventual acuerdo, el debate internacional se ha concentrado en dos posibles exigencias clave: elecciones libres y la liberación de presos políticos.
El mensaje de Trump, repetido en declaraciones, redes sociales y entrevistas recogidas por medios como Reuters, CNN, AP y The Guardian, llega en un momento especialmente delicado para la economía cubana. Tras la caída o captura de Nicolás Maduro, Washington asegura haber cortado el flujo de petróleo venezolano hacia la isla, históricamente uno de los pilares energéticos del régimen cubano. Según Reuters, no se han registrado envíos recientes de crudo venezolano a Cuba, lo que agrava una crisis marcada por apagones, escasez de combustible y contracción económica.
En ese contexto, analistas y diplomáticos consultados por distintos medios coinciden en que, si la Casa Blanca busca algo más que presión simbólica, el “deal” tendría que traducirse en medidas verificables. La liberación de presos políticos —una demanda reiterada por organizaciones de derechos humanos— y la convocatoria de elecciones competitivas con observación internacional aparecen como los únicos pasos capaces de justificar un alivio sustancial de sanciones ante el electorado estadounidense.
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Sin embargo, esa misma lógica explica la resistencia del gobierno cubano. Desde La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel rechazó de plano cualquier imposición externa y afirmó que “nadie dicta lo que hacemos”, una línea discursiva que ha sido constante en las últimas décadas. Funcionarios cubanos y voceros oficiales han evitado referirse a elecciones plurales o reformas políticas, insistiendo en que el sistema vigente responde a la voluntad popular.
El principal obstáculo para un acuerdo de fondo es estructural. Diversas fuentes diplomáticas citadas por medios europeos señalan que aceptar elecciones libres implicaría, para el actual poder, asumir el riesgo real de una derrota en las urnas. En un escenario sin control de candidaturas ni del conteo de votos, el respaldo social al continuismo es ampliamente cuestionado, tanto dentro como fuera de la isla.
Un informe reciente de inteligencia estadounidense, revelado por Reuters, refuerza esa lectura cautelosa. Aunque describe la situación económica cubana como “grave” y en deterioro, no concluye que el gobierno esté al borde de un colapso inmediato. Esa evaluación reduce el margen de la presión como herramienta para forzar concesiones políticas profundas en el corto plazo.
Así, mientras Trump insiste en que “ahora” es el momento de negociar, el contenido real del “deal” sigue sin definirse. Lo que sí parece claro es que cualquier acuerdo que incluya elecciones libres y una apertura política real choca directamente con los mecanismos de supervivencia del régimen cubano, convirtiendo esa posibilidad en la más difícil de materializar.

















