Ahora mismo, muchos están centrados en el paquete de medidas que lanzó el régimen cubano “para seguir adelante, e incluso crecer” de acuerdo a las propias palabras de los medios estatales frente a la crisis estructural que viene viviendo la Isla desde hace unos años.
Porque sí, resulta bastante confuso leer en el discurso del presidente Miguel Díaz-Canel que ahora con la batería de medidas que Estados Unidos lanzó para ponerle un cerco a la cúpula de poder cubana, está “teniendo un impacto que complejiza la vida cotidiana de los cubanos”, cuando la crisis no es algo nuevo ni mucho menos actual.
Por supuesto, todo ello unido a los calificativos a un pueblo “heroico”, que “puede sobrevivir y puede tener la disposición para superarlas”, ese mismo al que de seguro no le han preguntado si realmente quiere ser bandera de una nación que a toda regla ya se puede decir fallida.
“Estados Unidos no se perdona que, a estas alturas, con toda la máxima presión que han ejercido, la Revolución sigue existiendo y el país sigue funcionando. Y ni ellos mismos se creen eso que tanto hablan y repiten de Estado fallido”, son las palabras del presidente que a uno, nacido y criado en Cuba se hace preguntar: ¿en qué mundo vive Díaz-Canel?
Claro, eso no es una rareza si vemos los antecedentes de su propia esposa, la No Primera Dama Lis Cuesta, cuando desde su perfil de X hace unos años anunciaba a bocajarro que tenía el corazón hecho un estropajo por los apagones, que ya en ese momento eran una realidad para el cubano.
“Junto a la unidad de nuestro pueblo y junto a la voluntad, nos puede hacer llegar y hacer superar todos estos desafíos”, es la fórmula delirante de una persona que parece enajenada completamente de la realidad, y que posiblemente no, de seguro, haga caso omiso a que la unidad y la voluntad escasean como la comida, los medicamentos, el aseo, la limpieza de las calles, y ese fluido eléctrico que parece cosa del pasado para muchos.
Claro, el mundo de Díaz-Canel es el de la “Guerra de todo el Pueblo”, esa idea utópica de que el pueblo se va a inmolar y resistir sin ver ningún tipo de esperanza o de mejora, mientras la represión es lo único que a pesar de la falta de petroleo y de insumos sigue campando a sus anchas.
Más allá de esta desconexión gubernamental, la maratónica transmisión oficial para divulgar este plan de salvación dejó a la audiencia sumida en un mar de dudas. A pesar de la extensa cobertura mediática, la ciudadanía desconoce qué ordenanzas pasaron realmente el filtro burocrático, cuándo se materializarán en las calles y bajo qué estructuras se regirá su funcionamiento.
El líder del régimen dibujó un escenario de flexibilizaciones que abarcaría desde la descentralización de los municipios hasta una mayor libertad para el tejido empresarial estatal, insinuando también un horizonte más amigable para el capital extranjero.
Durante su intervención, se plantearon cambios de gran calado, tocando temas sensibles como la participación directa de los emigrados cubanos en la economía nacional, el relajamiento de las trabas para las MIPYMES, una reestructuración de la base agrícola y comercial hacia el exterior, y la inminente sustitución de los subsidios universales junto con una revisión de la escala salarial en un futuro indeterminado.
Si nos guiamos estrictamente por el relato oficial, estaríamos contemplando la estrategia de reajuste más gigantesca diseñada por el Palacio de la Revolución en los últimos calendarios. La trampa, no obstante, salta a la vista en cuanto se escarba buscando la letra pequeña. Todo el discurso flotó sobre frases ambiguas, mencionando las «transformaciones que se proponen» e infinidad de «acciones que están siendo evaluadas» sin aterrizar jamás en lo concreto.
El gran ausente de la jornada fue el marco legal y temporal. El paquete no presentó decretos firmados, ni estadísticas sólidas, ni directrices claras de ejecución. Absolutamente ninguna de las modificaciones estructurales vino respaldada por un calendario público de cumplimiento.
Al final del día, el único norte trazado por el mandatario fue la exigencia de fe ciega por parte de una población agotada. Implorando a los suyos «tener confianza», el presidente justificó esta alarmante falta de transparencia recurriendo al eterno fantasma del asedio internacional, concluyendo su mensaje al asegurar que «el país no está detenido. El país está enfrentando con inteligencia toda esta situación. No todo lo podemos decir tan claramente porque el enemigo está acechando en todo lo que hacemos».





















