Una isla sin bando: el rechazo simultáneo al embargo y al sistema cubano

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Rechazan a Díaz-Canel, pero no son ni trumpistas ni gusanos. Rechazan a Trump, pero no son «comunistas». Esta es una «historia» harto conocida pero de la que poco se habla: la de los cubanos que rechazan el embargo y el apretón de tuercas dado por Trump, pero que también dicen «BASTA YA» al sistema político implantado en Cuba desde 1959.

La escena se repite en distintos puntos de Cuba, pero en La Habana se vuelve más visible y mediático: apagones de ocho y hasta diez horas, calles a oscuras, negocios que funcionan a medias y una población que ya no discute solo la causa de la crisis, sino el desgaste acumulado. En un reportaje reciente de 5W, un joven que sobrevive conduciendo una mototaxi eléctrica lo resume sin rodeos: el embargo existe y pesa, pero también ha servido durante años como argumento para justificar la ineficiencia interna. Esa doble lectura no es excepcional. Se ha vuelto cada vez más común.

El endurecimiento de la política de Donald Trump, especialmente con las restricciones al suministro de petróleo, ha profundizado un escenario que ya venía deteriorándose. La isla arrastra años de crisis económica, pero el actual cerco energético ha agravado la falta de combustible, los apagones y la paralización de servicios básicos. En paralelo, la respuesta interna no ha generado una sensación de salida. Lo que aparece es otra cosa: una fatiga que no se alinea ni con Washington ni con el discurso oficial.

Ese punto intermedio también emerge en el relato de la diáspora. Un texto publicado en el Los Angeles Times describe la experiencia de cubanoamericanos que regresan a la isla como parte de una misión humanitaria. Llegan con una historia heredada —la del exilio, la represión, la ruptura— y se encuentran con una realidad más compleja. Ven escasez de medicamentos, hospitales afectados por la falta de electricidad, alimentos que no pueden conservarse. Pero también escuchan opiniones que no encajan en los extremos. Hay quienes rechazan el embargo, lo ven como un castigo directo a la población, y al mismo tiempo critican abiertamente al sistema político cubano.

Esa convivencia de posiciones no es nueva, pero ahora aparece con más claridad. En el propio reportaje del LA Times, algunos entrevistados expresan temor ante la escalada de presión de Estados Unidos y, a la vez, piden cambios internos profundos. No hay una adhesión automática a ninguno de los dos polos. La frase “que se vayan todos” aparece como síntesis de ese cansancio, sin distinguir entre actores externos e internos.

Desde fuera, esa realidad también empieza a ser reconocida, aunque con otros códigos. En un artículo reciente de Rolling Stone, se cuestiona la lógica de presión aplicada por Washington, argumentando que no debilita al poder político en la isla, sino que incrementa el sufrimiento cotidiano. El texto se posiciona claramente contra la política estadounidense, pero coincide en un punto con los testimonios recogidos en terreno: el impacto real recae sobre la población.

La crisis energética ha hecho más visible ese cruce de tensiones. Sin combustible suficiente, el sistema eléctrico —ya deteriorado— no logra sostener la demanda. Las consecuencias se extienden a casi todos los ámbitos: transporte limitado, interrupciones en hospitales, alimentos que se pierden por falta de refrigeración, reducción de actividades económicas. En ese contexto, las explicaciones únicas empiezan a perder peso. Ni el embargo explica por sí solo la situación, ni la gestión interna logra desvincularse de sus resultados.

También hay un factor generacional que atraviesa esta percepción. En la diáspora, especialmente entre descendientes de cubanos en Estados Unidos, comienza a cuestionarse el relato heredado. Muchos crecieron escuchando historias de represión y ruptura, sin haber pisado la isla. Al viajar, descubren un país distinto al que imaginaron: con problemas estructurales evidentes, pero también con matices que no encajan en el discurso político dominante en Miami. Ese choque no elimina las críticas al sistema cubano, pero sí introduce dudas sobre la eficacia de la política estadounidense.

Dentro de Cuba, la desconfianza opera en sentido inverso. En el reportaje de 5W, el protagonista cuestiona a quienes desde fuera “romantizan” la realidad cubana o la explican sin haberla vivido. Esa distancia entre percepciones —la del que observa desde fuera y la del que vive dentro— refuerza la fragmentación del relato. Cada parte desconfía de la otra, pero ninguna logra imponer una narrativa única.

En ese escenario, la idea de soberanía aparece como un punto de coincidencia inesperado. Incluso entre quienes critican con dureza al gobierno cubano, existe rechazo a la posibilidad de un cambio impuesto desde el exterior. En el texto del LA Times, varios entrevistados lo expresan con claridad: prefieren un proceso interno, aunque sea lento o incierto, antes que una intervención que condicione el futuro del país. Esa posición no implica apoyo al sistema, sino desconfianza hacia la alternativa.

El resultado es una isla que no encaja en los marcos tradicionales con los que se ha explicado durante décadas. La lógica binaria —a favor o en contra del embargo, a favor o en contra del sistema— se diluye cuando se observa la experiencia cotidiana. Lo que aparece es una acumulación de tensiones donde ambas cosas pueden ser rechazadas al mismo tiempo.

Esa realidad también plantea un problema político para todos los actores involucrados. Para Washington, porque la presión no genera el efecto esperado y, en cambio, refuerza el argumento de victimización del gobierno cubano. Para La Habana, porque el desgaste interno sigue creciendo y las señales de apertura no logran traducirse en cambios perceptibles para la población. Y para la diáspora, porque el vínculo con la isla se redefine en un terreno menos ideológico y más directo.

La crisis actual no ha creado ese escenario, pero sí lo ha hecho más visible. Entre apagones, escasez y discursos cruzados, se consolida una posición incómoda que no se alinea con ningún bloque. No es un proyecto político definido ni un movimiento organizado. Es, más bien, una forma de rechazo que se expresa en fragmentos, en conversaciones, en decisiones individuales.

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