Jesús dice que votó por Donald J. Trump porque creyó que «arreglaría la economía». Meses después, empujando un carrito de supermercado dentro de un Presidente´s Supermarket (el que está en la 56th del SW) dice, mientras agarra una pomo de ajo:
«Esto se ha vuelto una mierda».
Una cuenta sencilla que sacó la semana pasada – pues dice se encontró un ticket del 2023 – arrojó según él, cerca de cien dólares más en una compra.
«Yo casi siempre compro lo mismo. Da la casualidad que, excepto un par de cosas, ese ticket del 2023 tenía lo mismo que este otro que compré hace dos semanas. Había gastado como cien dólares más».
Por suerte para él, dice, antes de que siguiera la tendencia al alza, él se apertrechó de «lo esencial».
«Compre cantidades de papel sanitario, café, jugos en lata… todo lo que pude.» Cuando se le pregunta si con esa actitud él no cree que contribuyó al incremento de los precios, hace una mueca, y dice que «Estados Unidos es el país de los vivos».
«Aquí tienes que estar a la viva, para sobrevivir, si no te come el león». Y pone otro ejemplo: compró una casa – sin necesitarla – cuando costaba 300 mil dólares, y ahora cuesta 850 mil. Tres años después.
Osvaldo, otro amigo de Jesús, dice que él antes de estas elecciones fue «el más trumpista de los Trumpistas». Meses antes, había logrado traer desde Cuba a cuatro miembros de su familía vía Parole Humanitario. La semana pasada, uno de ellos se autodeportó. Dos meses antes uno se quedó sin trabajo.
«Le di un trabajo por la izquierda. Cancelé a la gente que me hacía el jardín y la piscina. Ahora eso lo hace él. Y como él sabe cocinar, me lo traje para la casa. Sé que no es la solución, pero lo que le pagaba a los jardineros y a los piscineros se lo doy a él. Con la cocina, paga su cuarto.»
Igual sentimiento versus Trump tiene Maidelys luego de haber votado por el representante republicano.
«Yo nunca imaginé que iba a pasar esto», dice y hace referencia a un primo de una compañera de trabajo que fue detenido en Miramar y deportado a la isla.
«No te hablo de lo que estoy gastando… Yo sé que los demócratas descoj… este país en 4 años, pero este hombre lo que ha hecho es empeorarlo. Solo la gasolina ha bajado.»
Maykel, por su parte, asegura que «mientras esté Trump en el poder, no haré nada para adelantar la entrevista de mi suegra en la Embajada.»
«Sí va ahora, la ponchan. Ya se lo dije, que hay que esperar».
Como ellos cuatro, todos cercanos a este redactor, son más los que lo dicen en voz baja en los chats de WhatsApp de la comunidad y también en las filas de inmigración, con esa mezcla de pudor y rabia de quien se siente traicionado por su propio voto.
No pocos votaron por Donald Trump convencidos de que priorizaría la “vía legal” para traer a sus familias desde Cuba, cerrándole las vías a la ilegal. Hoy encaran un laberinto de negativas, entrevistas canceladas y un muro nuevo con el nombre de “seguridad nacional”. En Florida, donde el trumpismo cubano parecía una roca, el relato empieza a agrietarse.
Así lo recoge The Washington Post, señalando que el punto de quiebre es el veto de viaje a Cuba decretado por la Casa Blanca, que restringe severamente el otorgamiento de visas familiares. Es decir: aquí no se habla de la economía.
El Washington Post documenta historias que duelen por su sencillez: Leymi Reyes Figueredo, residente legal en Miami desde 2022, preparó un cuarto para su hija de 15 años con ositos y una pequeña Estatua de la Libertad; en agosto, a la niña le negaron la visa en la embajada de La Habana.
“Entiendo que hay que proteger el país, pero ¿cómo una niña es terrorista?”, pregunta la madre, que ya perdió el conteo de noches en vela entre vuelos a Cuba y tratamientos de cáncer de sus padres en Florida. El mismo reportaje recoge a Arely Díaz Leal, ciudadana de Tampa, que aplicó hace casi una década para traer a su hijo adulto; votó por Trump en 2024 y hoy se queda con una frase que pesa como un ladrillo:
“Yo amo a Trump, pero no me parece justo.”
La medida se justifica en la proclama presidencial que clasifica al gobierno cubano como patrocinador del terrorismo y acusa falta de cooperación en materia de seguridad. El Departamento de Estado, a su vez, defiende que “están haciendo cumplir la ley” tras años de supuestas políticas de “frontera abierta”. Pero en los mostradores de abogados migratorios del sur de Florida lo que se acumulan son denegaciones a familiares sin vínculos con el gobierno cubano, y entrevistas que, antes, solían concluir con aprobaciones rutinarias. La resultante humana es familiar: abuelos que no conocen a sus nietos, habitaciones vacías, …
La escena roza el esperpento cuando se intenta convertir el costo humano en una disyuntiva de lealtades. El Washington Post cuenta que un grupo de familias decidió demandar el veto en una corte federal de Los Ángeles. El caso de Juan Jesús Rodríguez Rojas —a quien le negaron las visas de su hija y su nieto— terminó convirtiéndose en test del dilema. El abogado Curtis Morrison asegura que habló con muchos cubanoamericanos dispuestos a sumarse, pero la mayoría se echó atrás por no querer “demandar a Trump”. El amor al líder por encima de la propia familia: una fidelidad que, en Miami, se creía patrimonio exclusivo de la otra orilla, recoge el prestigioso diario norteamericano.
En el fondo, el debate no es si Estados Unidos debe protegerse —claro que sí—, sino si se puede equiparar la reunificación familiar con una amenaza. Nadie pide barra libre ni impunidad para represores colados en el paquete. Se pide filtro eficaz, no hachazo ciego. Se pide que una niña de quince años no sea el daño colateral de una doctrina que, al final, terminará empujando a más gente al desespero y a las rutas peligrosas que el propio gobierno dice querer disuadir.
Cuando los mismos que corearon “Build the Wall” te explican que solo querían una puerta para su familia y descubren que también la soldaron, el voto se convierte en un espejo incómodo. Y el estribillo que se escucha, por primera vez en mucho tiempo, es este: votaron por Trump; ahora dicen que se le fue la mano.

















