Viuda de chofer fallecido en la explosión del Saratoga: «Era la pareja que muchas mujeres sueñan tener»

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El 6 de mayo, Julián Pupo Castellanos, de 34 años, había terminado el primer turno de trabajo junto a su compañero Orlando Vargas Bring, de 58, a borde del camión de gas. A punto de regresar a sus casas, fueron llamados a cubrir el segundo turno, responsabilidad de un trabajador que no se incorporó. Había que abastecer al Hotel Saratoga, que en 4 días reabriría sus puertas al turismo, y ejecutaba los últimos preparativos.

La explosión canceló abruptamente el paso por la vida de estos dos trabajadores, que según la versión oficial, laboraban en estos menesteres en el momento de la tragedia. Los tres hijos de Pupo Castellanos, Víctor, Yulian y Yoselyn, quedaron huérfanos. Su esposa, Yanet Sánchez, de 33 años de edad, vio interrumpido un matrimonio de 18 años.

En una entrevista concedida al medio oficial Resumen Latinoamericano, la joven, residente de Guanabacoa, relató cómo, al conocer la fatídica noticia, “sin una lágrima le digo al niño: Ahora vengo mi amor. Fuera de la casa, sin que los niños me vieran me volví loca, los vecinos no comprendían qué me pasaba, me sequé las lágrimas y entré a la casa”, describió.

Poco después fue contactada por el centro de medicina legal para que se presentara a reconocer el cuerpo de su esposo. Poco antes, el 19 de abril, había sido el cumpleaños de ella. “Me hizo una comida deliciosa al carbón, fue la última vez que hicimos una fiesta, que compartimos en familia. Por el día de las madres él iba a hacer la fiesta de ese mes, entonces pasó…”, comentó Yanet.

Según la esposa, Julian “vivía para mí y sus hijos”, y sencillamente era la pareja “muchas mujeres sueñan tener. Nunca discutíamos, llamaba a la manicure para guardar un turno para mí… Mi esposo era mi peluquero, él me teñía el pelo, quitaba los callos de mis pies, hasta eso”, abundó. “Si compraba chupachupas (caramelos de la marca Chupa Chups), él traía cuatro, para mimarme a mí también. Éramos iguales para él, vivía para nosotros”.

.Julián, oriundo de Holguín, se mudó para La Habana cuando fue licenciado del Servicio Militar Activo, y se alojó con su hermano. En 2008 conoció a Yanet. Él tenía 19 años, ella 18, pero “desde el inicio fue una relación seria. Mi familia lo miraba de arriba abajo, ‘cuídanos la nieta’ le decían mis abuelos que siempre han sido muy celosos conmigo”. Mas los suegros terminaron acogiéndolo “como a un hijo. Comenzamos a vivir juntos muy jóvenes, yo no sabía hacer nada en la casa. Él lo hacía todo, fue quien me enseñó a cocinar”, y “se arrebató cuando salí embarazada de nuestro primer hijo. Al momento corrió a buscar trabajo y consiguió una plaza como chofer en la Empresa de Gas”, explicó la viuda. 

“Él no solo construía nuestra casa, le hizo a su mamá la cocina, ayudó a los vecinos a levantar sus paredes”, apuntó Yanet, subrayando la nobleza de su esposo. “Si a alguien se le rompía la lavadora, la arreglaba él”, agregó. Su hijo Yulian, padece de autismo “y tenía predilección por el padre”, añade la joven, que celebró además las cualidades de Julián como cocinero. Construyó un horno de carbón donde preparaba platos muy sabrosos.

“Nuestro sueño era lindo y simple, terminar nuestra casita y ver juntos a los niños crecer. Durante 18 años no nos separamos ni un día. Yo voy a continuar…, por él”, expresó la viuda, al comentar que Julián se encontraba construyendo una vivienda para ellos en un terreno que le otorgara el gobierno de Guanabacoa

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