Así de «solidario» fue Hasan Piker en Cuba: minimiza apagones, presume “vida loca” y haber repartido dinero

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Hasan Piker habla de una Cuba que no existe: comete errores, relativiza, normaliza, no explica bien y miente, pero dice vivió «la vida loca” durante unos días en la isla

Sus declaraciones han generado críticas por el tono, los errores factuales y la forma en que describe la vida cotidiana en Cuba, en un momento marcado por déficit energético, migración masiva y deterioro de servicios básicos.

El streamer político estadounidense Hasan Doğan Piker, conocido como HasanAbi, visitó Cuba como parte del llamado “Convoy Nuestra América”, una iniciativa impulsada por Progressive International que reunió a activistas y figuras políticas internacionales. Durante su estancia en La Habana, desde donde transmitió a sus seguidores, publicó varios videos en los que describió la situación del país a su manera —like Frank Sinatra— y narró su experiencia personal, blanca y primer mundista, generando reacciones de mucha molestia por el contraste entre su relato y la realidad que enfrenta la población.

El streamer realizó sus transmisiones desde el Gran Hotel Bristol Habana Vieja, un establecimiento de cinco estrellas con servicios eléctricos y de conectividad garantizados, en contraste con los apagones prolongados que afectan a gran parte del país. Sus declaraciones han generado críticas por el tono, los errores factuales y la forma en que describe la vida cotidiana en Cuba, en un momento marcado por déficit energético, migración masiva y deterioro de servicios básicos.

Llama la atención un patrón que se repite con frecuencia, que rara vez se examina con rigor y que es lo primero que debiéramos destacar ahora que analizaremos lo dicho por Piker en La Habana; y es este: muchos de los streamers más influyentes no construyen su audiencia sobre la base de conocimiento sólido, sino sobre la capacidad de simplificar, dramatizar o convertir en espectáculo cualquier tema, incluido el político. No es casual. Su alcance depende de conectar rápido, de ser entendidos sin esfuerzo y de mantener la atención de miles de personas en tiempo real. Para lograrlo, reducen el lenguaje, eliminan matices y convierten procesos complejos en frases digeribles. Piker es un ejemplo de eso.

Cuando alguien con millones de seguidores explica un país que no es el suyo, una crisis o un sistema político sin datos básicos, sin contexto y sin contraste de fuentes, lo que queda no es una versión simplificada de la realidad, sino una versión distorsionada. Mucho más si es un habitante de un país capitalista, del primer mundo, explicando una sociedad tercermundista y socialista. La mayoría de las veces, la distorsión que se genera a partir de esa otredad se amplifica, se replica y se convierte en referencia para quienes no tienen otros puntos de comparación.

Ese tipo de errores no se corrigen solos, porque el formato del streaming no está diseñado para corregir, sino para seguir avanzando. No hay edición, no hay verificación posterior, no hay responsabilidad editorial en el sentido tradicional.

A eso se suma otro elemento: la autoridad percibida. Muchos de estos creadores hablan de política, economía o conflictos internacionales con la misma seguridad con la que comentan un videojuego o una tendencia cultural. Para su audiencia, esa continuidad refuerza la confianza. Pero en la práctica, el campo de análisis es otro. No basta con tener opinión o empatía. Hace falta información verificable, conocimiento del contexto y capacidad de distinguir entre lo que se ve y lo que realmente está ocurriendo.

El resultado es un tipo de influencia que no necesariamente informa: termina moldeando percepciones. Cuando se trata de países en crisis, esa diferencia termina provocando un daño en la audiencia, porque no se está hablando de entretenimiento, sino de realidades concretas que afectan a millones de personas. En el caso de Piker, hay ejemplos concretos en lo que dijo. Confundir la población de un país en varios millones, atribuir comportamientos sociales a supuestas “mentalidades” sin base empírica, o interpretar escenas puntuales como si fueran representativas de toda una sociedad ha sido, cuando menos, lo peor de todo lo que dijo.

Es interesante cómo él mismo reconoce que no tiene claridad sobre lo que ocurre fuera de su entorno inmediato.

“No tengo idea de lo que está pasando”, dice en un momento, antes de describir su rutina en la isla. Y es obvio que no la tenga, porque vive en otro mundo distinto. Lo peor es que tampoco la tuvo, porque él mismo cuenta “cómo la vivió”: sostuvo encuentros con integrantes de Progressive International, con la dirigencia cubana; tuvo conversaciones con figuras como Jeremy Corbyn… y tuvo también salidas nocturnas, consumo de alcohol en locales de La Habana y repartió dinero en la calle.

Hasan Piker intentó durante sus streams presentarse como alguien cercano a Cuba, pero una de sus frases más básicas delata su ignorancia supina sobre la isla desde el principio. En uno de los videos grabados durante su estancia en la isla dijo que los apagones afectan a “11 millones de personas” y que ocurren “todos los días, en todo el país”. La cifra ya está mal. Según la Oficina Nacional de Estadística e Información, la población cubana al cierre de 2024 era de 9.748.007 habitantes, no 11 millones. La propia ONEI informó además que el país perdió 307.961 habitantes en un solo año, en medio de un saldo migratorio negativo y un desplome demográfico sostenido. Decir que Cuba es “oficialmente uno de mis lugares favoritos” y no saber ni cuánta gente vive en el país no es un desliz menor: es una señal de desconocimiento elemental sobre la realidad que dice admirar.

