¿Dónde juegan los niños en Cuba?

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La precariedad en los parques de diversiones en Cuba no es un fenómeno nuevo. Más allá de la destrucción que abunda en casi todos, algunos de los que sobreviven resultan prácticamente inoperantes, obsoletos y hasta peligrosos para muchos niños, quienes la mayoría de las veces, prefieren otras opciones.

Una joven madre, cuya hija pequeña ha pasado la mitad de su vida sumida en el confinamiento por la Covid19, sueña con que el virus de una tregua para llevar a la niña al parque más cercano. Antes que llegara la pandemia, recuerda que la llevaba en el coche para ver a los niños corretear y ya cuando se hizo más grande, dice que cargaban pozuelos con comida e improvisaban un picnic.

“El problema es que ya este parque no es lo que fue en mi infancia. Yo llevaba a la niña a ver los muchachos correr y jugar, y hasta me daba cierta lástima viendo el montón de hierros viejos y en mal estado con los cuales tenían que lidiar los niños”, recuerda la joven que reside en un municipio del interior del país.

No obstante, en La Habana sucede algo similar. “Tenía la ilusión de que mi hijo disfrutara en los parques emblemáticos de este país. Quería llevarlo al Parque Lenin, a Jalisco Park, a la Isla del Coco, porque cuando yo era niña esos eran los parques a los que siempre quería ir”, dice una mamá de 35 años que vive en Mariano.

Recientemente circularon por las redes unas imágenes del Parque Lenin, otrora mejor parque de diversiones del país, y las noticias no fueron precisamente alentadoras para quienes aún sueñan con regresar al lugar. Parecida situación presenta Jalisco Park, el idílico escenario de la canción de Carlos Valera padece una soledad, que no es culpa únicamente de la pandemia, sino de su mala infraestructura.

El Parque Lenin se deteriora. Sus artefactos, son ruinas
Ruinas y una gran añoranza por lo que un día fue, es lo que queda del famoso Parque Lenin

Si bien esos parques que fueron los más visitados en Cuba y ahora forman parte del recuerdo y la añoranza de algunos padres, otros pocos de nuevo tipo han surgido en la capital. Uno de ellos, es el que construyeron dentro de las instalaciones del acuario nacional y que para salud y disfrute de los niños ya no dispone del montón de hierros corroídos, sino que está conformado por aparatos de plástico, una tecnología que no abunda, pero que por suerte también se puede encontrar en el Parque de los Dinosaurios y en la Finca de los Monos, dos nuevos sitios que han venido a aplacar, no del todo, la necesidad de juego en los más pequeños.

Durante una época, en Cuba apareció una nueva moda, sobre todo como parte de las fiestas populares en las provincias del interior. Grupos de particulares se dedicaron a construir aparatos de diversiones con piezas de chatarra, pedazos de plásticos abandonados y quien sabe cuántos artilugios más. Fue así que aparecieron ciertas especies de parques artesanales e itinerantes, a los cuales corrían eufóricos los niños cuando paraban en cualquier zona del país.

“A mis hijos les encanta, es lógico que vean algo así y quieren montarse, no están acostumbrados a asistir a los parques de diversiones y cuando lo hacen ya están aburridos de la misma canal y el mismo columpio en todas partes”, opina un padre que dice haber montado a sus hijos muchas veces en esos aparatos a escondidas de su esposa.

Sucede que esos inventos de la creatividad y el emprendimiento cubano, muchas veces no cumplían con las normas de seguridad requeridas y en no pocos casos sucedieron accidentes por causa de algún mal estado técnico.

Sin embrago, esas mismas atracciones son las que operan en estos momentos en el Zoológico de 26, por ejemplo, y que igualmente son manipulados por particulares.

Estas iniciativas no estatales vienen a cubrir una necesidad real. Los nuevos parques que han nacido en la ciudad no completan la demanda de diversiones que presentan los niños y que por demás, suelen limitarse a la ciudad.

Mientras, en el interior del país y algunos lugares de la propia Habana, los niños tienen que seguir lidiando con los viejos espacios que no basta con chapearlos y abrirlos en horarios habituales, sino que es preciso modernizarlos y pensar más en cómo pudieran, de alguna manera, cumplir con la ilusión de los pequeños.

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