Luego de sendos actos de repudio a Mike Hammer en la cabecera provincial de Camagüey, en la vecina Puerto Padre optaron por arrestar a los que podían hablar con él.
En otra provincia aseguran «no ha llegado la orientación de repudiarlo» y tienen una explicación de los motivo del diplomático para moverse del modo en que se mueve.
La reacción de las autoridades cubanas ante las constantes visitas y conversatorios del jefe de misión de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, con los llamados «cubanos de a pie», ha puesto en evidencia algo más profundo que un simple roce diplomático. La Habana parece haber encontrado una explicación a por qué este diplomático en específico, «se mueve» distinto a los otros. Digamos que, como aquel animado de Vampiros en La Habana… encontraron «la fórmulannnn». Joseph..
Una fuente de entero crédito que por lógicas razones ocultaremos tanto su nombre como su cargo y el lugar donde reside, dijo a este redactor que no se trata solo de impedir el contacto con un representante extranjero, sino de controlar de forma preventiva el relato que pueda surgir de ese contacto. ¿Por qué? Ya veremos.
En los últimos días, distintas denuncias han señalado actos de hostigamiento, gritos organizados y detenciones contra ciudadanos que intentaron reunirse con el diplomático en sus propias casas, especialmente en provincias fuera de la capital. Según esta fuente, muy cercana a estructuras políticas territoriales, la preocupación central no es Hammer como individuo, sino la posibilidad de que escuche directamente a los cubanos más pobres y humildes relatar sus vicisitudes. En ese escenario, explican, Washington podría disponer de “elementos” para reforzar la narrativa de una crisis humanitaria en Cuba y justificar nuevas presiones bajo el argumento de la cercanía geográfica: apenas 90 millas separan a ambos países. Dentro de esa lógica, la conversación misma se convierte en un riesgo estratégico.
La fuente añade que también se teme que Estados Unidos pueda constatar algo que, en realidad, resulta visible: que una parte significativa de la población no desea el actual modelo político. No conviene, sostienen, que se conozca de manera directa cuál es la opinión real de muchos cubanos sobre su gobierno. En ese marco, cualquier diálogo sin mediación institucional pasa a ser interpretado como una amenaza, no por su contenido concreto, sino por su potencial simbólico.
Eso, asegura, es lo que manejan sus superiores que, voy a dar una pista, no son cualquier cosa.
Desde esta perspectiva, los actos de repudio cumplen una función clara. No necesitan impedir físicamente el encuentro: basta con contaminarlo. La presencia de gritos, insultos y consignas introduce miedo entre ellos, expone públicamente a quienes reciben al diplomático y deja una marca en su entorno inmediato muy peligrosa. Bueno, ya Estados Unidos respondió. La fuente es testigo de que «existe la preocupación» que a alguno de los repudiantes se le vaya un golpe, una vez que entren en ese estado de «éxtasis». Añadió que, además, existe un precedente, aunque lejano en el tiempo, al cual aludió un colega suyo, Secretario del Núcleo del Partido: si mataron a un centenar de norteamericanos con la explosión del Maine, ¿qué les impediría matar a Mike Hammer? Tendrían el motivo perfecto para intervenir. Dicho eso, por X o por Y, «se dio la orientación» de que al menos ahí, en «esa» provincia, no se la haría acto de repudio al diplomático.
Eso sí, el mensaje es inequívoco: cualquier contacto con Mike Hammer será leído como desafío político. La herramienta es antigua, pero sigue siendo eficaz, sobre todo en contextos donde la vigilancia comunitaria y el señalamiento social forman parte del control cotidiano.
Aunque la fuente desconoce de dónde partió exactamente la orientación para aplicar estos actos, «pues de La Habana aquí no llegó nada», considera probable que se trate de iniciativas “locales”, al menos en territorios como Camagüey, donde se ha documentado hostigamiento organizado. En sistemas altamente centralizados, este tipo de acciones descentralizadas no contradicen la lógica del poder: permiten negar órdenes directas desde arriba, pero al mismo tiempo funcionan como demostración de lealtad política de cuadros intermedios, particularmente dentro de estructuras como la UJC o el Partido. «Es probable, dijo, que alguien «los haya llamado»; o que incluso alguien haya mentido diciendo «me llamaron».
La hipótesis de la “infiltración” también aparece con fuerza en los discursos internos. Se asume que Mike Hammer no se mueve al azar: o se conoce de antemano su recorrido, o se “imagina” con quiénes podría conversar, porque las autoridades ya tienen identificadas a las personas consideradas “desafectas”. Esto resulta verosímil si se tiene en cuenta el cerco sostenido contra opositores, activistas, periodistas independientes y líderes religiosos críticos en los últimos días, muchos de los cuales han denunciado vigilancia constante, citaciones policiales y restricciones de movimiento.
El mecanismo no requiere una conspiración sofisticada. En un país con redes de informantes, expedientes políticos y control territorial, anticipar quién podría recibir a un diplomático es relativamente sencillo; y así se vio en Puerto Padre.
Si además existen contactos previos con la Embajada o mensajes visibles en redes sociales, el Estado solo debe decidir cuándo convertir esa información en escarmiento. Las detenciones “preventivas” denunciadas por familiares y medios independientes parecen responder exactamente a esa lógica: no se reprime al diplomático, se reprime la posibilidad de una conversación sin mediación.
Así, la pregunta “¿qué hay de malo en hablar con Mike Hammer?” adquiere una dimensión administrativa antes que moral. Hablar no es el problema. Lo intolerable, para «La Habana», es que alguien pueda contar su vida sin permiso, sin guion y sin filtros, en un país donde el control del discurso sigue siendo una de las principales formas de poder. O que incluso, al diplomático, le suceda algo fuera de su rango de control.
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