Robar es costumbre y que la gente tome justicia por sus manos también. Casos recientes en La Habana y S Spíritus

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En Cuba, el robo ya no se narra como excepción sino como rutina. Y, junto a esa normalización, crece otra escena paralela: la del vecino que se organiza, corre, acorrala, retiene y, si puede, castiga. No es solo miedo. Es cansancio. Es la sensación de que las rejas, los portones y la prudencia no alcanzan, y de que la respuesta institucional llega tarde o no llega.

El 30 de diciembre, en Plaza de la Revolución, en la intersección de Tulipán y Boyeros, un intento de robo terminó frustrado en plena mañana. Dos hombres entraron a un edificio residencial con “aparente normalidad”, aprovechándose de una confianza que todavía existe en algunas zonas y de un inmueble que, en teoría, estaba protegido por un portón con rejas. Ya dentro, rompieron la reja de uno de los apartamentos y forzaron la puerta. No era madrugada, no era un barrio dormido: había gente despierta y movimiento en el área. Aun así, lo intentaron.

La propia familia del apartamento afectado los sorprendió en el acto, nos hizo saber Nio Reportando un Crimen. Con la reacción inmediata y el apoyo vecinal, uno de los presuntos ladrones fue retenido allí mismo; el otro logró escapar y sigue suelto, según lo reportado por residentes. El episodio dejó una conclusión amarga entre quienes lo contaron: ni las rejas, ni los portones, ni la “vigilancia informal” garantizan protección efectiva cuando el delito se hace atrevido y cotidiano.

Esa misma tensión se lee en los comentarios que suelen acompañar estos reportes: pedidos de “mano dura”, exigencias de penas extremas, quejas sobre una supuesta benevolencia del sistema, y hasta llamados abiertos a golpear o matar a los delincuentes antes de entregarlos. La frase “en este país se acabó la seguridad” ya no suena a desahogo aislado: aparece como diagnóstico compartido.

En Sancti Spíritus, el 21 de diciembre, el robo a la tienda La Vizcaína ilustra otra arista del mismo problema.

El Ministerio del Interior informó la captura de cinco jóvenes, entre 16 y 18 años, por un robo con fuerza tras romper la vidriera del local alrededor de las 4:00 a. m. Se llevaron electrodomésticos y prendas de vestir y, según la versión oficial, vendieron lo sustraído al amanecer, repartiéndose el dinero. Cuatro fueron señalados como autores y un quinto como receptador; se habló de garantías procesales por la edad y de una investigación apoyada en técnicas criminalísticas y “colaboración de la población”.

Los dos relatos se conectan en un punto: la población está siendo empujada a ocupar el espacio que deja la erosión de la seguridad. Unos ayudan a investigar; otros retienen a golpes. Cuando robar se vuelve costumbre, la justicia por mano propia empieza a parecer, para demasiados, el único recurso inmediato. Y ese es el umbral más peligroso.

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