En los últimos días, un cartel con tarifas nuevas en la entrada del área de piscina del Hotel Habana Libre, en El Vedado, se convirtió en combustible perfecto para una discusión que Cuba viene posponiendo desde hace años: cuánto cuesta, en la práctica, un poco de descanso.
La polémica se disparó tras la circulación en redes de fotos y videos donde se leen los precios que entrarían en vigor para 2026: 5.500 pesos cubanos por adulto, con un consumo mínimo de 2.500; 4.000 por niño, con consumo mínimo de 2.000. Entre la entrada y la obligación de consumir, una visita puede rozar o superar los 8.000 pesos por persona adulta, sin contar transporte ni extras.
La cifra no solo fue comentada como un “abuso” o un “lujo”, sino que activó comparaciones inmediatas con el salario y con la vida cotidiana. En la lógica de quienes reaccionaron indignados, el punto no es si un hotel puede cobrar caro, sino el simbolismo de que un espacio históricamente “mixto”, donde muchos cubanos buscaban escapar del calor, los apagones y el encierro, pase a operar como una frontera social. Esa lectura aparece con fuerza en coberturas de medios digitales que han presentado el aumento como otro síntoma de la desconexión entre los servicios turísticos y el bolsillo nacional.
En redes, el debate se volvió más concreto y, por momentos, más cínico. En Instagram, creadoras y usuarios han hablado del “pasadía” como si fuera un producto financiero: cuánto pagas, cuánto “tienes que consumir”, si la entrada se abona por tarjeta y si conviene llevar efectivo “por si falla la conexión”. La discusión, con ese detalle práctico, revela algo más que quejas: muestra que ya existe una cultura de supervivencia alrededor del ocio, donde el plan incluye no solo el traje de baño, sino la estrategia de pago y el cálculo del gasto mínimo.
Del lado institucional, el hotel y páginas asociadas al turismo han promocionado la piscina durante años como parte de su oferta, y en publicaciones de Facebook se repiten preguntas sobre precios y condiciones, además de respuestas con cifras que han ido variando con el tiempo. Esa trazabilidad en los comentarios ayuda a entender por qué el salto actual se siente como un portazo: muchas personas recuerdan —y discuten— tarifas anteriores más bajas o con otras reglas.
Al final, la piscina del Habana Libre terminó funcionando como un termómetro social: no se debate solo un chapuzón, sino el derecho práctico a tener un día “normal” en una ciudad donde el verano y la crisis comparten calendario. Y en ese choque aparece una pregunta incómoda, repetida con distintas palabras: si el turismo es “locomotora”, ¿para quién está tirando del tren?

















