Las tres escenas —Pekín, Ciudad de Guatemala y Georgetown— dibujan una fotografía tensa del momento cubano: por un lado, aliados como China enmarcan la crisis de combustible como resultado de presión externa y prometen ayuda; por otro, gobiernos de la región recalibran vínculos con La Habana, recortando programas sensibles como el de médicos; y, en paralelo, la migración cubana se reacomoda buscando espacios donde todavía haya demanda de trabajo y margen legal para sostenerse.
En esa suma, Cuba queda atrapada entre diplomacia de respaldo, sanciones que golpean su logística y una diáspora que sigue moviéndose según la puerta que quede entreabierta.
China volvió a colocarse públicamente del lado de Cuba en medio de la crisis de combustible para la aviación que ha provocado la suspensión de vuelos y un golpe adicional a un país ya tensionado por apagones, falta de transporte y una economía en caída.
Reuters señala que, en una conferencia de prensa en Pekín, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Lin Jian, dijo que no había reportes de ciudadanos chinos varados en la Isla tras las cancelaciones de aerolíneas y sostuvo que Pekín “siempre proporcionará apoyo y ayuda” a Cuba “en la medida de sus posibilidades”, enmarcando el asunto como respaldo a la “soberanía” cubana y rechazo a la “injerencia extranjera”. La declaración llega después de que, según la propia agencia de noticias, el faltante de jet fuel se agravara por el bloqueo de envíos desde Venezuela como parte de la presión de Estados Unidos.
Ese apoyo verbal se produce en una semana en la que el cerco energético sobre Cuba volvió al centro de la discusión internacional, con reportes que describen un país operando al límite de su infraestructura por la restricción de suministros. Un reportaje de The Wall Street Journal retrató el impacto en servicios, movilidad y actividad económica, y ubicó el origen del nuevo salto de tensión en el endurecimiento de medidas y advertencias de Washington a posibles proveedores, en un contexto regional marcado por el giro posterior a los acontecimientos en Venezuela y por la intención explícita de asfixiar los flujos de combustible hacia La Habana. En ese escenario, el mensaje chino busca proyectar respaldo político y disponibilidad de ayuda, pero no aclara aún qué forma concreta tomaría esa asistencia frente a una escasez que afecta el turismo y las operaciones aéreas.
Desde la isla, numerosos cubanos aseguran que el problema de la isla con el combustible anteceden al 3 de enero de 2026. En declaraciones recogidas en sus redes sociales por el periodista Alexis Boentes, los cubanos lucen desanimados y hasta uno señala que está dispuesto a enfrentar lo que tenga que pasar.
Mientras tanto, en Centroamérica, Guatemala se sumó a la lista de países que empiezan a desmontar o reconfigurar la presencia de brigadas médicas cubanas bajo presión estadounidense. El gobierno guatemalteco anunció que iniciará una terminación gradual del programa durante 2026, que actualmente incluye 412 trabajadores de salud, entre ellos 333 médicos, distribuidos en el sistema sanitario nacional. El Ministerio de Salud guatemalteco dijo que la decisión responde a un “análisis técnico” orientado a fortalecer capacidades internas y garantizar continuidad de servicios, planteando un plan de reemplazo escalonado con contratación local e incentivos para cubrir puestos difíciles.
El trasfondo no es únicamente sanitario. La noticia se enmarca en una línea de presión sostenida por la administración de Donald Trump y por el Departamento de Estado, con un argumento repetido: que el programa enriquece al gobierno cubano y, a la vez, se apoya en condiciones de contratación cuestionadas por Washington. En esa línea, Estados Unidos ha utilizado restricciones de visado como palanca para desincentivar acuerdos con La Habana, una política que Reuters ya había documentado en 2025 al informar sobre medidas enfocadas en funcionarios vinculados a ese tipo de misiones. Guatemala, además, ha intensificado su cooperación con Washington en áreas de comercio y seguridad, lo que le añade un componente de alineamiento político a una decisión presentada oficialmente como técnica.
En el Caribe sur, sin embargo, la dinámica adopta otra forma: no se trata de brigadas enviadas por el Estado cubano, sino de migración laboral cubana buscando contratos directos, y de empresas locales tratando de llenar un hueco de mano de obra en un país que crece al ritmo de su boom petrolero e infraestructura. Un reportaje de Bloomberg describió a Guyana como un destino cada vez más buscado por cubanos para empleos de construcción, en momentos en que el gobierno de Trump aumenta la presión sobre La Habana y se estrechan otras rutas tradicionales de escape. En el texto se plantea que el país, necesitado de trabajadores para carreteras, puentes y obras públicas, mira a los migrantes cubanos como un nuevo reservorio de fuerza laboral, y menciona un alza notable de cubanos con estatus legal en los últimos años.
Aunque el artículo de Bloomberg no es el único indicio de ese fenómeno. Ya en 2025, Stabroek News reportaba que grandes proyectos de construcción en Guyana mostraban una presencia creciente de no nacionales, incluidos cubanos, venezolanos y chinos, con empleadores resaltando disciplina y disponibilidad para trabajos intensos en obras que se multiplican alrededor de Georgetown y otros polos de desarrollo. Ese contexto ayuda a entender por qué, en la conversación migratoria cubana, empieza a aparecer Guyana como “el salve”: no como destino final soñado, sino como válvula práctica, un lugar donde se puede entrar, moverse y trabajar, con redes comunitarias en expansión y un mercado que absorbe mano de obra en sectores físicos; pero claro, no es para todos. Hay quién no sabe ni como se manipula una cuchara de albañil, aunque si hay que hacerlo, se aprende.

















