El problema de Jorge Legañoa no es el bloqueo: es la credibilidad. Díaz-Canel lo ha dejado en calzoncillos

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Hace apenas cuatro días, el presidente de la agencia Prensa Latina, Jorge Legañoa, apareció en la televisión cubana para repetir uno de los argumentos más antiguos del aparato propagandístico del régimen: el malestar dentro de Cuba tendría una causa fundamental externa. El descontento social, las penurias económicas, los apagones, la falta de combustible y la irritación creciente entre la población serían, en esencia, el resultado de la presión de Estados Unidos y del llamado “bloqueo”.

Empezó diciendo «A LAS SUPUESTAS NEGOCIACIONES (ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CUBA) que todos los días publican…» Escuchémosle:

La escena, en sí misma, no tendría nada de extraordinario. Funcionarios, portavoces y periodistas oficiales llevan décadas repitiendo ese guion. Lo que vuelve particularmente llamativo el episodio de este pelele hablando de lo que no sabe, es lo que ocurrió después. Apenas unos días más tarde, cuatro, hoy, el propio Miguel Díaz-Canel confirmó que funcionarios cubanos han mantenido conversaciones con el gobierno de Estados Unidos, impulsadas —según dijo— por Raúl Castro y por él mismo. Sí, hoy lo ha dicho Díaz-Canel.

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Es decir, mientras Legañoa aparecía en la televisión estatal hace cuatro días, negando contactos políticos con Washington y explicando el malestar interno como una obra externa, el propio gobierno que él representa reconoce hoy que sí existen conversaciones.

El resultado es un problema serio de credibilidad. No solo para el sistema de medios oficiales, sino para quienes ponen la cara en ellos.

En el caso de Legañoa, ahora, el asunto adquiere un matiz adicional, porque su trayectoria —al menos la que han descrito numerosos periodistas y antiguos compañeros— ha sido durante años objeto de críticas precisamente por lo contrario de lo que ahora pretende explicar: la falta de mérito, de vergüenza, de ética.

Según esas versiones, Jorge Legañoa es un producto bastante reconocible del sistema de privilegios que funciona dentro de la estructura política cubana. Hijo de un estomatólogo camagüeyano y de una profesora universitaria, su paso por la enseñanza media y superior habría estado marcado por una serie de intervenciones y gestiones que le permitieron superar obstáculos académicos que, para otros estudiantes, habrían sido definitivos.

Intentó ingresar en la Escuela Vocacional, reservada para alumnos con expedientes sobresalientes, y no lo consiguió. Posteriormente fue recolocado en un preuniversitario de Guáimaro. Allí llegó a ocupar responsabilidades dentro de la FEEM, hasta que un episodio relacionado con un anónimo contra la presidenta estudiantil terminó complicando su situación.

Más tarde fue enviado a la ESPA, un centro asociado al deporte de alto rendimiento, pese a que nadie recuerda una trayectoria deportiva suya. Después llegó el intento de acceder a la carrera de Periodismo. Las versiones difundidas por colegas de su época aseguran que no aprobó ni la prueba de Matemáticas ni la prueba de aptitud específica para la carrera.

Sin embargo, según esos mismos testimonios, logró finalmente una de las escasas plazas disponibles gracias a gestiones realizadas desde niveles superiores dentro del sistema universitario. Posteriormente también habría sido trasladado a la Universidad de La Habana sin cumplir algunos de los requisitos habituales para ese tipo de traslado.

Ni siquiera en ese entorno allanado su expediente académico fue brillante. Se recuerda, por ejemplo, la repetición de primer año debido a problemas con Gramática, una asignatura que terminó aprobando con la calificación mínima.

Con el tiempo, sin embargo, su carrera dentro del aparato político-mediático avanzó con rapidez. Pasó por Juventud Rebelde, luego por estructuras vinculadas al Partido Comunista, más tarde por la Agencia Cubana de Noticias, por la UPEC, por el Instituto de Información y Comunicación Social y finalmente terminó al frente de Prensa Latina.

Y ahora… ¿cómo queda ese hombre?

Ese recorrido es precisamente lo que vuelve incómodo el episodio de esta semana con lo dicho hoy. Porque cuando una figura con ese historial aparece en televisión explicando la realidad del país con seguridad absoluta y pocos días después esa versión queda desmentida por el propio gobernante del país, la pregunta inevitable no es solo sobre la política exterior.

Nada indica, sin embargo, que el episodio vaya a tener consecuencias visibles. En el ecosistema mediático del sistema cubano las contradicciones rara vez producen rectificaciones públicas. Lo más probable es que Legañoa vuelva a aparecer en televisión, esta vez explicando las conversaciones con Estados Unidos como parte de una estrategia diplomática responsable, o como una demostración de la voluntad de diálogo del gobierno.

No sería la primera vez que un relato oficial cambia de un día para otro, y este tipo de personajes camaleónicos pulula por todo el aparato de información nacional. Les importa muy poco quedar en evidencia cuando el libreto se mueve. Hoy sostienen una cosa con absoluta seguridad; mañana defienden la contraria con el mismo aplomo. No hay rectificación, ni explicación, ni siquiera el gesto mínimo de reconocer que lo dicho días antes ha quedado desmentido. Simplemente se ajusta el discurso y se sigue adelante.

En ese mecanismo, la coherencia personal no es una cualidad necesaria. Lo único imprescindible es la disposición a repetir lo que corresponda en cada momento porque así se lo orientan. Por eso la mediocridad intelectual no constituye un obstáculo; en ocasiones incluso resulta funcional. Quien no cuestiona, quien no contrasta, quien no se detiene a pensar en la consistencia de lo que dice, se convierte en el vehículo perfecto para transmitir la versión oficial del día, sea cual sea. Y ese es JORGE LEGAÑOA.

Lo que ha ocurrido con Legañoa esta semana es precisamente eso: un ejemplo visible de cómo el engranaje deja expuestos a quienes lo operan. Hace cuatro días negaba en televisión la existencia de conversaciones; hoy el propio mandatario del país confirma que esas conversaciones existen. El contraste no necesita adjetivos. Basta con poner una declaración al lado de la otra.

Y, sin embargo, nada indica que eso vaya a modificar su comportamiento público. Todo lo contrario. Lo más probable es que vuelva a aparecer en pantalla en cualquier momento, esta vez explicando con naturalidad que “Cuba siempre ha estado abierta al diálogo” y que las conversaciones con Estados Unidos forman parte de un proceso responsable. No sería una contradicción para él. Sería simplemente el nuevo guion. Porque cuando la carrera de alguien se ha construido sobre obediencias y no sobre credibilidad, quedar expuesto no es un problema: es apenas un detalle menor dentro del funcionamiento normal del sistema.

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