Un nuevo caso de presunto feminicidio en Bayamo, junto a reportes aún sin confirmar en Matanzas, vuelve a colocar sobre la mesa la creciente violencia contra las mujeres en Cuba, en un contexto marcado por la ausencia de información oficial y la dependencia casi total de reportes ciudadanos y publicaciones en redes sociales.
En Bayamo, provincia de Granma, fue identificada como Yunia Bizet Sánchez, de 53 años, la mujer que perdió la vida tras una agresión con arma blanca ocurrida en la mañana del 13 de abril. Según los datos difundidos por plataformas de denuncia ciudadana, la víctima fue atacada en múltiples ocasiones, presuntamente por su expareja, un hombre identificado como Roelvis Hechavarría Rodríguez, de 50 años, quien habría sido detenido posteriormente.
Los detalles del caso han ido emergiendo no solo desde la publicación inicial, sino desde los comentarios de vecinos y personas cercanas, que aportan elementos más específicos. Varios usuarios coinciden en ubicar el hecho en el reparto Rosa la Bayamesa, en la calle Ola, cerca de la escuela primaria Héroes de Bolivia. También se señala que la agresión ocurrió en presencia de menores, lo que añade una dimensión adicional por el impacto directo sobre quienes habrían presenciado la escena.
En esos mismos comentarios aparece una descripción más cruda del ataque. Varios usuarios hablan de múltiples machetazos y de un ensañamiento evidente contra la víctima, un nivel de violencia que no figura en la información inicial pero que se repite en distintos testimonios y genera reacciones de horror entre quienes la conocían.
El entorno del presunto agresor también es reconstruido por la comunidad. Más allá del nombre, algunos lo identifican por apodos, mencionan conflictos familiares y lo sitúan dentro de una red conocida en el barrio, lo que refuerza la percepción de que no era una figura ajena ni desconocida.
Uno de los puntos más insistentes es su historial. Según la información difundida, contaba con antecedentes por robo con violencia, amenazas y otros delitos, lo que ha desatado cuestionamientos directos sobre cómo pudo mantenerse en libertad. Esa crítica se repite en distintos tonos y conecta con una percepción más amplia sobre fallas en el sistema de control y prevención.
En cuanto al móvil, la conversación no es homogénea. Mientras la versión preliminar apunta a un conflicto de pareja, en los comentarios aparecen otras hipótesis, como una deuda económica, lo que muestra que el caso aún no tiene una narrativa cerrada y que distintas versiones circulan simultáneamente.
Una usuria dijo que el hecho dejó saldo de “ocho heridos y dos muertos”, un dato no verificado tampoco que circula con rapidez en el entorno digital.
El tono general de la conversación oscila entre el dolor y la indignación, pero también incluye llamados a castigos extremos, como la pena de muerte o represalias violentas, junto a otros mensajes que responsabilizan a la víctima o intentan explicar el hecho desde dinámicas de pareja. Esa mezcla revela no solo la carga emocional del caso, sino también tensiones profundas en la forma en que se interpreta este tipo de violencia.
El caso de Bayamo no aparece aislado. En paralelo, circula información —aún no confirmada oficialmente— sobre un posible hecho similar en Matanzas, donde un hombre que habría escapado de prisión agredió con arma blanca a su pareja. En este caso, los datos son fragmentarios, contradictorios y, en muchos casos, cuestionados por los propios usuarios, que reclaman ubicación, nombres y confirmaciones. Aun así, incluso en medio de esa incertidumbre, los comentarios dejan ver un clima de alarma.
Más allá de la precisión de cada caso, lo que emerge con claridad es la percepción de una escalada sostenida. “Todos los días hay un feminicidio en algún lugar de Cuba”, escribe una usuaria, mientras otra señala que “ya esto no hay quien lo pare”. La repetición de estos mensajes refleja no solo dolor o indignación, sino una sensación de normalización del fenómeno.
El caso de Bayamo —y el de Matanzas si se confirma— se inserta además en una secuencia reciente. Medios independientes han reportado otros feminicidios en días anteriores, incluyendo el asesinato de una joven madre en Cuba, descrito como el tercero en una semana, lo que refuerza la idea de una tendencia que no se detiene.
Medios independientes y plataformas de monitoreo como Yo Sí Te Creo en Cuba y el Observatorio de Género Alas Tensas han documentado varios feminicidios en apenas días. Uno de los más recientes es el de Marian (Marina) Pino Martínez, una joven de 23 años asesinada el pasado 10 de abril por su expareja en su vivienda del barrio San Bernardo, en Jagüey Grande, Matanzas. La víctima, que trabajaba como educadora, era madre de dos niñas pequeñas, una de cuatro años y otra de pocos meses, lo que vuelve a colocar el foco en el impacto directo de estos crímenes sobre menores.
No está claro si este caso es el mismo al que hizo referencia Niover Licea en su publicación; pero en todo caso, fue catalogado como el tercero en una semana, en una cadena que incluye otros dos feminicidios ocurridos el 7 de abril. En Pinar del Río, en el municipio San Juan y Martínez, Yarisleidis Saavedra Hernández, de 26 años, fue asesinada por su padre en un episodio descrito como feminicidio familiar, tras el cual el agresor se suicidó. En Las Tunas, ese mismo día, Maylén Fernández Soriano, también de 26 años y madre de un niño pequeño, fue asesinada por su pareja en su propia vivienda, en un hecho que ocurrió delante del hijo en común. Según los reportes, la mujer fue trasladada aún con vida en una carreta de bueyes debido a las limitaciones materiales, pero falleció antes de llegar al hospital.
Estas organizaciones registran al menos 16 feminicidios en Cuba en lo que va de año, junto a varios intentos y casos en investigación, en un contexto donde, según advierten, las verificaciones se han vuelto cada vez más difíciles debido a la crisis energética y la falta de información oficial. Dentro de ese panorama, la reiteración de casos en lapsos tan cortos, muchos de ellos vinculados a relaciones de pareja o entornos familiares, refuerza la idea de una violencia sostenida que no encuentra freno.




















