Cocinar con leña en pleno siglo XXI es la humillación diaria y más grande que viven los cubanos. La crisis energética y la escasez los obligan
En el patio de una casa en La Habana, una mujer enciende un fogón de carbón para hervir agua. No es nostalgia ni tradición: es lo que hay. Los apagones se estiran por horas, el gas no llega, y el régimen que prometió una revolución de progreso observa cómo su población regresa, a la fuerza, a los métodos de cocción del siglo XIX.
La crisis energética que arrastra Cuba hace meses ha cruzado un umbral difícil de ignorar. Los apagones prolongados —que en algunas zonas superan las diez y doce horas diarias— han obligado a miles de familias a abandonar las cocinas eléctricas y buscar alternativas: carbón, leña, lo que aparezca. Lo que era una práctica residual en zonas rurales se ha normalizado en barrios urbanos de La Habana, Santiago y Cienfuegos.
El régimen culpa a Washington, los cubanos saben la verdad
Las autoridades cubanas han repetido su libreto habitual: la culpa es del bloqueo estadounidense. Pero los cubanos que llevan años viendo cómo se deteriora la infraestructura eléctrica, cómo las plantas termoeléctricas fallan una tras otra sin mantenimiento, y cómo el combustible escasea por la mala gestión del Estado, tienen otra lectura. La crisis no llegó de afuera. Se construyó desde adentro, ladrillo a ladrillo, durante décadas de desidia y control absoluto sobre una economía que no puede respirar.
La escasez no se limita a la electricidad. Los mercados estatales llevan meses sin poder garantizar productos básicos. La inflación ha pulverizado el poder adquisitivo de salarios que ya eran insuficientes, y el mercado negro —que el régimen persigue y tolera según le convenga— se ha convertido en el único canal real para conseguir alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad.
Represión como respuesta a la desesperación
Mientras la población busca cómo sobrevivir en medio del caos, el régimen ha intensificado su respuesta represiva. Las detenciones arbitrarias de quienes protestan o simplemente expresan su hartazgo en redes sociales se han multiplicado. Organizaciones de derechos humanos documentan un patrón claro: a mayor presión social, mayor violencia institucional. El miedo sigue siendo el instrumento de control más efectivo que le queda a La Habana.
Los jóvenes, atrapados entre un sistema que no les ofrece futuro y un régimen que castiga la disidencia, han encontrado en la emigración la única salida práctica. La fuga no es nueva, pero su ritmo actual no tiene precedente reciente. Cada familia que se va es capital humano, conocimiento y fuerza de trabajo que la isla pierde sin posibilidad de recuperación a corto plazo.
La dependencia histórica del turismo —ya golpeada por la pandemia y ahora agravada por la salida de cadenas hoteleras internacionales— deja a la economía cubana sin los pocos ingresos de divisas que le quedaban. La inversión extranjera no llega porque el entorno no la garantiza. Las reformas económicas que el régimen ha intentado implementar en los últimos años han producido resultados marginales, frenadas siempre por la resistencia de un sistema político que no tolera la autonomía económica real.
El fogón de carbón en el patio habanero no es una imagen pintoresca. Es el termómetro más honesto del estado en que se encuentra Cuba: un país con recursos, con gente capaz y trabajadora, administrado por un régimen que ha convertido la precariedad en política de Estado.
Con información de El Mundo y Folha de S.Paulo


















