La noticia empezó a correr como suelen correr las noticias tristes en Cuba: primero en los muros, después en los grupos, y al final convertida en certeza. En las últimas horas se confirmó el fallecimiento del boxeador holguinero Ricardo Díaz Torres, conocido por muchos como Ricardito o Richard, recordado por haber sido campeón mundial juvenil de boxeo en Bucarest, Rumanía, en 1985. (fotos aquí)
Publicaciones de personas cercanas y páginas deportivas locales lo despidieron con una frase que se repite con una mezcla de pudor y resignación: ganó muchas peleas, pero perdió la más larga fuera del ring. En los mensajes, el alcohol aparece como el hilo que explica el deterioro, y también como el tema que algunos no quieren volver a mirar, porque obliga a preguntar qué pasa con los atletas después del aplauso.
En los comentarios a esos posts hay detalles que, sin ser documentos oficiales, dibujan un cuadro humano bastante coherente: amigos de infancia, excompañeros de la EIDE y personas que aseguran haberlo visto recientemente en malas condiciones de salud hablan de un hombre respetuoso, noble, sin arrogancia, pero arrastrado durante años por una adicción que fue ocupando el centro de su vida.
Un comentario particularmente duro —y repetido por varios— sostiene que en sus últimos tiempos deambulaba por las calles, a veces durmiendo donde lo sorprendía la noche, mientras conocidos intentaban aconsejarlo sin éxito. Esas frases funcionan como despedida, pero también como acusación: “no después de muerto”, escribió una usuaria al lamentar que no hubiese existido un acompañamiento real para rescatarlo.
El trasfondo de esa discusión no es nuevo en el deporte cubano. Ya en textos de años anteriores se mencionaba a Ricardito Díaz entre las “glorias” holguineras golpeadas por la precariedad y el alcohol, dentro de una generación que brilló en los 80 y que, con el tiempo, quedó expuesta a la intemperie social cuando se apagaron los focos.
Su muerte, más allá del dato biográfico, reabre una herida conocida: la del talento que no encontró red de sostén cuando dejó de ser noticia. En Holguín lo recuerdan como campeón, sí, pero sobre todo como alguien cercano, querido, que nunca dejó de saludar como si todavía estuviera entrando al gimnasio.

















