Niños ciegos pierden sus clases en Cuba por falta de combustible

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La crisis de combustible en Cuba está dejando consecuencias especialmente preocupantes en la educación de los niños con discapacidad. En la escuela Abel Santamaría de La Habana, donde estudian 44 menores ciegos o con discapacidad visual, las clases presenciales se han reducido a cuatro días por semana porque no hay suficiente combustible para garantizar el transporte escolar durante toda la semana.

Los alumnos asisten de lunes a jueves y los viernes deben completar ejercicios desde sus hogares, con ayuda de sus familiares. La medida permite mantener cierta continuidad educativa, pero reduce el tiempo que los estudiantes pasan con profesores especializados, precisamente cuando más necesitan una enseñanza adaptada a sus condiciones.

La directora del centro, Suramis Rodríguez Haberroff, reconoció que esta modalidad representa una dificultad importante. «No es lo mismo recibir las clases de manera presencial con los maestros, que se encuentran preparados, a que las reciban con ayuda de un familiar», explicó al abordar las consecuencias de la reducción de la jornada escolar.

Sin electricidad, sin papel braille y con clases junto a las ventanas

La falta de combustible no es el único obstáculo que enfrentan los alumnos de la escuela habanera. Los apagones, que pueden superar las 18 horas diarias en la capital, también obligan a modificar constantemente las actividades educativas, especialmente aquellas destinadas a estudiantes con baja visión que necesitan una iluminación adecuada.

Cuando se interrumpe el servicio eléctrico, los docentes trasladan a los niños cerca de las ventanas o improvisan espacios de aprendizaje en patios y pasillos para aprovechar la luz natural. A estas dificultades se suma la escasez de espejuelos, papel braille y otros materiales especializados que resultan fundamentales para aprender a leer, escribir y desarrollar habilidades cotidianas.

La situación ha obligado a los profesores a fabricar algunos recursos didácticos con materiales reciclados. Entre las soluciones improvisadas aparecen atriles y dispositivos que ayudan a los alumnos con baja visión a seguir los textos, elaborados en el propio taller de la escuela.

Una de las historias más significativas es la de Yarnelys Bec Abalela, maestra de quinto grado y terapeuta del centro. Llegó a esa misma institución cuando tenía apenas tres años debido a una catarata congénita que afectaba su visión y, después de completar su formación, regresó como profesora para ayudar a otros niños con dificultades similares.

Bec lleva 21 años trabajando en la escuela que contribuyó a su educación. Su trayectoria demuestra la importancia de estos centros especializados, donde los estudiantes no solo adquieren conocimientos académicos, sino también herramientas para desarrollar su autonomía.

La crisis educativa en Cuba afecta a miles de estudiantes

Lo que ocurre en la escuela Abel Santamaría forma parte de un problema mucho mayor. Cuba cuenta con 330 centros de educación especial, según estadísticas gubernamentales, y muchos enfrentan dificultades relacionadas con el transporte, la electricidad y la disponibilidad de recursos.

Algunas instituciones han disminuido las jornadas presenciales, otras han recurrido a actividades educativas a distancia y determinadas escuelas han instalado paneles solares para intentar mantener su funcionamiento. Sin embargo, estas alternativas no siempre permiten sustituir la atención directa que necesitan los estudiantes con discapacidades.

El deterioro del sistema educativo ya había quedado reflejado en otros datos oficiales. Como informó Cuballama sobre la crisis educativa cubana, unos 11.000 alumnos recibían clases virtuales o asistían irregularmente a las escuelas a mediados de octubre, mientras persistían la escasez de profesores, combustible y uniformes.

Desde el inicio del curso escolar 2026-2027, marcado por los apagones y la crisis económica, las autoridades habían reconocido dificultades extraordinarias para garantizar el funcionamiento habitual de las instituciones educativas.

La situación se produce en medio del deterioro económico interno y de las restricciones estadounidenses al suministro de combustible, que han agravado los problemas energéticos y de transporte de la Isla. Sus efectos alcanzan ahora a niños que dependen especialmente de la regularidad de sus clases y de la preparación de sus maestros.

Pese a todo, los docentes de la escuela Abel Santamaría continúan buscando maneras de mantener la enseñanza. Para sus 44 alumnos, cada jornada presencial representa una oportunidad de aprender con materiales adaptados y recibir el acompañamiento especializado que difícilmente puede reproducirse en casa.

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