Washington y La Habana supuestamente conversan, pero al pueblo NADIE le pregunta

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El nuevo pulso entre Washington y La Habana volvió a colocar el futuro inmediato de Cuba en manos de negociaciones y amenazas emitidas desde arriba, mientras la mayoría de los cubanos queda, otra vez, fuera de la conversación. El presidente Donald Trump pidió que el gobierno cubano “haga un deal” y aseguró que no habrá “más petróleo o dinero” desde Venezuela hacia la isla, en un giro que la prensa internacional enmarca como parte de una ofensiva regional tras la captura o caída de Nicolás Maduro y el bloqueo del flujo energético que durante años sostuvo a La Habana.

La respuesta del gobierno cubano fue el espejo habitual: desafío, soberanía y denuncia de injerencia. Reuters recoge a Miguel Díaz-Canel y al canciller Bruno Rodríguez rechazando la presión y defendiendo el derecho del país a importar combustible de quien esté dispuesto a venderlo, justo cuando el deterioro interno se hace visible en apagones, escasez y un malestar social que ya no es fácil de ocultar. En el intercambio, cada parte habla como si el otro fuera el único destinatario: Trump le habla al aparato político cubano y a su propia audiencia; La Habana le habla a Washington y a su narrativa de plaza sitiada. El pueblo aparece, en el mejor de los casos, como decorado y costo asumido.

Conviene decirlo sin convertirlo en propaganda de ningún bando: esto no va solo de Trump. Washington no puede preguntarle en términos concretos al pueblo que quiere. Eso sí: lo sabe. Si uno toma como espejo «la crisis» y las mil formas en que se manifiesta, y le añade el pulso que se ve en las redes sociales, el resultado es inequívoco: los cubanos quieren un cambio; pero el cambio que quieren los cubanos, no es el que le interesa a La Habana y Washington no tiene cómo imponerlo.

Por ese motivo, el problema es más antiguo y más estructural. La política hacia Cuba suele construirse como una negociación entre élites que administran poder, sanciones, petróleo, migración y “estabilidad”, mientras la vida cotidiana de millones de cubanos se reduce a una variable secundaria. En el relato de La Habana, la emigración se convierte en cifra y en eslogan, pero rara vez en ciudadanía a la que se deba rendir cuentas. Y dentro del país, la idea de consultar de manera real —con reglas abiertas y resultados vinculantes— choca frontalmente con el instinto de conservación del sistema.

La conversación de estos días vuelve a exponer esa asimetría. Trump plantea un “deal” sin publicar condiciones detalladas, pero lo acompaña de una palanca concreta: cortar el oxígeno energético que venía de Venezuela. Reuters señala que Venezuela había cubierto alrededor de la mitad del déficit petrolero cubano, y que tras el operativo contra Maduro se han detenido embarques hacia Cuba, empujando aún más a la isla hacia una precariedad ya crónica. En paralelo, la mirada estadounidense empieza a posarse sobre México como proveedor alternativo: tanto Reuters como El País describen cómo los envíos mexicanos de hidrocarburos se vuelven un punto sensible bajo la nueva presión de Washington.

Ese mapa energético importa porque conecta con algo que Cuba ya vivió: la sobrevivencia como ciclo de salvavidas externos. Tras el Periodo Especial, la isla intentó sostenerse con el turismo internacional y la entrada de divisas; más tarde, con el subsidio petrolero venezolano. Hoy, ambas fuentes lucen debilitadas. El Financial Times y análisis académicos citan el desplome del turismo como parte del cuadro de crisis, con la isla incapaz de recuperar niveles prepandemia y con un retroceso que compromete ingresos básicos de divisas. Sin petróleo barato y con menos turistas, la discusión vuelve a reducirse a lo mismo: quién cede y quién aguanta, mientras la población absorbe el golpe.

Y es ahí donde la frase del título deja de ser retórica. Si se preguntara al país —no en una consulta simbólica, sino en una elección o plebiscito con competencia real, observación independiente y resultados respetados— el resultado sería un dato incómodo para cualquier narrativa de fuerza. El cubano promedio no está negociando geopolítica; está negociando aire. Quiere electricidad, comida, medicinas, transporte, un salario que no sea una broma. Quiere vivir sin que cada decisión se traduzca en miedo o en salida. En ese sentido, el “deal” que se discute arriba puede ser grandilocuente, pero la demanda de abajo es simple: acuerden lo que sea necesario para que el país respire.

