La relación entre turismo, energía y derechos humanos en Cuba se ha vuelto inseparable. La isla atraviesa su peor crisis en décadas: sin combustible y sin visitantes, su economía se paraliza. Ante ese desastre, el gobierno recurre a su viejo repertorio de gestos humanitarios –liberar presos, acercarse al Vaticano, hablar con Washington– para ganar oxígeno. Pero cada indulto, aunque beneficioso para los reclusos, también es un recordatorio de que la libertad de cientos de cubanos se negocia como una mercancía.
Desplome del turismo y crisis energética
Que una Cuba sin turistas necesite liberar prisioneros para obtener petróleo revela hasta qué punto la política y la economía de la isla están condicionadas por fuerzas externas y por la urgencia de sobrevivir. Las imágenes que llegan desde La Habana describen una ciudad casi vacía de visitantes. En la zona del Parque Central y del Capitolio, habituales imanes para los extranjeros, los empleados de coches clásicos y carruajes reconocen a la agencia EFE que “no está entrando turismo” debido a los cortes de electricidad y a la escasez de combustible.
La caída no es anecdótica: Cuba recibió 262 496 turistas internacionales en enero y febrero de 2026, es decir 112 642 menos que en el mismo periodo del año anterior. En febrero el desplome fue del 30 %, con descensos de casi 54 % en los visitantes de Estados Unidos y 28,4 % en los de Canadá.
A nivel regional la comparación es dolorosa. Según datos oficiales, ese inicio de año fue “el peor en 13 años” para el turismo cubano. Mientras el Caribe registraba cifras récord, Cuba ha perdido un 61,7 % de los visitantes que tenía en 2018. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero por fuerzas estadounidenses, Cuba dejó de recibir combustible venezolano y los nueve aeropuertos internacionales se quedaron sin carburante, lo que obligó a cancelar más de 1 700 vuelos y repatriar a miles de turistas.
La crisis energética, agravada por la obsolescencia de las termoeléctricas y la falta de divisas, se convirtió en un bloqueo petrolero de facto cuando Washington amenazó con imponer fuertes aranceles a cualquier país que vendiera crudo a Cuba. El Gobierno de Miguel Díaz‑Canel reconoció que no entró combustible durante tres meses, lo que provocó apagones de más de 12 horas diarias y protestas en La Habana. Díaz‑Canel, junto a Raúl Castro, abrió entonces negociaciones con Estados Unidos para abordar el desabastecimiento y dijo que buscaba soluciones mediante el diálogo, aunque insistió en el respeto a la soberanía.
En medio de esa asfixia surgió una luz: el gobierno estadounidense permitió que un petrolero ruso bajo sanciones entregara 700 000 barriles de crudo en el puerto de Matanzas. Washington justificó la exención como un gesto humanitario y avisó que evaluará las próximas entregas caso por caso. El barco dará a Cuba combustible para generar electricidad y gasolina, pero su distribución podría demorarse hasta 35 días.
Indultos como moneda de cambio
En este contexto, La Habana, que no suele sacar de las cárceles a nadie, anunció dos excarcelaciones de presos en menos de un mes.
Ya había extrañado —y ni tanto, tras el anuncio similar hecho en Venezuela— que el 12 de marzo se informase de la liberación de 51 reclusos tras una visita del canciller Bruno Rodríguez al Vaticano. Ahora, dos semanas después, el 2 de abril, el gobierno comunicó que indultará a 2 010 personas –el mayor número en años– en un gesto que calificó de “humanitario y soberano”. La nota oficial, leída en televisión, explicaba que los beneficiados han cumplido una parte importante de sus condenas, mantienen buena conducta y presentan problemas de salud.
¿Extraño gesto? ¿Coincidencia? ¿Rareza, o se les despertó el duende de la bondad que tienen dormido dentro? Ni tanto, porque en el listado, al parecer, no cayeron los presos políticos.
