Una vida difícil y a poquitos. Los cubanos la resumen así: «Hay que irse»

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La Habana parece una postal descolorida de otros tiempos. Los taxis descapotables que un día fueron la atracción de turistas de medio mundo permanecen inmóviles a las puertas del Parque Central, sus choferes oteando el horizonte como marineros varados. Rainier Hernández, de 38 años, se apoya en su Chevrolet Deluxe de 1951. Hasta hace poco trabajaba seis horas diarias llevando visitantes por el centro histórico, pero desde que Estados Unidos impuso un bloqueo petrolero de facto en enero, apenas consigue una o dos horas de servicio al día. “El impacto del bloqueo es algo horrible que ningún cubano esperaba”, cuenta Hernández. “Nosotros comemos y vivimos del turismo”.

Este conductor resume el sentir de una industria que antaño aportaba casi el 12 % del PIB de Cuba. Las cifras oficiales muestran cómo esa bonanza se evaporó: la isla recibió solo 1,6 millones de visitantes entre enero y noviembre del año pasado, lejos de los 4,8 millones de 2018. La pandemia de COVID‑19 y sanciones previas ya habían golpeado al sector, pero el giro del presidente Donald Trump —con la captura de Nicolás Maduro, la prohibición de cruceros y la reinstalación de Cuba en la lista de estados patrocinadores del terrorismo— desencadenó un desplome total. Muchos viajeros cancelaron por miedo a bombardeos o a la falta de combustible, y varios hoteles han despedido a la mitad de sus trabajadores.

Taxistas, guías y arrendadores sin clientes

Así lo recoge la agencia Al Jazeera, en un reportaje donde entrevistó a otros trabajadores del turismo en la isla.

Uno de ellos es Carlos Fariñas, de 29 años, guía turístico en La Habana Vieja, quien trabaja ahora a cuentagotas. Antes acompañaba dos grupos semanales de hasta 15 personas; ahora encadena semanas sin recibir turistas y sus propinas —de entre 10 y 20 dólares por persona— se han volatilizado. Además, el encarecimiento del combustible —hasta 12 dólares el litro por la escasez de petróleo y la cancelación de casi todo el transporte público— multiplica el coste de desplazarse desde el barrio donde cuida a su abuela nonagenaria. “El bloqueo me afecta en el transporte y en la movilidad”, lamenta Fariñas. “Antes me podía dar algún lujo; ahora, ya no”.

Otra historia es la de Alejandro Ricardo, un joven de 26 años que gestiona un alojamiento turístico en Vedado, barrio de casas art déco cercanas a la Plaza de la Revolución. Durante la “edad de oro” del turismo tenía un 80 % de ocupación, recibía huéspedes de Estados Unidos, Europa o Sri Lanka y vivía gratis en la casa. Después de que Trump retomase el poder y endureciera sanciones, el calendario de reservas se quedó en blanco. Hoy, Ricardo guarda las sillas en el salón y se gana la vida como mototaxista eléctrico. Su mayor miedo es que los dueños vendan la propiedad y él acabe en la calle. “Si espero a que vuelvan los turistas, moriría de hambre”, admite.

Una familia al borde del colapso

La crisis del turismo se combina con el desmoronamiento de la vida cotidiana. La periodista Andrea Rodríguez de la Associated Press acompañó a Yuneisy Riviaux, una madre desempleada de 42 años, en su casa semiderruida de un barrio obrero de La Habana. Riviaux convive con varias familias y recuerda cuando la libreta de racionamiento alcanzaba para 20 días; ahora solo hay arroz, frijoles, azúcar, aceite, café y un pan diario. “Las cosas han estado muy mal para mí”, confiesa mientras juega con su hija de dos años. Algunas jornadas logra conseguir comida; en otras, muerde su labio y reprime lágrimas porque no tiene almuerzo para las niñas.

Su esposo, Cristóbal Estrada, de 61 años, sale a las seis de la mañana para buscar alimentos a 20 kilómetros. Tras el último apagón nacional, la comida del refrigerador se pudrió. El transporte público está semiparalizado por la falta de gasolina desde que la operación militar estadounidense en Venezuela frenó las entregas de crudo. Los cortes de energía se han convertido en rutina y han arruinado la salud de miles de personas: el sistema sanitario padece un retraso de 96 000 cirugías, 11 000 de ellas pediátricas, y casi cinco millones de pacientes crónicos carecen de medicinas esenciales.

Para Yuneisy, el embargo ha convertido la supervivencia en una carrera contra el tiempo. Cuando su marido no regresa a mediodía, da a su hija de dos años un trozo de pan y la última leche que tenían, donada por México. Ella misma se queda sin comer, mientras la mayor almuerza en la escuela. Recuerda con nostalgia los días previos a la pandemia, cuando “Cuba lo tenía todo”. Hoy, observa impotente cómo el PIB se ha desplomado un 15 % en seis años y más de un millón de cubanos —cerca del 10 % de la población— emigraron solo en 2024. Trump, por su parte, coquetea con ideas de “tomar” Cuba, declaraciones que inquietan a una población ya exhausta.

