Famosa artista Marina Abramovic es un “show” para el oficialismo en Cuba después que dijo NO a la Bienal de La Habana

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La revista digital cubana, La Jiribilla publicó esta semana en una de sus columnas el artículo titulado Marina Abramovic y la banalidad del mal, lo que viene a ser como una suerte de defensa estatal ante el supuesto desacierto de la gran artista, quien decidió sumarse al boicot nacido en las redes el pasado mes en contra de la Bienal de La Habana.

Según el texto, que arranca con un rápido intento contextualizador de la performance y admite a la serbia entre sus mejores exponentes en una época ya lejana, para el momento actual suscribe, “ya no se va a ver a Marina para sentirla, sino para humillarla como una parte normalizada del sistema, para asumirla como un elemento acrítico y funcional, como un simple show”.

En 2012, cuando la Abramovic accedió a venir a Cuba para participar como invitada en la Bienal de La Habana, aquí la reconocieron con el doctorado Honoris Causa de la Universidad de las Artes y desde allí, la incómoda performera montaría una de sus obras, en ese entonces, todavía consideradas por la oficialidad como ejercicios de pensamiento filosófico en el arte, como espacios de introspección, pero también de denuncia hacia males que aún persisten en la sociedad.

Con esto debiera bastar para asegurarnos de que la Marina que “boicoteó” el mayor evento de las artes visuales en el país, dando su No rotundo en favor de los presos políticos, la libertad de expresión y creación en la Isla, así como el derecho a disentir de todos sus ciudadanos; es una Marina que conoce bien la Bienal de La Habana y los manejos de la institución que la mueve.

Esa versión de Marina que intenta fundar el texto de La Jiribilla es probablemente una suerte de elucubración que equivocadamente pretende justificar su postura respecto al arte oficial cubano, mientras la relaciona con un mercado que, supuestamente, consume su statement antaño.

“Esta objetualización de Marina ha limitado, de alguna manera, la rebeldía de sus propuestas, relegándola al plano de la mercadotecnia pura y dura. Ahí reside la banalidad del mal, según la cual las ideas que antes dolían y movieron a cuestionamientos, hoy son funcionales, se minimizan, se silencian y se absorben”, señala el texto.

 Con lo cual no queda claro si el autor quiso anunciar que la artista usaba su apoyo al boicot de la bienal cubana como estrategia de mercado, o si por otra parte, quiso decir que minimizaba su impacto, lo frivolizaba y por tanto se alejaba del compromiso social de su arte. Cualquier de las dos propuestas es errada. Diciendo No a la Bienal de La Habana, la serbia reina de la performance se compromete todavía más con los principios que ha defendido por décadas en su carrera.

A Marina Abramovic no la puede mover a estas alturas de su vida una simple marea ideológica, una ola de dinero conservador como dice el texto. Ella ha llevado su arte al límite, ha entregado su cuerpo y su alma también. A Marina le gusta vender, como a todo artista, pero no le importa quedar bien con un lado o con otro porque ya no necesita legitimarse ante nadie. Son detalles irrelevantes y por demás de mal gusto, mencionar las cirugías y el botox al que se haya querido someter en el ocaso de vida, no importa si aparece en revistas de moda y farándula al lado de Lady Gaga o de Bad Bunny, vivimos en la sociedad del espectáculo, como lo llamó Vargas Llosa y ya aquí casi nunca importa el cómo o el con quien, importa el qué y el dónde.

Refiriéndose al contexto, el texto destaca que es precisamente esa categoría la que hunde a Marina, “lo que la disminuye”, dice. Y sigue sin entenderse la relación de censura impuesta, por ejemplo, por un fatídico decreto 349, un componente ineludible de ese contexto que ronda la decisión de boicotear el evento en Cuba; y el hecho de que la toma de partido de la artista tenga que ver con una salida mercantil, un desvarío artístico. Banalidad del mal, lo llama el periodista, quien al parecer no se permite herir del todo a Marina Abramovic, en caso de que un texto así pudiera lograrlo, y lo soluciona tratando de corregirla con los postulados de Hanna Arendt.

Hay que tener cuidado. Desde la oficialidad cubana llaman a una consagrada y respetada artista visual como protagonista de un simple show e intentan atacarla usando el lado hiriente de la filosofía. Cuidado. Hanna Arendt definió La Banalidad del Mal como un sistema de poder político que puede, por ejemplo, volver un acto trivial el exterminio de seres humanos, en cualquier nivel, siempre que se realice siguiendo procedimientos burocráticos.

Marina Abramovic sabe quién es esa filósofa alemana y sabe también de qué lado estar y donde decir NO.

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