Israel “Buena Fe” Rojas purga culpas, deseos y opiniones en intensa semana de trabajo y escribanía

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En el lapso de una semana, Israel Rojas Fiel publicó una secuencia de textos en su perfil de Facebook que, puestos en orden, parecen menos un conjunto de estados de ánimo y más una arquitectura. Tres piezas son abiertamente políticas, de registro épico y de trinchera, muy a tono con los tiempos que corren que le dan el motivo para sacar ese «guardia» que lleva dentro; y una cuarta es personal, casi confesional, donde el conflicto deja de ser el “imperialismo” y pasa a tener nombres, oficios y recuerdos. Leídas juntas, componen una especie de parte de guerra emocional: primero se fija el enemigo histórico, luego se marca una ética de combate, después se clausura la salida de la negociación y, por último, se ajustan cuentas con el entorno cultural que lo ha venido interpelando desde hace años.

El uno de los textos de ese que llamaremos «bloque político», Israel arranca con una premisa que no admite matices: negociar con fascistas no es una mala idea, es un acto suicida. A partir de ahí, el post avanza como un alegato que toma episodios históricos como pruebas finales, no como comparaciones prudentes. Aparece el pacto Tratado Ribbentrop-Mólotov y la Operación Barbarroja como recordatorio de la “puñalada” que sigue a cualquier entendimiento. Luego salta a los Acuerdos de Minsk y cita la lectura de Angela Merkel y François Hollande para reforzar la idea de que los pactos son tácticas de tiempo y no promesas de paz. En esa lógica, la geopolítica se vuelve una línea continua donde los actores cambian pero el mecanismo es idéntico: si se conversa, se cae en una trampa.

Ese argumento se lleva al presente con referencias a Irán, a la Casa Blanca, a Gaza y Líbano como piezas de un mismo tablero, y a Nicolás Maduro como ejemplo del que habló y miró a los ojos antes de descubrir que la “civilidad” dura lo que dura la conveniencia. En el mismo movimiento, la política cubana se define por contraste: la “democracia cubana” no tendría nada que ver con el modelo norteamericano, pero tampoco habría manera de sobrevivir si se pretende conservar cuotas de soberanía “inaceptables” para Washington. La conclusión se estrecha hasta volver personal lo que empezó como tesis histórica: ¿qué se puede negociar hoy con Marco Rubio y Donald Trump? La negociación queda retratada como una forma elegante de rendición, y el conflicto como un destino inevitable.

El análisis, más histórico que cualquier otra cosa, no ofrece una solución al conflicto que, incluso él, con mayores potencialidades que decenas de miles de cubanos, enfrentan: una crisis sistémica en la isla.

El segundo texto político, “A quien pueda interesar”, funciona como manifiesto. Cambia la voz: ya no es el recuento de ejemplos externos, sino un juramento interno. Israel insiste en que no lucharía por un presidente ni por un secretario general, ni por un venerable anciano ni por sus herederos; dice que lucha por una idea de Cuba soberana, por una nación donde se cumpla el culto a la dignidad humana, y por una continuidad cultural y moral en la que conviven canciones y símbolos.

Ahí el discurso se vuelve litúrgico: aparecen José Martí, Fidel Castro, Raúl Castro y el pasaje de la negociación con Barack Obama como el último momento en que sentarse a conversar podía leerse como valentía política. También se enuncian fronteras: la palabra “negociar” aparece asociada a cobardía performativa, a la pose de “inteligentes y modernos”, y la épica se construye como antídoto. En la misma línea, se le niega a los BRICS —y por extensión a Rusia y China— la voluntad de correr riesgos reales por Cuba. Es un texto de cierre de filas: si nadie va a salvarte, la salvación solo puede venir del sacrificio propio.

En el texto, Israel no menciona, por ejemplo, que desmantelar el embargo/bloqueo no puede ser obra de una firma de un presidente; como del mismo modo no explica que el mismo Obama fue traicionado aun estando en La Habana, cuando el oficialismo que a veces Israel parece defender, le dio carta de corso abierta a que sus escribidores más extremistas y menos lúcidos, se atrincheraran de mala manera y empezaran a arrojarle pestes al presidente más «buena gente» – para con Cuba – que los EE.UU. ha tenido.

