Habrá que entonces aguantar los deseos hasta el martes porque no habrá papel paráculo. ¡Y pobre del que tenga diarreas!
La prensa impresa cubana entra desde este lunes 2 de marzo de 2026 en un esquema de emergencia que reduce al mínimo la circulación física de sus principales cabeceras nacionales y elimina por completo la impresión en las provincias, una señal más de la contracción material del Estado en medio de la crisis de combustible y de suministros. El ajuste fue anunciado en comunicados publicados por medios oficiales y plataformas institucionales: Granma y Juventud Rebelde pasarán a circular en papel una sola vez por semana, los martes, en un formato de ocho páginas, mientras el semanario Trabajadores mantendrá su frecuencia semanal con distribución también los martes.
El cambio no es un simple reordenamiento editorial. En un país donde el papel, la tinta, la logística y el transporte dependen de una cadena de abastecimiento tensionada por la escasez energética, la reducción de la tirada equivale a reconocer que ya no hay margen para sostener un servicio que durante décadas fue tratado como columna vertebral de la comunicación institucional. En la nota oficial se atribuye la medida a “limitaciones materiales” y a problemas de aseguramiento, y se presenta como parte del proceso de “transformación digital” que impulsa el gobierno, con énfasis en la actualización permanente de los sitios web y perfiles en redes sociales.
Lo más contundente, sin embargo, está fuera de La Habana. Los periódicos provinciales dejarán de imprimirse, lo que implica que desaparece la edición física en territorios donde el acceso a internet sigue siendo irregular, caro o directamente impracticable durante apagones prolongados. El corte deja a miles de lectores sin el único canal estable de “información formal” que muchos todavía consumen por hábito, por falta de conectividad o porque el papel, con todo y su monotonía, era al menos algo que llegaba. Ese vacío no se llena solo con la promesa de un enlace web: requiere electricidad, datos móviles y tiempo de conexión en un contexto en que la vida cotidiana se organiza alrededor de cortes de luz y restricciones de transporte.
El anuncio también fija un detalle revelador: la nueva salida semanal será los martes, una especie de “día único” para la prensa nacional impresa. En la práctica, eso convierte a Granma y Juventud Rebelde en publicaciones semanales en papel, aunque mantengan la producción digital diaria. Trabajadores, que ya era semanario, queda como está, lo que subraya la lógica del recorte: conservar lo que ya tenía baja frecuencia y recortar lo que pretendía ser cotidiano.
La lectura política del golpe es inevitable incluso dentro de la propia gramática oficial. Granma no es solo un periódico: es un órgano histórico del Partido Comunista, el espacio donde se ordena el tono, se administran silencios y se construye la idea de “normalidad” en medio de la excepción. Cuando ese papel se reduce a una sola salida semanal, el mensaje material pesa más que cualquier editorial: falta combustible, falta papel, falta capacidad de distribución, y el Estado recorta donde antes jamás recortaba. Medios y organizaciones fuera del aparato oficial han interpretado el ajuste como una consecuencia directa de la crisis energética y logística que atraviesa el país, más allá del barniz de “modernización” digital.
La reducción del papel tiene además un impacto silencioso que nadie va a mencionar en nota oficial. Durante años, el periódico impreso no solo sirvió para envolver croquetas, pescados, forrar estantes, libretas, recoger agua del piso, o tapar el espacio entre la puerta y el suelo, o entre las rendijas de las ventanas y persianas para que no entrase el frío a la casa. También cumplió una función doméstica no declarada, sobre todo cuando el papel sanitario no existía ó desaparecía del mercado formal y reaparecía en las manos de quienes podían pagarlo en dólares. En muchos hogares, tanto el Granma, como el Juventud Rebelde, como el Trabajadores, terminaron siendo el sustituto práctico de una necesidad básica, porque la Bohemia… ya había desaparecido.
Ahora, con todos los periódicos saliendo una vez por semana y las ediciones provinciales fuera de circulación, incluso esa “alternativa” se encoge. La crisis no solo aprieta la electricidad, el combustible y la comida: también alcanza ese rincón íntimo de la vida cotidiana donde el papel deja de ser ideológico y pasa a ser utilitario. La metáfora se escribe sola: cuando ni el periódico alcanza, es porque la crisis ya no está en el cuello. Está más abajo.
Habrá que entonces aguantar los deseos hasta el martes porque no habrá papel paráculo. ¡Y pobre del que tenga diarreas!


















