En declaraciones recogidas por Florida Politics, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, dibuja una imagen muy concreta de lo que, a su juicio, sería una Cuba “libre”: una isla convertida en destino turístico masivo para estadounidenses, con viajes de Spring Break, lunas de miel y escapadas de golf.
DeSantis parte de una premisa clara: la caída del actual sistema político cubano abriría un escenario de crecimiento económico rápido, siempre que se instale un gobierno “prooccidental”, respetuoso de los derechos y del estado de derecho. En ese contexto, asegura que la isla tiene “mucho potencial” y podría convertirse en una economía exitosa, impulsada en buena medida por el turismo y la inversión extranjera.
La imagen que proyecta no es nueva, pero sí reveladora. Remite directamente a la Cuba anterior a 1959, cuando el país funcionaba, en buena medida, como destino de ocio para visitantes estadounidenses. La diferencia es que ahora esa visión se presenta como horizonte de modernización y prosperidad, no como parte de una dependencia estructural.
Hay un matiz que no pasa desapercibido al ojo lector: la idea de “American playground”. El término puede leerse en dos direcciones. Por un lado, evoca un espacio de disfrute, casi de ensueño, asociado a playas, ocio y consumo. Algo parecido a esa nostalgia ligera que aparece en la cultura popular —como en la canción de Madonna que rezaba aquello de, “This used to be my playground”— donde el recuerdo convierte un lugar en símbolo emocional.
Pero también sugiere otra cosa: una relación asimétrica, donde el territorio funciona como extensión del bienestar de otro país. Un patio trasero, aunque el lenguaje lo maquille de oportunidad.
DeSantis, sin embargo, introduce un límite claro en su planteamiento. Aunque imagina una Cuba abierta al turismo y a la inversión estadounidense, no contempla una migración masiva hacia Estados Unidos. Su visión pasa porque los propios cubanos —junto con exiliados— participen en la reconstrucción dentro de la isla, no fuera de ella.
El contexto en el que surgen estas declaraciones no deja de importar en los cubanos. La presión de Washington sobre La Habana ha aumentado en los últimos meses, en medio de una crisis económica profunda marcada por apagones, escasez y deterioro estructural, pero tal y como están las cosas ahora mismo en la isla, millones de cubanos estarían de acuerdo con el sueño de DeSantis. Incluso, a contrapelo de lo que pensaban hasta hace poco tiempo, hay miles de cubanos, cientos de miles de ellos, dentro y fuera de la isla, que piden al menos una intervención humanitaria en la isla, liderada por los Estados Unidos. En ese escenario, discursos como el de DeSantis no solo proyectan futuro: también intentan ordenar el tipo de transición que se considera deseable.
En el fondo, lo que plantea el gobernador es menos una ruptura y más una restauración: una Cuba abierta, funcional para el capital y el turismo, integrada al eje estadounidense. Un modelo que, más que imaginar algo nuevo, rescata una versión anterior del país y la presenta como destino inevitable.





















