Prensa extranjera se asoma al colapso del sistema de salud cubano, y esto no es nuevo

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En algunos hospitales, los guantes quirúrgicos se lavan y reutilizan por falta de suministros, una práctica que contradice los estándares básicos de higiene médica. En maternidades como el hospital Ramón González Coro, en La Habana, los apagones afectan desde ultrasonidos hasta la conservación de medicamentos.

Directivos hospitalarios mencionan necesidades tan elementales como suturas, catéteres o incluso pañales para pacientes. La escasez no es puntual ni excepcional: forma parte de la rutina.

El sistema sanitario cubano atraviesa hoy uno de sus momentos más críticos en décadas, con hospitales funcionando a medias, cirugías pospuestas y médicos obligados a decidir quién recibe atención y quién no. La escena, documentada en las últimas semanas por medios internacionales como Mother Jones, El País o CGTN, ha puesto el foco sobre una realidad que, sin embargo, no comenzó en 2026 ni con la actual crisis energética.

La combinación de apagones prolongados, escasez de combustible y falta de insumos básicos ha llevado al límite a hospitales y policlínicos en toda la isla. Más de 96.000 personas están en lista de espera para cirugías, incluidos más de 11.000 niños, según datos recogidos en reportes recientes. Tratamientos como quimioterapia, diálisis o radioterapia se han visto interrumpidos o retrasados, mientras servicios esenciales como ambulancias o quirófanos operan con limitaciones constantes por la falta de electricidad.

En maternidades como el hospital Ramón González Coro, en La Habana, los apagones afectan desde ultrasonidos hasta la conservación de medicamentos. Mujeres embarazadas reportan consultas pospuestas, dificultades para acceder a vitaminas prenatales y centros cerrados por falta de recursos. La situación obliga a reorganizar servicios, priorizando únicamente los casos más urgentes.

Pero el deterioro no se explica solo por la crisis energética actual. Durante al menos una década, el sistema sanitario cubano ha sufrido un desgaste progresivo marcado por la emigración masiva de profesionales, la falta de inversión y el deterioro estructural de hospitales y equipos. Lo que hoy aparece como colapso es, en realidad, la fase más visible de un proceso acumulado.

Reportajes recientes señalan que los médicos trabajan con carencias extremas. En algunos hospitales, los guantes quirúrgicos se lavan y reutilizan por falta de suministros, una práctica que contradice los estándares básicos de higiene médica. Directivos hospitalarios mencionan necesidades tan elementales como suturas, catéteres o incluso pañales para pacientes. La escasez no es puntual ni excepcional: forma parte de la rutina.

La crisis también tiene un impacto directo en la toma de decisiones clínicas. Ante la falta de recursos y electricidad, los médicos se ven obligados a priorizar pacientes, aplazar intervenciones y concentrar servicios. Según testimonios recogidos por organizaciones humanitarias, más personas podrían morir por enfermedades tratables que en años anteriores, simplemente porque el sistema ya no puede responder.

En paralelo, el colapso energético ha agravado todas estas carencias. Los apagones, que pueden durar hasta 20 horas, afectan equipos médicos, cadenas de frío para vacunas y transporte sanitario. Incluso con la instalación de paneles solares en algunos centros —más de 5.000 módulos en hospitales y clínicas en los últimos meses—, los problemas estructurales persisten. De las 34 ambulancias en un centro de emergencia citado en reportes, solo 16 están operativas, muchas fuera de servicio por piezas que no se pueden importar.

El gobierno cubano ha defendido que la situación responde en gran medida a restricciones externas, en particular a las limitaciones sobre el suministro de combustible. El ministro de Salud, José Ángel Portal Miranda, ha advertido que la crisis energética “podría poner vidas en riesgo”. Sin embargo, voces dentro y fuera del país señalan que el deterioro del sistema sanitario comenzó mucho antes del actual escenario.

Durante años, la sanidad cubana fue presentada en buena parte de la prensa internacional y en sectores de la izquierda extranjera como un modelo de eficiencia y cobertura universal. Esa narrativa, repetida en foros políticos, académicos y mediáticos, contrastaba con denuncias internas sobre falta de medicamentos, deterioro hospitalario y condiciones laborales precarias para el personal sanitario.

Hoy, cuando imágenes de hospitales sin electricidad y pacientes esperando meses por una operación recorren medios internacionales, la pregunta se impone: ¿dónde estaba esa misma prensa cuando las señales del colapso ya eran visibles? ¿Por qué el deterioro sostenido durante años no ocupó titulares hasta que la crisis alcanzó niveles imposibles de ignorar?

La situación actual no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de decisiones acumuladas, de un sistema que fue perdiendo capacidad mientras mantenía una narrativa oficial que durante demasiado tiempo encontró eco fuera de la isla. Ahora, con hospitales funcionando al límite y una población envejecida cada vez más vulnerable, el margen de maniobra es mínimo y las consecuencias, cada vez más visibles.

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