Conoce a los monjes budistas que intentan echar raíces en Cuba

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Vestidos con las tradicionales túnicas de los monjes budistas y en medio de una Cuba marcada por apagones, escasez y una prolongada crisis económica, Akiñcano y Mettānanda intentan hacer algo poco común en la Isla: consolidar una comunidad dedicada al budismo theravada.

Los dos son los primeros novicios de Theravada Cuba, una pequeña comunidad que desde febrero de 2026 cuenta en La Habana con Sanditthiko Vihara, presentado por sus integrantes como el primer espacio monástico de esta tradición budista establecido en el país.

Un vihara es, en términos sencillos, una residencia para monjes budistas que puede funcionar también como templo y espacio de encuentro para los practicantes.

Hasta ahora el budismo theravada ha tenido una presencia muy discreta en Cuba, donde las expresiones religiosas más visibles han estado históricamente vinculadas al catolicismo, las iglesias protestantes y las religiones de origen africano.

En los últimos años, sin embargo, distintas manifestaciones espirituales han ganado visibilidad en medio de una crisis que afecta prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana. Recientemente, por ejemplo, sacerdotes de religiones afrocubanas se reunieron para pedir paz y armonía para Cuba.

¿Quiénes son Akiñcano y Mettānanda?

La historia de los dos novicios está vinculada a Ayyā Mārajinā, una monja budista cuyos padres son cubanos y que durante años viajó periódicamente a la Isla para enseñar y promover la práctica del budismo theravada.

Según explicó Akiñcano en una entrevista concedida a CubaNet, Mārajinā llegó a realizar dos y hasta tres viajes anuales a Cuba, una dinámica que terminó siendo difícil de mantener.

La creación de Sanditthiko Vihara cambió parcialmente esa situación al proporcionar a los practicantes un punto relativamente estable donde reunirse para meditar, estudiar y conocer las enseñanzas atribuidas a Buda. El espacio comenzó a funcionar a mediados de febrero de 2026 y todavía se encuentra en una etapa inicial.

Akiñcano reconoce que incluso el lugar donde funciona actualmente podría no ser definitivo. Para la comunidad, asegura, lo realmente importante es disponer de un sitio donde puedan reunirse y mantener una práctica continuada.

Budismo en medio de la crisis cubana

La llegada de una comunidad monástica de este tipo resulta particularmente llamativa por el momento que atraviesa el país. Cuba enfrenta desde hace años graves problemas económicos, deterioro de servicios públicos, apagones, dificultades con el abastecimiento de alimentos y medicinas y una creciente emigración.

Para Akiñcano, precisamente esas circunstancias hacen que prácticas como la meditación y el desarrollo de la calma tengan especial sentido. El novicio considera que llevar el Dhamma (nombre utilizado en pali para referirse a las enseñanzas de Buda) a la Cuba actual resulta complicado principalmente por las limitaciones materiales existentes.

Sin embargo, sostiene que es justamente en circunstancias difíciles cuando cobra mayor importancia aprender a controlar la mente y distinguir entre aquello que una persona puede cambiar y aquello que está fuera de su alcance.

No es la primera vez que líderes religiosos presentes en Cuba relacionan la espiritualidad con la difícil situación social del país. El sacerdote católico Léster Zayas, conocido por sus críticas al gobierno cubano, también ha hablado en numerosas ocasiones sobre el papel de la fe en momentos de crisis.

“Aunque reparemos el país completo…”

Mettānanda, el segundo novicio de la comunidad, ofrece una reflexión todavía más directamente relacionada con la realidad cubana. En declaraciones a CubaNet, explicó que vivir como monje dentro de la Isla le ha permitido observar cómo conductas como la codicia, la ira y la ignorancia pueden terminar provocando sufrimiento no solamente a una persona, sino también a toda una sociedad.

Su respuesta, afirma, ha sido tratar de desarrollar justamente los comportamientos contrarios: la generosidad, la compasión y la disposición a ayudar a otras personas.

Para Mettānanda, reconstruir materialmente una sociedad no sería suficiente si sus individuos no modifican también la forma en la que se relacionan entre ellos. “Y aunque reparemos el país completo, de nada va a servir si no reparamos el corazón”, afirmó el novicio en una de las declaraciones recogidas por CubaNet.

La filosofía encaja con uno de los principios centrales que los dos religiosos intentan transmitir: el budismo no ofrece una manera inmediata de cambiar las circunstancias económicas o políticas que rodean a una persona, sino herramientas para modificar la forma en que esa persona responde a ellas.

Una comunidad todavía pequeña

Sanditthiko Vihara lleva apenas unos meses funcionando. Además de los encuentros presenciales en La Habana, Theravada Cuba realiza sesiones de meditación y enseñanzas mediante internet, una vía que permite acercar esta tradición a personas que no pueden acudir físicamente al espacio.

El theravada es una de las principales ramas históricas del budismo y tiene una fuerte presencia en países como Sri Lanka, Tailandia, Myanmar, Camboya y Laos. Sus textos religiosos más antiguos se conservan tradicionalmente en lengua pali.

Su aparición organizada en Cuba representa por ello una pequeña pero peculiar novedad dentro del diverso panorama religioso de la Isla.

Akiñcano y Mettānanda no aseguran saber hasta dónde llegará el proyecto. Por ahora, entre las dificultades materiales que atraviesa el país, los dos novicios continúan reuniéndose con quienes se acercan al vihara para meditar, estudiar y compartir una filosofía que pone el énfasis en la disciplina mental, la compasión y el control de los propios actos.

En un país donde buena parte de la atención cotidiana está inevitablemente dirigida a conseguir comida, electricidad, transporte o simplemente llegar al final del día, estos dos cubanos intentan construir un pequeño espacio dedicado a algo completamente diferente: aprender a detenerse y observar la propia mente.

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