Turismo en Cuba: los extranjeros cancelan tras alertas consulares

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La temporada alta en Cuba está transcurriendo con un síntoma que, en la industria turística, suele ser más elocuente que cualquier estadística: el silencio operativo. Menos huéspedes, menos movimiento en los lobbies, menos vuelos…

En los últimos días, el cuadro se ha endurecido por una combinación de crisis energética prolongada, deterioro de servicios básicos y un entorno político que, en la práctica, está elevando el costo de asegurar el destino para turoperadores, aerolíneas y gobiernos que deben responder ante sus ciudadanos. Incluso, aunque no se dice, se teme que en La Habana suceda lo mismo que sucedió en Caracas el pasado 3 de enero.

La señal más directa de ese cambio de fase la están emitiendo cancillerías, no las agencias de viajes.

Costa Rica recomendó a sus nacionales abandonar Cuba mientras existan vuelos comerciales y suspendió viajes no esenciales, con un argumento que no se limita a “precaución”: describe escasez de combustible, electricidad y productos básicos, y advierte que las posibilidades de evacuación serían “muy limitadas” si el deterioro se acelera.

Irlanda, por su parte, hizo lo mismo. La nación europea pidió evitar viajes no esenciales y colocó a Cuba en su segundo nivel más alto de advertencia, reservado para riesgos serios y potencialmente mortales. Pero el punto que pesa en el comportamiento del turista no es solo el diagnóstico, sino la letra pequeña: el propio Departamento de Asuntos Exteriores irlandés admite que su capacidad de asistencia consular en la isla es “extremadamente limitada” porque no tiene embajada en La Habana y opera su cobertura regional desde otro país.

Ese endurecimiento consular coincide con reportes periodísticos desde ese país que describen un destino en modo supervivencia logística. The Irish Times retrató una Habana con apagones y servicios intermitentes, donde anfitriones de alquileres privados reportan cancelaciones asociadas, explícitamente, al clima político y a la incertidumbre sobre combustible y movilidad.

Otro tanto es la desolación que se vive por las noches. Las calles oscuras, los negocios cerrados… la vida nocturna apagada. ¿A qué va a ir un turista a La Habana (a Cuba) en esas condiciones? Para quedarse en un hotel, mejor se queda en su país.

Crecen, mientras, los indicios de ajuste forzado en la hotelería vinculada al Estado cubano y a operadores internacionales.

Con una ocupación rozando o cayendo incluso por debajo del umbral crítico, el MINTUR en la isla ha ordenado concentrar la demanda en menos inmuebles, con el objetivo claro de ahorrar energía, personal, alimentos, lavandería y transporte interno.

Ese tipo de “compactación” no siempre implica clausura definitiva, pero sí indica que el sistema está priorizando continuidad mínima antes que oferta amplia y esto a la postre no siempre resulta positivo porque puede dar lugar a demandas de turistas, como es el caso de esta creadora de contenido argentina que reportó el cierre inmediato de un hotel en Cayo Santa María y el traslado de huéspedes a otra instalación. Tal vez el «ahorro» conseguido por un lado termine desembolsándose por otro.

En medio de este declive muchos se preguntan qué sucederá con las cadenas españolas, que como Melía, se resisten a abandonar la isla. Reina la incertidumbre sobre el marco de negocios en una isla sometida a tensiones externas y a decisiones administrativas internas de alto impacto, y los medios en España han recogido la inquietud de la industria ante el deterioro operativo y el riesgo de que cualquier reordenamiento político o económico termine afectando activos, contratos de administración y flujo de ingresos en moneda dura, precisamente cuando el turismo sigue siendo uno de los pocos generadores de divisas.

La parte aérea, que es el sistema circulatorio del turismo, está reaccionando de manera coherente con ese escenario. El País informó que Rusia anunció la repatriación de miles de turistas y la suspensión temporal de operaciones regulares, en un episodio que ilustra cómo la crisis energética se transforma en crisis turística: sin combustible suficiente, el aeropuerto deja de ser una garantía, y el país pierde su condición básica de destino “salible”.

Todo este «terremoto» provoca un daño económico irreversible en una nación que necesita más que nunca la entrada de divisas, precisamente un momento en que el Estado necesita moneda fuerte para importar energía, alimentos y piezas. Y no solo eso: todo este deterioro rompe el sustento de la red de empleo formal e informal alrededor del visitante: guías, choferes, renta de habitaciones, restauración privada, mantenimiento y servicios.

El resultado es un círculo de retroalimentación negativa: la crisis energética empuja cancelaciones; las cancelaciones obligan a concentrar hoteles y reducir servicios; esa reducción empeora la experiencia y multiplica alertas; las alertas enfrían aún más la demanda y encarecen seguros, logística y reputación.

En una economía tan dependiente del turismo como válvula de divisas, esa espiral no necesita meses para sentirse: se percibe en decisiones inmediatas de gobiernos extranjeros, en la programación aérea y en la forma en que el propio destino empieza a administrarse como si cada día fuera un plan de contingencia.

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