Este 24 de febrero, en el marco de una sesión solemne por el aniversario del Poder Popular, Miguel Díaz-Canel habló de “cambiar lo que debe ser cambiado” y pidió asumir el momento como un punto de inflexión, con un tono que mezcla promesa y consigna: resistir, transformar, vencer. La frase, repetida y celebrada por el aparato comunicacional, llega cuando la vida diaria se mide en horas de apagón, en colas y en decisiones domésticas sobre qué se cocina, qué se bota, qué se guarda para mañana.
Así lo reportó Canal Caribe. Según el medio oficialista, durante la Audiencia Pública Parlamentaria «50 Años del PoderPopular en Cuba», que tuvo lugar este martes en el Capitolio Nacional, Díaz-Canel llamó a «revitalizar la participación, a defender la soberanía y a mantener viva la esperanza en un mañana mejor».
Uno pensaría, tras escucharlo, que tomarían de inmediato las medidas para desmantelar, no ya el Partido Comunista de Cuba, que sabemos no lo van a hacer, sino al menos la Seguridad del Estado; el totalitarismo en la prensa oficial; la política de cuadros… La lista de cosas que deben cambiar es enorme, todas nacidas y surgidas dentro del sistema, que forman parte del sistema mismo por tanto, LQQD, no cambiará nada. El Estado seguirá desconectado de la realidad porque, quienes lo dirigen, son individuos con el 99 por ciento de las neuronas desconectadas. El 1 por ciento restante, lo tienen conectado a la Revolución.
La desconexión se vuelve más visible cuando, al mismo tiempo que se acumulan quejas por hospitales sin respaldo energético, por humo tóxico y por funerarias que no garantizan ni lo mínimo para los muertos, figuras cercanas al oficialismo, y «muy vivos», reactivan el repertorio simbólico de la Revolución.
Frei Betto, invitado en La Habana, pidió, por ejemplo, “mirar el ejemplo de resistencia de Fidel” durante un encuentro en el Museo de los CDR, donde se presentó el libro Premoniciones de Fidel. Sí, más gasto de papel.
Otra vez Canal Caribe, conducido por el oficialista Abdiel Bermúdez, dio la noticia:
El libro fue impreso por el proyecto «La gráfica en la Comunidad», en una puesta en escena que propone un retorno a la mística revolucionaria y guerrillera de los años 60´, sí, hace ya casi 70 años, como respuesta al agotamiento que hay en todos los niveles de la sociedad en la isla.
Y como si la isla necesitara, además de combustible y medicamentos, una guía doctrinal de miles de páginas, y este libro no faltara, el Estado presentó una compilación en nueve tomos de las Obras Escogidas de Raúl Castro.
Medios oficialistas han descrito la colección como un conjunto de más de 500 documentos que supera las 5.000 páginas, pensado como herramienta de estudio y reafirmación histórica. La publicación cuenta con respaldo institucional: existe descarga por canales oficiales del Partido Comunista, y la prensa provincial la ha defendido como un material para el “momento complejo” del país.
¿El prologuista? ¡Siéntese! ¡Miguel Díaz-Canel Bermúdez!
La paradoja no está en que un gobierno publique libros o que el vilipendiado Limonardo, que no habla muy bien del todo escriba un prólogo, sino en la prioridad simbólica: cuando la conversación pública gira alrededor de hospitales apagados, funerales demorados y ciudades respirando humo, el gesto central vuelve a ser la entrega de un “regalo” político-editorial.
Aquí no estaba presente Frei Betto porque, el brasileño, por más que quisiera, no tiene el don de poder estar presente en dos lugares al mismo tiempo.
«Su lugar» —ese que se ocupa para exaltar las glorias de quienes los mantienen prendidos a la teta— lo ocupó el cada día más desagradable Abel Prieto, cúmbila sin igual del hermano menor de los Castros. Prieto dijo que esas páginas ayudan a entender “de modo nuevo” el liderazgo de Raúl Castro. Lo presentó como un liderazgo distinto al de Fidel Castro, pero “totalmente continuador”, es decir, diferente en estilo o forma, pero alineado con la misma línea política e histórica que se atribuye a la continuidad de la Revolución.


Visto esto, no queda dudas de que la Cuba de febrero de 2026 se está contando, al mismo tiempo, en dos idiomas: el de la emergencia concreta y el de la liturgia política. El primero habla de una operación que depende de que alguien “baje” la corriente, de una ciudad que quema basura porque no hay cómo moverla, de un cementerio que no puede sostener sus servicios y de precios que convierten artículos básicos en lujo.
El segundo responde con la idea de resistencia, con la promesa de cambiar “lo que deba ser cambiado”, con un llamado a mirar a Fidel y con la entrega, en plena crisis, de tomos destinados a apuntalar un legado. La tensión no es retórica: se expresa cada vez que un ciudadano siente que lo indispensable se pospone, mientras lo simbólico se imprime, se presenta y se celebra.
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