A las puertas de su 66 aniversario, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) mantienen su histórica maquinaria para la captación de plasma en los barrios cubanos. Un reciente reporte del diario oficial Granma sobre la provincia de Holguín confirma que en la actualidad «se impulsan también las donaciones de sangre», instando a los ciudadanos a visitar los bancos de extracción.
Este llamado comparte espacio de manera significativa con otra de las misiones fundacionales de la organización: la conocida «vigilancia popular revolucionaria». A lo largo de seis décadas, lo que se ha presentado al público como un acto altruista ha escondido un andamiaje donde conceptos diametralmente opuestos como «voluntario», «plan», «compromiso», «cumplimiento» y «emulación» conviven dentro de una misma estructura.
Desde su creación por el dictador Fidel Castro en septiembre de 1960, la organización de masas asumió un rol central en esta labor. Momentos como la Crisis de los Misiles en 1962, que logró 8.000 extracciones habaneras en 72 horas, o el terremoto de Perú en 1970, con 104.594 aportes en diez días, cimentaron esta dinámica.
Según el testimonio de un exsubdirector escolar recogido por la investigadora Marta Harnecker, en aquel entonces «se nos dio la tarea de captar donaciones de sangre». De esta forma, el gesto médico se transformó en otra «tarea revolucionaria» que para 1975 ya reportaba más de un millón de entregas.
Con el tiempo, el sistema consolidó la práctica de imponer cuotas territoriales bajo la etiqueta de voluntariedad. En 2006, los cederistas de la provincia Granma celebraron 35.000 extracciones para honrar lo «comprometido» durante aquel «año emulativo», lo que generó el contradictorio titular oficial: «Cumplen los Comités de Defensa de la Revolución en Granma plan anual de donaciones voluntarias de sangre».
Esa estricta planificación descendió a cifras exactas, exigiendo a Pinar del Río 1.833 donaciones mensuales en 2017 e incluso fijando una meta de 68 extracciones trimestrales para un policlínico de Esmeralda, en Camagüey, durante el 2020.
Sin embargo, la realidad que viven hoy los pacientes dista mucho de los antiguos hitos masivos. Los anuarios sanitarios revelan una caída estrepitosa de 690.450 donaciones en 1990 a solo 254.845 en 2023.
Ante la crítica escasez, las transfusiones dependen de la suerte o del bolsillo de los familiares. En 2024 fueron cientos los reportes que destaparon el mercado informal en redes sociales donde se pagaba entre 5.000 y 7.000 pesos cubanos a cambio de una bolsa de sangre.
A esta crisis social se le suma una evidente dimensión económica impulsada por el Estado. Documentos del Ministerio de Salud Pública correspondientes al periodo 2021-2025 exigían cumplir al 100 % tanto el «plan anual de donaciones de sangre» como el «plan anual de donaciones de plasma a la industria».
Según la organización Archivo Cuba, dirigida por María Werlau, entre 1995 y 2019 la Isla reportó 1,323 millones de dólares en exportaciones dentro de la categoría que incluye sangre y hemoderivados. Este interés quedó nuevamente en evidencia cuando, en 2025, BioCubaFarma buscó capital extranjero para construir un rentable centro de plasmaféresis.
Hoy, en un país golpeado por el éxodo y la crisis, el envejecido esquema cederista intenta sostenerse. Apenas en julio de 2026, un barrio holguinero buscó 100 donaciones como «compromiso con Fidel» por su centenario, mientras la prensa contabilizaba lo que faltaba para «cumplir la meta».
Asimismo, el municipio de La Palma en Pinar del Río acaba de ser reconocido por alcanzar el 102 % de sus extracciones asignadas. Pese al colapso de las cifras generales, la institución se aferra a su fórmula original: movilizar a los vecinos, fijar un número de bolsas y exigir el cumplimiento de la cuota.