Parece insinuar, aunque no lo dice, que ahí se perdió una grándisima oportunidad; como tampoco menciona siquiera un nombre de un culpable de los que está «de su lado», geográficamente hablando. «La maldita culpa no la tiene nadie», podría decir cantando, si quisiera.

El tercer texto político, “Interesante pero…”, es el más áspero y, al mismo tiempo, el más doméstico en su manera de hablar de la historia. Israel comenta un artículo publicado en The American Conservative sobre el embargo y, en lugar de ver una rendija, ve humo.

Dice que no espera nada bueno de ese país, que lo sensato es prepararse para el peor escenario y que tal vez se acerca el momento en que una generación tenga que aportar “su cuota más alta de sacrificio”. Ahí el lenguaje se militariza sin disimulo, y el “nosotros” se redefine por oposición: no el que produce o trafica drogas, sí el que formó médicos, sí el que levantó vocaciones científicas, sí el que soportó el margen de error cero.

La desconfianza en este texto se vuelve consigna: no es odio, dice, pero ya no hay confianza, y remata con un “BASTA YA” que empuja el texto hacia una declaración final, anclada en Bayamo y el imaginario del himno, como si el destino de una discusión política contemporánea solo pudiera resolverse en un lenguaje de fundación y juramento.

Si uno ve esos tres movimientos, pensaría que «el Isra» no es capaz de ensartar dentro de su lógica semanal de trinchera el texto personal (“Reflexiones de cara al sol”), el cual funciona como el reverso. Aquí no se habla de Washington ni de tratados; se habla de raperos, salseros, compositores, ex aliados, colegas y antiguos afectos. Gente a las que él ayudó o con los cuales colaboró, pero siente que estos no solo le han mordido la mano, sino que hasta lo han traicionado.

Es un inventario de agravios donde la acusación no es solo ideológica, sino ética: xenofobia, homofobia, misoginia, oportunismo, deslealtad económica, deshonra familiar, con nombres no explícitamente mencionados pero donde el que más «elogios» se lleva es el rapero Aldo, a quien de paso desenmascara como un estafador (el dinero al que hace referencia es el que este no le dio a El B y fue el motivo de la ruptura entre ambos. También agarra lo suyo el cineasta y ahora streamer Ian Padrón; y el «infante» al que hace referencia es a Emilio Frías, cuyo nombre artístico es «El Niño y la Verdad».

En este desafuero israeliano, el conflicto pasa del Estado abstracto al cuerpo del artista: “me colgaron de mi nombre”, “me usaron para titulares”, “cuando se quedan sin contenido, siempre he estado al alcance”. El relato se organiza como una catarsis que intenta presentarse como control: dice que no alimenta discordia, que no responde con odio, que su respuesta es obra, canciones, conciertos, reinvención. Pero también deja una frase que corta por debajo de la serenidad declarada: guarda nombres en un rencor “dormido, pero vital”. La “venganza” se formula como superación, citando a Eduardo Galeano, igual que antes se había citado a Howard Zinn, y ahí aparece una constante de toda la semana: la necesidad de sostener la posición moral con autoridades simbólicas, historia, como si el conflicto no pudiera narrarse sin convertirlo en tesis sobre el mundo y como si no pudiera actualizarse.

Ordenados así, los cuatro textos dejan ver algo más que “posts intensos”: construyen una continuidad entre la amenaza exterior y la herida interior. Primero, el mundo como trampa; luego, Cuba como altar; después, el sacrificio como única salida; al final, la biografía como campo de batalla donde todo eso se prueba. Que ocurra en una semana no es un detalle: habla de urgencia, de presión acumulada y de un deseo de controlar el relato cuando se siente que el relato se le fue de las manos.

Aquel que una vez cantó aquello de que «No aspiro a que desfilen por las líneas de todo mi pensamiento», logró en todos arrastrar cientos de opiniones a favor y ninguna en contra. Lo segundo porque su perfil de Facebook está registringido a otras opiniones diversas. Israel incluso ha bloqueado en Facebook a gente sin motivos – yo soy uno de ellos – o porque tal vez reconozca que no se alinean con su pensamiento al cien por ciento, aunque en alguna que otra pincelada que deja uno tenga que asumir que sí, que tiene razón, pero que le falta una parte: la de mirar hacia dentro.

Sí, Rojas parece haber guardado aquel famoso catalejo en una gaveta y no lo encuentra; o no puede abrirla.


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