En la unidad de hemodiálisis del Hospital Clínico-Quirúrgico Hermanos Ameijeiras de La Habana, 72 pacientes dependen de 13 riñones artificiales para sobrevivir. Solo 11 están operativos. La jefa de Nefrología, Iamara Castro, confirmó a la agencia AFP que las sesiones de hemodiálisis se han reducido de cuatro horas a dos horas por paciente para poder distribuir el tiempo entre todos. Una sesión de hemodiálisis de dos horas no es un tratamiento completo — es una medida de supervivencia provisional.
La situación en el taller de reparación de equipos médicos del hospital no es mejor. El técnico Luis Alexis Duncan trabaja rodeado de máquinas esperando reparación, muchas de las cuales no tienen repuestos disponibles en Cuba. «Siempre inventando, trabajando, innovando, porque no podemos esperar que se pare un servicio», dijo. Su colega Dariel Alexis Díaz enfrenta la misma realidad: la escasez de repuestos convierte cada reparación en un ejercicio de improvisación.
Oncología: el 80% de la tecnología averiada, 1.200 pacientes esperando
En el Instituto de Oncología y Radiobiología de La Habana, más de 1.200 pacientes esperan turno para recibir radioterapia. Zholem Jorge Isaac, director nacional de Electromedicina, admitió a la prensa que más del 80% de la tecnología del programa de cáncer está obsoleta o averiada. El único tomógrafo operativo para diagnóstico oncológico atiende pacientes de toda La Habana y de otras provincias.
Rosa Valentina Pérez, 64 años, lleva semanas esperando la tomografía que podría diagnosticar la causa de la pérdida progresiva de movilidad en sus piernas. «Ustedes no pueden imaginar lo que es tener estos dolores, saber que te está mermando la vida y que te están diciendo ‘vamos a ver cuándo se puede'», dijo desde su cama.
La jefa de Oncopediatría, Mariuska Forteza, reveló que los hemogramas rutinarios — esenciales para monitorear a los niños en quimioterapia — no se pueden realizar con la frecuencia necesaria. El resultado: la tasa de supervivencia por cáncer infantil en Cuba cayó del 85% al 65%. Ese 20% representa niños que mueren de enfermedades tratables.
Los testimonios que circulan en redes sociales completan el cuadro. Miguelín, un ciudadano cubano identificado por ese nombre, publicó su experiencia al visitar un hospital: «Ayer no había agua, hoy hay agua y no hay corriente.» Cuando le preguntó al médico qué hacer en caso de una emergencia, la respuesta fue: «Era directo para la funeraria.» La frase se viralizó en días.
El Ministerio de Salud Pública ha intentado defender el sistema señalando que ha priorizado programas de cáncer y cardiología. Pero esos mismos programas son los que muestran los datos más alarmantes. La fuga de médicos y enfermeros hacia otros sectores mejor remunerados o hacia el exterior agrava la escasez de personal. Los que quedan trabajan jornadas extendidas con equipos que fallan, sin medicamentos suficientes y con la presión de sostener un sistema que ya no da más.
El régimen atribuye la crisis del sistema de salud a las sanciones estadounidenses. Los analistas independientes señalan que las sanciones son un factor, pero no el único ni el principal. Décadas de desinversión en infraestructura hospitalaria, el modelo de misiones médicas que exporta profesionales en lugar de formarlos para quedarse, y la gestión ineficiente del sistema son causas estructurales que ningún embargo explica.
Cuba fue durante décadas un referente de salud pública en América Latina. Esa reputación se construyó sobre estadísticas de mortalidad infantil y expectativa de vida que hoy ya no se sostienen con las mismas bases. El sistema que el régimen presenta al mundo como logro de la revolución está tratando a sus pacientes de cáncer con tecnología de los años 80 y diciéndoles que esperen.





