La pausa —o suspensión, según cómo se diga— del petróleo mexicano hacia Cuba llegó envuelta en una frase que sirve para casi todo: “decisión soberana”. Claudia Sheinbaum, preguntada por reportes sobre un embarque retirado del calendario de Pemex, evitó la palabra que en política suena a derrota (“se cortó”, “se paró”, “se suspendió”) y se refugió en el terreno más cómodo: México hace lo que le da la gana, Pemex decide según contratos, y si mañana vuelve, “en todo caso se informará”. Ese modo de responder es importante no por lo que aclara, sino por lo que permite: que la interrupción exista, pero que no exista como hecho político sino como trámite. Afuera, la noticia se contó como lo que es: un envío retirado, un plan cancelado, un suministro que no sale cuando estaba previsto.
Y es ahí donde entra el mecanismo cubano, que no es tanto mentir como dibujar. Cubadebate, o mas bien Telesur, de donde ella tomó el texto con título y todo, toma ese mismo material y lo reordena para que el centro de gravedad no sea el corte, sino el derecho a no dejarse mandar; no la vulnerabilidad energética de Cuba, sino el gesto altivo de México; no la dependencia práctica de La Habana, sino el “bloqueo” como telón de fondo permanente y útil.
El titular —reafirma soberanía en el envío— es una pequeña obra de ingeniería: convierte una noticia incómoda (hay señales de freno) en una noticia épica (hay reafirmación). En vez de “México detiene”, te ofrecen “México ratifica”. En vez de “no llegó”, te venden “si llega será por decisión propia”. El resultado es que el lector termina discutiendo la dignidad del acto, no la falta del combustible.
Lo más revelador no es la línea editorial, que ya es conocida, sino la manera en que ese encuadre fabrica una ilusión de continuidad: si todo es soberanía y contrato, entonces nada se rompió; solo cambió “el momento” en que conviene hacerlo.
El mensaje es doble: por un lado, tranquiliza a la audiencia militante (“no nos torcieron el brazo”); por otro, normaliza ante la audiencia cautiva la idea de que el suministro puede faltar sin que eso sea un problema del sistema, porque siempre habrá una explicación externa o un concepto superior que lo cubra. Mientras tanto, la realidad material —apagones, transporte, generación eléctrica, cadenas de distribución— queda reducida a un decorado que solo se menciona cuando sirve como argumento humanitario. Y aun ese argumento humanitario se usa como escudo narrativo: si hay petróleo, es solidaridad; si no hay, también es soberanía.
En la versión más cruda del relato, la nota oficialista necesita un antagonista para que el corte no parezca corte, sino combate. Por eso aparece Estados Unidos no como contexto, sino como explicación total. En la cobertura internacional también está el elemento del cálculo ante Washington —los temores a represalias, el costo de sostener ciertos gestos—, pero ahí la mención funciona como pieza de análisis político. En la versión cubana, en cambio, el factor estadounidense se convierte en la llave que abre y cierra toda puerta: si algo falla, es porque “el bloqueo”; si algo se reanuda, es porque “resistimos”; si algo se detiene, es porque “decidimos”. El objetivo no es informar: es impedir que la audiencia coloque el foco donde duele, que es la dependencia, la precariedad y la falta de margen.
Los comentarios de foristas que celebran el “principio” y la “aclaración” terminan de completar la escena porque muestran el efecto buscado: ya no se debate si el petróleo sale o no sale, sino quién es más leal, quién “cree en las redes”, quién está listo para señalar “traidores”, quién grita vivas con más entusiasmo, quién repite a Benito Juárez para hablar de un buque y un calendario de carga. Lo práctico se diluye en lo moral, y lo moral se vuelve policía. Eso también es administración de crisis: transformar la angustia por la falta de combustible en una prueba de pureza, donde el problema no es el apagón, sino el que pregunta por el apagón.
El punto político de fondo, y el que el encuadre intenta disimular, es que el “en todo caso se informará” no es una promesa: es un permiso para no decir nada. Si el envío vuelve, se anunciará como victoria. Si no vuelve, se explicará como parte del asedio. Si vuelve a medias, será “bajo determinadas circunstancias”. El ciudadano queda siempre fuera del contrato real: el que importa no es el de Pemex con Cuba, sino el contrato narrativo entre el Estado cubano y su público, donde cada escasez debe ser contada como dignidad, y cada dependencia debe vestirse de soberanía para que la humillación no tenga nombre.
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