El portal oficialista Cubasí, amaneció hoy en su portada con un texto sobre el “récord de pobreza extrema” que sacude actualmente a Cuba… perdón, al Reino Unido y lo presenta con un aire de descubrimiento moral: la sexta economía mundial, 14,2 millones de personas sin cubrir necesidades básicas, casi 7 millones en precariedad profunda, trabajadores pobres que aun teniendo empleo no salen del hueco.
El dato, más allá de cómo se lo adorne, existe y es serio: en el Reino Unido hay pobreza y, según la Joseph Rowntree Foundation, hay hogares que quedan por debajo de lo que cualquiera consideraría una vida mínimamente digna.
Lo que no es serio es el gesto de Cubasí al levantar esa cifra como si fuera un espejo que siempre apunta hacia afuera, como si el periodismo cubano tuviera un único deber: localizar el sufrimiento ajeno, describirlo con tono docente y, de paso, insinuar que el sistema del otro se pudre por diseño mientras el propio apenas se “tensa” por circunstancias externas; cuya culpa es achacable a otros: al «bloqueo».
El texto no miente por decir que hay pobreza en el Reino Unido. La manipulación está en la comodidad del encuadre de este panfleto ideológico cubano. En él, el relato se arma para que la pobreza sea siempre un fenómeno externo, capitalista, extranjero, y por tanto políticamente útil; un mal que se denuncia con energía porque no compromete a nadie en La Habana, porque no exige nombrar a ningún ministerio, ni a ningún plan fallido, ni a ningún año perdido, ni a ninguna cadena de decisiones que desemboca en un país donde la gente se acostumbra a vivir con menos de lo básico. Ni a un Alejandro Gil, ni a un Marino Murillo, ni a un Fidel Castro….
Así, el artículo funciona como sustituto: habla de “austeridad”, “Brexit”, “políticas fiscales regresivas”, “presión fiscal”, “congelación de umbrales” y la maquinaria queda completa, con culpables identificables y un público que puede indignarse sin preguntar demasiado por lo que sucede en su propia cuadra.
Lo que choca es lo obvio, y por eso mismo lo evitan: en Cuba la pobreza no necesita un informe con nombre inglés para volverse visible, porque se ha convertido en paisaje. No es una cifra lejana sino un cuerpo: gente revisando latas, bolsas, restos entre la basura; gente que aprende a pedir en portales y a medir el día por lo que aparece o no aparece; gente para la que “necesidades básicas” no es una categoría de ONG sino la diferencia entre comer o improvisar algo con lo que haya, entre comprar un medicamento o esperar, entre encender un fogón o aguantar el apagón.
En Cuba, los «periodistas» de Cubasí lo saben de sobra, el deterioro se hace demasiado grande para esconderlo, el discurso oficial lo desplaza hacia la moral individual, hacia la anécdota, hacia la sospecha, hacia la vergüenza. Incluso cuando se habla de mendicidad, el reflejo es deslizarla hacia la “farsa” o el “teatro”, como si el problema principal fuera que alguien “simula” y no que exista el hambre que hace creíble esa simulación. Bueno, eso al menos le costó el puesto a una ministra.
Cubasí construye su pieza sobre el Reino Unido como si estuviera cumpliendo una misión de justicia social global, pero en realidad está cumpliendo una misión doméstica: mantener la pobreza cubana fuera del lenguaje. Porque el régimen puede tolerar que se hable de la pobreza británica con lujo de detalles, y hasta puede aplaudirla, ya que esa pobreza opera como coartada política: si allá también sufren, si allá también hay niños pobres, si allá también hay trabajadores que no alcanzan, entonces la miseria deja de ser evidencia de fracaso y pasa a ser una condición humana universal, una fatalidad del mundo contemporáneo, un ruido estadístico.
Es una operación vieja: convertir la comparación en anestesia. En ese marco, Cuba queda siempre como víctima de fuerzas externas, y el Estado cubano como comentarista indignado de lo que hacen otros, nunca como administrador directo de un deterioro propio.
Esa selección no es casual; es línea editorial convertida en hábito. Cuando un medio oficial decide que la pobreza “noticiable” es la de afuera, está diciendo, sin decirlo, que la pobreza de adentro no debe adquirir estatuto de realidad pública, no debe tener nombres, no debe acumular pruebas, no debe fijarse como responsabilidad de nadie. Y ahí es donde el texto se vuelve más político que informativo: no por lo que denuncia, sino por lo que se prohíbe mirar.


