Y… ¿alguien duda que un millonario, prágmatico como lo es Trump, no quiera para el pueblo cubano lo mismo que tienen millones de estadounidenses? En ese punto, la frase de «Trump como injerencista» empieza a perder parte de su eficacia como golpe moral automático, no porque deje de importar como principio, sino porque choca con una aritmética emocional que en Cuba y en buena parte de América Latina se repite cada vez que un poder se niega a soltar el mando.

Trump puede ser un millonario pragmático, transaccional, y eso no lo convierte en benefactor de nadie ni obliga a leer su presión como filantropía; pero sí ayuda a entender por qué su discurso puede calar incluso en gente que desconfía de él. Cuando alguien promete cortar un daño “de raíz” y lo hace de manera abrupta, como se ha contado en el caso Maduro, se activa una contradicción que no se resuelve con consignas: hay quienes ven mal el método, lamentan muertos y condenan la intervención, y al mismo tiempo sienten alivio porque el poder que no quería irse fue removido.

Esa tensión entre el principio y el resultado es el terreno donde La Habana intenta atrincherarse con la idea de soberanía, y donde Washington intenta ganar legitimidad con la idea de eficacia. Entre ambas, el pueblo queda reducido a excusa o a daño colateral, y por eso el término injerencia no opera ya como antes en la cabeza de tanta gente: porque el dolor acumulado hace que el debate se parezca menos a una clase de derecho internacional y más a una pregunta desesperada sobre si la vida va a seguir igual otros diez años.

Y hay otra grieta que vuelve ese debate todavía más incómodo para el relato oficial cubano: la comparación íntima, casi vergonzosa, que muchos hacen sin decirla en voz alta.

No se trata de querer “el sueño americano” como consigna, sino de algo más básico: ¿de verdad alguien cree que un Doctor en Ciencias formado en Cuba, con décadas de estudio, no desea para sí la normalidad mínima que tiene un cajero dependiente de Walmart en Hialeah? No hablo aquí de lujos ni de ideología, hablo de estabilidad de luz, de nevera que funcione, de mercado donde uno entra sin calcular humillaciones, de salario que no se evapora, de poder planificar la semana sin depender de un milagro o de un favor. Esa comparación no humilla al trabajador de Walmart; lo que expone es la degradación de la promesa meritocrática dentro de Cuba: un sistema que presume de capital humano y de excelencia educativa, pero que no logra traducir el conocimiento en una vida digna para quien lo produce. Y cuando un país coloca a su gente más preparada en una posición material donde aspirar a “respirar” ya parece ambición excesiva, el discurso de resistencia se queda sin músculo. Porque, en la concreta, la soberanía no alimenta, la épica no enciende un fogón, y el orgullo no reemplaza medicamentos. Por eso, si algún día hubiera una consulta real, sin tutelas y sin miedo, es difícil imaginar que ese mismo pueblo —incluidos sus científicos, sus médicos, sus ingenieros— vote por prolongar el tormento: lo más probable es que vote por negociar, por abrir, por vivir, y por dejar de convertir la supervivencia en doctrina.

La Habana cree que si Washington los deja tranquilos y quietos ellos pueden darle al pueblo todo lo que el pueblo quiere y pide, pero este se aferra a una cifra concreta: 67 años. Ni en los momentos de mayor esplendor se tuvo lo que un cubano emigrado y trabajador tiene, y eso el 90% de la población cubana lo sabe.

La Habana ha estado décadas insistiéndole al pueblo de dos cosas: una, que «allá afuera», vive el ogro feroz. Otra, que no podemos permitir que el ogro feroz se meta dentro. Ya la primera se les ha desmontado; la segunda, la del regreso al capitalismo, todavía opera en las mentes de los integrantes de la cúpula y los acólitos que la defienden. Si Ud. quiere saber cuán lúcidos son les pongo un ejemplo sencillo: en La Habana se creyó y se analizó el caso de «Cuco» Mendieta como real. Si se creen eso, imagínese el resto.

Washington busca palancas y victorias políticas para un pueblo agotado y hambriento, sin tener que meterse a invadirlo; La Habana busca control y tiempo. Y esa es la parte que casi nunca entra en el comunicado: el futuro de Cuba se sigue escribiendo como si los cubanos fueran espectadores de su propio destino.

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