Fíjense cómo está Cuba, que hasta Sandro Castro es ya hasta noticia en The New York Times por sus payaserías en Instagram
The New York Times dedicó el 21 de marzo un perfil amplio a Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, pero no lo hizo como curiosidad de redes ni como nota de color sobre un joven excéntrico. El diario lo colocó en otra categoría: la de síntoma. Bajo el título The Castro on Instagram Who Bumps, Grinds and Takes Trump on a Cuban Joyride, el reportaje presenta a Sandro como una figura que condensa dos cosas a la vez: el desgaste del relato revolucionario y la persistencia de una casta familiar capaz de vivir por encima del país que dice representar.
El texto de Maria Abi-Habib y Emiliano Rodríguez Mega no gira solo alrededor de sus videos, sus poses o sus bromas. Lo que subraya es la contradicción de fondo: un miembro de la familia que gobernó Cuba durante casi siete décadas se exhibe en Instagram entre cerveza, ropa de marca, chistes sobre Trump, juegos de doble sentido político y escenas de ocio, mientras la isla atraviesa apagones, escasez de combustible, deterioro sanitario y una pobreza cada vez más visible. El Times lo dice sin rodeos: los propios contenidos de Sandro terminan señalando el deterioro producido bajo el mando histórico de su familia.
Ahí está la razón de que el personaje interese fuera de Cuba. Sandro no aparece retratado como opositor, ni como heredero disciplinado del aparato, ni siquiera como un simple provocador. Lo que emerge es algo más incómodo: un descendiente del poder que tantea los límites del sistema sin romper con él. Según el reportaje, tiene unos 152.000 seguidores en Instagram, no ha ocupado cargos visibles en el gobierno ni en el Partido y, pese a sus burlas o insinuaciones, no ha sido censurado del modo en que sí lo han sido otros cubanos que cuestionan abiertamente al régimen y hoy viven fuera de la isla.
El New York Times se detiene bastante en esa ambigüedad. Recuerda, por ejemplo, sus videos sobre la escasez de combustible y los apagones, incluido el uso del término “Apagonia”, y también sus sketches donde juega con una falsa llamada de Marco Rubio o una escena con un imitador de Trump. El mensaje no queda cerrado del todo, y justamente ahí está parte de su eficacia: Sandro sugiere, coquetea con el malestar, roza la crítica, pero evita cruzar la línea de acusar de forma directa a la estructura que hizo posible su posición.
El otro eje fuerte del perfil es el dinero. El Times menciona su bar EFE, en La Habana, y lo convierte en un símbolo de la nueva desigualdad cubana: cocteles que cuestan cientos o mil pesos en un país cuyo salario medio mensual, según datos oficiales citados por el periódico, está por debajo de los 7.000 pesos. No es solo una historia sobre un local de moda en el Vedado. Es la imagen de una Cuba partida en dos: la de quienes tienen acceso a divisas, negocios privados o remesas, y la de quienes hacen colas para lo básico y muchas veces regresan a casa con las manos vacías.
La verdad, monda y lironda es que Sandro irrita tanto dentro como fuera del oficialismo. Para los críticos del régimen, Sandro Castro representa la confirmación más obscena de que la igualdad proclamada durante décadas nunca fue igualdad para todos. Para sectores del propio campo oficialista, en cambio, su conducta resulta políticamente tóxica porque exhibe demasiado.
Por ejemplo, Pedro Jorge Velázquez, otro engrendo de hombe nuevo que se hace llamar “El Necio”, llegó a calificarlo de “enemigo ideológico”, mientras en octubre de 2025 el propio Sandro respondió en redes con una definición que lo retrata bastante bien: “Revolucionario sí, comunista no”, añadiendo además que respetaba a su país y a su gobierno.
Un antecedente de 2021 ayuda a entender por qué su figura sigue generando rechazo. Aquel video en el que se paseaba a exceso de velocidad en un Mercedes-Benz de la famiglia, no fue solo una torpeza juvenil ni una fanfarronada aislada. Fue el momento en que mucha gente vio sin filtros algo que el discurso oficial llevaba años intentando ocultar: que dentro del linaje gobernante había una relación natural con el lujo, con el consumo aspiracional y con una idea de impunidad social que no existe para el cubano común. El escándalo fue tal, el halón de orejas debió ser tan descomunal, que Sandro terminó pidiendo disculpas públicas. Algo que no hizo, por ejemplo, su tío Tony Castro, cuando fue descubierto paseándose en un yate de lujo por el Mar Mediterráneo.
La novedad ahora es otra. Ya no se trata de un video filtrado ni de una metedura de pata puntual. Lo que el Times retrata es una evolución: Sandro convirtió esa visibilidad en personaje, y ese personaje funciona como espejo deformante del castrismo tardío. No es un rebelde clásico ni un vocero del sistema. Es el hijo cultural de una élite que aprendió a sobrevivir a base de control, privilegio y flexibilidad ideológica. Se ríe del desastre, pero desde adentro. Lo explota en redes, pero sin pagar el precio que sí pagan otros. Y en esa diferencia está el verdadero valor periodístico del perfil publicado en Nueva York.
Más que contar la historia de un influencer, el New York Times terminó contando la historia de una anomalía cubana muy específica: la de un nieto del poder que puede ironizar sobre la ruina nacional sin dejar de beneficiarse de ella. Ahí no hay solo un personaje viral. Hay una radiografía bastante precisa del país.





