El contexto del bloqueo petrolero

La escasez tiene un origen geopolítico. Tras autorizar un operativo para capturar a Nicolás Maduro el 3 de enero, Washington cortó el flujo de crudo venezolano y amenazó con sancionar a cualquier país que enviara combustible a la isla. Venezuela abastecía la mayor parte del petróleo consumido en Cuba, que solo produce el 40 % de su demanda. México, otro socio clave, suspendió sus envíos por temor a aranceles y ahora solo manda ayuda humanitaria. Estas medidas derivaron en apagones nacionales, en la paralización del transporte y en un incremento del precio de la gasolina hasta cifras prohibidas para la mayoría.

Las consecuencias son palpables. Un reportaje radiofónico recogido en un archivo de 2026 describe cómo un periodista exiliado llamó a su padre en su cumpleaños y no pudo ver su rostro porque la casa estaba a oscuras: habían cortado la luz. Cuando el padre salió a la calle, la cámara mostró vecinos cocinando con sillas y mesas de madera convertidas en leña, niños sin escuela, basura acumulada y rostros enjutos.

Desde 2024 se han producido al menos cinco apagones totales debido a las deficiencias en el sistema eléctrico y a la reducción de los envíos de petróleo desde Venezuela. Una ingeniera entrevistada confesó que cuando vuelve la electricidad a las tres de la madrugada aprovecha para lavar ropa y trabajar; tras tres décadas de fe en el socialismo, se siente frustrada porque el país nunca mejoró.

Un médico de Santiago de Cuba, que renunció a su puesto en un hospital porque su salario solo alcanzaba para comprar una docena de huevos, considera que el embargo estadounidense agrava la crisis porque impide importar suministros esenciales.

“Si afectas las finanzas del gobierno, eso afecta todo: la sanidad, la electricidad, el transporte, y al final afecta a la gente”, explica. Ver personas rebuscando comida en la basura fue lo que más le impactó.

La llegada del petrolero ruso y el arroz chino

A finales de marzo, sin embargo, se produjo un pequeño respiro. Un petrolero ruso, el Anatoly Kolodkin, llegó al puerto de Matanzas con 730 000 barriles de crudo. Era la mayor entrega en meses y la primera en tres, según el ministerio de Energía ruso. El buque zarpó de Primorsk el 8 de marzo escoltado por un buque de la Armada rusa. Trump permitió su entrada y se atribuyó el mérito, aunque advirtió de que aún espera que Cuba “fracase pronto”. Días antes habían arribado 15 600 toneladas de arroz donadas por China, gesto que el embajador Hua Xin calificó como “una muestra concreta de que Cuba no está sola”. Beijing aprovechó para exigir el fin del bloqueo y de cualquier “forma de coerción o presión” sobre la isla.

La reacción de La Habana fue ambivalente. El canciller Bruno Rodríguez denunció la política estadounidense como una “arremetida brutal” que pretende “dañar la economía y negar acceso a mercados y tecnología”. El presidente Miguel Díaz-Canel, en entrevista con Pablo Iglesias, declaró que mantiene contactos preliminares con Washington, no negociaciones, para explorar si hay una agenda común, pero dejó claro que la soberanía y el sistema político no están en discusión. Cuba, añadió, se prepara para cualquier escenario y confía en su doctrina de “guerra de todo el pueblo”.

El éxodo como única salida

Frente a este panorama, muchos cubanos contemplan la emigración como única salida, según recoge la nota de Al Jazeera citada en párrafos anteriores. Fariñas admite que piensa en irse cuando termine de cuidar a su abuela. Rainier Hernández recuerda que su madre se marchó en 2010 y ahora vive en Canadá; él se resiste a dejar a sus hijos, pero sabe que el futuro es sombrío si el turismo no regresa.

Si no hay turismo, no hay economía”, resume. Para Yuneisy Riviaux, cada jornada es una prueba de resistencia: cuando su esposo llega con unas plantains y un kilo de arroz comprado a un vecino, suspira aliviada, aunque sabe que al día siguiente tendrá que empezar de nuevo.

El colapso turístico y energético ha generado una combinación de precariedad y desesperanza que se extiende más allá de las estadísticas. La frase que da título a esta crónica —“Hay que irse”— se repite como un mantra entre taxistas, guías, amas de casa, profesionales y cualquiera con el que Ud. pueda hablar en la isla. Muchos ya no ven opciones en el interior de la isla y sueñan con emigrar a Estados Unidos, España o cualquier lugar donde puedan trabajar y alimentar a sus hijos. Mientras tanto, la vida se vuelve una sucesión de pequeñas victorias: conseguir un poco de pan, encontrar medicinas en el mercado negro, ahorrar para un pasaje de guagua. A poquitos, como dice Yuneisy.

En Cuba, la esperanza se mide en gramos de arroz y litros de gasolina. La población aguarda algún cambio, aunque sea una tregua, que devuelva la normalidad a sus vidas. Pero por ahora, la realidad es la que narran Hernández, Fariñas, Ricardo o Riviaux: una vida difícil de sostener, en la que cada día se pierde un pedacito de estabilidad, y la única certeza es la tentación permanente de marcharse.

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