La «coyuntura cubana» entró en una fase de presión cruzada que ya no se mueve solo en los pasillos diplomáticos, sino en el terreno simbólico y emocional de la diáspora y la sociedad civil, que se reflejan con mayor magnitud en las redes sociales. Mientras desde Miami se multiplican los gestos de endurecimiento político y preparación para un eventual desenlace que conduzca por fin a liberar a la isla del yugo castrocanelista, dentro de Cuba el debate gira entre el agotamiento del modelo, el rechazo al discurso oficial y una ironía popular que encuentra incluso en figuras satíricas como el supuesto Jefe del team Delta Force que sacó a Nicolás Maduro de Venezuela, el cubanoamericano Alexis «Cuco» Mendieta una válvula de escape. La cosa, como diría el habla popular, se puso color chocolatico caliente.
Todo el malestar que se respira, de un lado y del otro del estrecho de la Florida – aunque aquí cabría decir que la diáspora cubana está por el mundo entero esperando el final de tanta miseria – encontró una formulación más estructurada en la crítica del economista Mauricio de Miranda, quien sostuvo – y de paso le demostró a Díaz-Canel – que el sistema económico cubano no admite reformas graduales, sino que requiere desmontaje; una tesis que miles abrazan.
Su argumento apunta a la incompatibilidad entre planificación central rígida y mercados funcionales, y denuncia que los parches —como nuevos esquemas de divisas— solo reproducen distorsiones y corrupción. Al pedir reconocer la pobreza, eliminar la libreta y crear mercados reales, De Miranda desplaza la discusión desde la gestión de la escasez hacia la arquitectura del modelo.
El mensaje, extenso, pero ampliamente comentado y compartido en redes sociales, podría resumirse en un par de preguntas: ¿por qué habría que seguir confiando en un sistema que ha prohibido cientos de cosas durante años, a las que luego ha levantado la prohibición? ¿por qué hay que seguir confiando en una clase, un partido, un grupo de dirigentes que, durante años, han demostrado la incapacidad absoluta para tomar decisiones que favorezcan al pueblo más allá de un embargo que sí, existe; adoptando medidas que luego eliminan, aprobando leyes que luego «regulan», situando en puestos claves de dirección a individuos «explotados» por ineptos y corruptos en otros lugares? Digámoslo a lo cubano: La Habana no aguanta más.
Desde Miami, la presión adquiere un tono abiertamente político. El alcalde de Hialeah, Bryan Calvo, afirmó que los días del régimen están contados y anunció que la ciudad se prepara para posibles celebraciones masivas ante un giro en la isla.
Más allá de la retórica, el mensaje tiene un componente operativo-económico: el alcalde ha creado un grupo local para investigar presuntas redes financieras vinculadas a La Habana; de esas que, se dice, contribuyen a sostener el régimen.
Por su parte, y ya en el plano federal estadounidense, la congresista republicana María Elvira Salazar acusó al gobernante cubano Miguel Díaz-Canel, de exigir más sacrificios al pueblo mientras el régimen sigue aferrado al poder y viviendo en privilegios.
Su colega Carlos Giménez pidió cancelar vuelos comerciales a Cuba por considerarlos «una amenaza a la seguridad nacional», pero también una fuente de ingresos para el aparato estatal.
Más allá de algún suceso puntual, Giménez no tiene cómo sostener la teoría de que esos vuelos comerciales son una amenaza, ahora, cuando nunca lo han sido, a no ser en época de Guerra Fría, pero no es la primera vez que se verá, si por fin se ve, una cancelación de este tipo.
Su iniciativa se alinea con una estrategia de asfixia económica que busca cortar flujos de divisas y aislar al régimen cubano. La combinación de presión municipal y legislativa dibuja un cerco que refuerza la percepción, dentro y fuera de la isla, de que el margen de maniobra del régimen se estrecha y que el pueblo, ni siquiera «quiere ni cree al gobierno», como expresó desde Miami el opositor José Daniel Ferrer.
Ferrer calificó la comparecencia de Miguel Díaz-Canel ayer como repetición de una retórica agotada y en realidad lo es y con la palabra agotamiento en negritas, porque ya al régimen se le ha acabado todo. No tiene de dónde sacar petróleo, sus hoteles están vacíos y la prestación de servicios médicos cada vez es menos solicitada fuera del país.
Así se ve y se percibe desde dentro de Cuba, donde la respuesta de buena parte de la población al discurso oficial de «ayer», ha sido frontal. En un registro distinto y menos beligerante y más mesurado si se admite decirlo, la intelectual cubana Alina Bárbara López Hernández consideró inmoral pedir más sacrificios a una sociedad que ya tocó fondo y habló del inicio de un “tiempo de la ciudadanía”. Ambas voces, ella dentro y el resto fuera, desde posiciones diferentes, coinciden en señalar un divorcio entre lenguaje gubernamental y experiencia cotidiana.
Mientras, en redes sociales, apareció un comentario aparentemente ligero y confieso que sorprendente, pero gracioso, de la periodista Mónica Baró Sánchez cuando expresó: “empiezo a tener pensamientos intrusivos con Cuco Mendieta”. El comentario de Mónica, quien seguramente se opone a una intervención armada en la isla, desató una cadena de respuestas que, entre bromas y complicidades, revela un clima de fatiga colectiva.
La invocación humorística de «Cuco» Mendieta ya comienza a funcionar como metáfora en los cubanos, ante la percepción de que no hay negociación posible con el poder, parte del imaginario digital fantasea con soluciones abruptas, caricaturescas o externas, como que «Cuco» Mendieta venga y los saque por la fuerza de la isla.
A él también se refería en su último tema el músico (y comediante) conocido como «La Crema«, quien le dedicó una canción a todo esto que estamos viviendo y donde, en el estribillo, menciona también a este «personaje» que cada día adquiere más notoriedad entre los cubanos. Y también lo hizo Andy Vázquez, el «Facundo Correcto» del humorístico «Vivir del Cuento».
Y es que el humor, aún aunque no se hable de él como se merece, lejos de ser evasión, actúa como termómetro de una ansiedad social que mezcla frustración, cinismo y deseo de ruptura; y también como un espejo de lo que acontece.
El cuadro resultante es el de una pinza: desde el exterior, especialmente Miami y Washington, se aprieta con sanciones, vigilancia financiera y discursos de inminencia; desde el interior, crece una crítica que va del análisis económico al reproche ético y un hastío que en algún momento hará saltar la válvula de la olla de presión. Entre ambos polos, la cultura digital cubana procesa la tensión con humor y sarcasmo, convocando incluso al tal «Cuco» como figura imaginaria de desahogo.
No es todavía un desenlace, sino un momento de acumulación. Pero la simultaneidad de presión externa, impugnación interna y agotamiento social sugiere que Cuba atraviesa una zona de alta temperatura política. Y en ese calor espeso —chocolatico caliente— conviven la espera, la ironía y la sensación de que algo, aunque nadie sepa exactamente qué, está empujando para moverse.
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