La frase completa tampoco mejora cuando se traduce. Piker dijo: “Es increíble. Es, oficialmente, uno de mis lugares favoritos… La resiliencia de la gente es impresionante… Hay apagones rotativos durante todo el día, todos los días… Pero hoy es un día hermoso… La gente está celebrando en las calles… No sé si es una mentalidad de isla… pero están tranquilos.” ¿Resiliencia? ¿Y por qué tan solo más de un cuarto de millón de cubanos se largó del país? ¿No será que esos “resilientes” que se quedaron fue porque no tienen cómo irse, ni dinero para hacerlo, ni nadie que los acoja?

El tono turístico y normalizante empleado tampoco lo ayuda. Presentar a los cubanos como gente que “está tranquila” en medio de apagones diarios borra el dato principal: en Cuba no hay un clima de calma social, sino de control político. El régimen castiga incluso la actividad en línea, incluidas publicaciones críticas en Facebook. CIVICUS, por ejemplo, reportó que en enero de 2025 dos jóvenes fueron sentenciados a cinco y cuatro años de cárcel por su actividad en redes sociales. Según Human Rights Watch, varios excarcelados de las protestas de 2021 siguen bajo vigilancia dentro de la isla y, en algunos casos, tienen prohibido participar en manifestaciones, relacionarse con grupos opositores o publicar en redes sociales. Pero Piker no contextualiza esa “resiliencia”, que ni es tal: es supervivencia.

Su lectura de lo que pasa en la calle cubana falla también en lo humano. Alega haber visto a gente reunida —no para formar un sindicato o un partido, que conste—, bebiendo o escuchando música, y traduce eso como si fuese una especie de serenidad colectiva. Hacerlo de esa manera es no entender cómo funciona la supervivencia en Cuba. La gente no “celebra” porque esté conforme. Muchas veces hace exactamente lo contrario: busca una pausa breve dentro de un entorno de escasez, apagones, vigilancia y agotamiento, para enajenarse. Cuba tiene —y Piker ni siquiera se lo imagina— una de las tasas de suicidio per cápita más altas de América Latina. La información disponible es fragmentaria porque el Estado no publica esos datos de forma sistemática. Dentro del país ocurren centenares de suicidios al año que ni siquiera trascienden.

La palabra “resiliencia” del pueblo cubano queda bien en un directo, pero encubre demasiado. El problema de Cuba no es que la gente sea naturalmente resiliente, sino que no tiene una vía democrática real para cambiar a quienes la gobiernan. Cuando protestó masivamente el 11 de julio de 2021, el resultado fue cárcel, procesos sumarios y condenas. Cuando critica en redes, se expone a sanciones, vigilancia o prisión. Cuando intenta escapar, se va por cualquier ruta que aparezca: Nicaragua, México, frontera sur de Estados Unidos, España, Brasil o el mar, y a menudo mueren en el intento. Llamarle resiliencia a una población que huye por millones, envejece a velocidad acelerada y ve colapsar hospitales, transporte y electricidad es cambiarle el nombre al encierro.

Piker es particularmente ignorante de todo esto y lo peor es que durante su estancia en la isla prefirió seguir viviendo en la ignorancia, incluso “admitiéndola” como “provechosa”. No se puede entender de otra manera al escucharlo contar que se reunió con los de Progressive International, conoció a Jeremy Corbyn y que por la noche salía a beber. Si alguien reconoce que no sabe lo que está pasando, esa persona no está en condiciones de explicar por qué un país sometido a apagones, represión y éxodo masivo parece “tranquilo”.

Lo que describe Piker es una burbuja, no Cuba. Decir que fueron a “living la vida loca” en una isla donde la gente pasa doce horas o más sin corriente convierte la visita en una excursión ideológica con tragos, hotel y streaming. La frase no necesita mucha interpretación porque se desacredita sola.

Más burdo todavía fue lo del dinero. Piker lo cuenta como que trajo billetes pequeños para “darle dinero a la gente”, pero no lo narra como una solidaridad seria. Lo narra como una puesta en escena. Una cosa es apoyar a una familia concreta, vulnerable, sostener una red de ayuda, financiar medicamentos o cubrir una necesidad urgente, y otra muy distinta es contar entre risas que se anda “rociando” cubanos con fajos de billetes en la calle como si estos fuesen bailarinas exóticas en un club para caballeros. Su lenguaje, que ya lo sabemos y lo explicamos, es pobre y termina convirtiendo al receptor en decorado del visitante. Piker no habla de ciudadanos con derechos que no pueden acceder a servicios básicos. Habla de personas reducidas a objetos de alivio momentáneo dentro de una experiencia política ajena.

Piker simplemente ha omitido el contexto en el que se producen todas esas escenas de “felicidad”, “alegría”, “resiliencia” y “cooperación monetaria”. El balance final es bastante simple. Hasan Piker no describió Cuba; describió su paso por una Cuba filtrada por hotel, comitiva y afinidad ideológica. Eso no es conocer Cuba. Eso es usar Cuba.

Y si nadie le dijo nada, si nadie lo criticó en ese momento, si nadie lo enfrentó allí o si después no lo ha hecho, es porque en Cuba la expresión pública de descontento tiene consecuencias legales y las protestas registradas en los últimos años han terminado con detenciones y condenas. Imagínense enfrentarse a un miembro de la flotilla solidaria que viene a “comprar tu felicidad por una hora” dándote un billete de un dólar.

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