Desde 2011 las autoridades cubanas han aplicado cinco indultos masivos que han beneficiado a más de 11 000 presos, pero nunca con tanta urgencia. La excarcelación coincide con la presión de Washington y con el alivio parcial del embargo petrolero. El académico Michael Bustamante, de la Universidad de Miami, recuerda que en el pasado La Habana ha realizado “gestos humanitarios” antes de festividades religiosas, pero se pregunta si la decisión estadounidense de permitir la entrada del petrolero ruso pudiera estar relacionada con estas excarcelaciones. El mismo analista señala que la escala del indulto y el momento elegido sugieren que podría formar parte de las negociaciones en curso.
Verde con puntas, guanábana… Aunque el gobierno cubano rechaza que actúe bajo presión, la cronología alimenta sospechas. La captura de Maduro en enero privó a Cuba de su principal fuente de petróleo. Un mes después, se anunciaron los primeros 51 indultos, negociados con la Iglesia católica y el Vaticano. Esa liberación estuvo acompañada de mensajes conciliadores de Díaz‑Canel hacia la Santa Sede. Luego, en marzo, se supo que La Habana había abierto conversaciones con Washington para buscar soluciones al embargo petrolero. El 31 de marzo, un petrolero ruso pudo atracar en Matanzas con autorización de Estados Unidos. Y apenas 24 horas más tarde, se anunció la liberación de más de dos mil presos. La secuencia llevó al analista Bustamante a decir que sería “tentador” ver los indultos como parte de ese diálogo.
El gobierno insiste en que no cede a presiones y recuerda que los indultos excluyen delitos de agresión sexual, homicidio, drogas, corrupción de menores o crímenes con violencia. Además, subraya que entre los beneficiarios hay jóvenes, mujeres, adultos mayores, extranjeros y ciudadanos residentes en el exterior. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos como Prisoners Defenders denuncian que La Habana mantiene a más de 1 200 presos políticos y que el gobierno no aclara si alguno de ellos será liberado. La falta de transparencia alimenta la percepción de que los indultos están diseñados para mejorar la imagen internacional del país y ganar margen de maniobra en las negociaciones con Washington.
El precio de una isla sin divisas
Con el turismo desplomado y la producción interna de crudo cubriendo solo 40 % de la demanda, Cuba busca desesperadamente formas de conseguir combustible. El bloqueo energético impuesto por Trump, que incluyó amenazas de tarifas para cualquier país que vendiera petróleo a La Habana, dejó al país sin ingresos ni carburante. Para los cubanos de a pie, el efecto ha sido devastador: los autobuses dejaron de funcionar, las universidades cancelaron clases, y se multiplicaron las colas para comprar gas y alimentos. En febrero, un reportaje de Associated Press relataba que la ciudad de La Habana parecía una ciudad “pandémica”, con calles vacías, transporte paralizado y gente durmiendo en restaurantes porque no había buses.
En ese panorama, los presos se convierten en ficha de negociación. El indulto masivo de Semana Santa se presenta como un acto humanitario, pero su utilidad política es evidente: “liberar presos es una señal de buena voluntad que puede facilitar concesiones de Washington o del Vaticano”, explica Bustamante. Además, cada indulto reduce la presión internacional sobre el régimen por los derechos humanos, en un momento en que La Habana necesita apoyo para reactivar su industria turística y su economía.
El uso de prisioneros como moneda de cambio no es nuevo en la diplomacia cubana. En 2014, durante el deshielo con Barack Obama, el gobierno de Raúl Castro liberó a 53 presos de conciencia a cambio del restablecimiento de relaciones diplomáticas. Ese precedente da credibilidad a la idea de que los indultos actuales pueden estar ligados a las negociaciones con Trump, quien ha llegado a sugerir en entrevistas que podría “liberar o tomar Cuba” y que considera que el país está “al borde del colapso”. Las recientes declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio, hijo de cubanos exiliados, indicando que Cuba necesita reformas económicas y políticas para poder recibir ayuda, refuerzan esa tesis.
¿Un nuevo tipo de financiamiento?
El título de esta nota alude a la posibilidad de que La Habana esté recurriendo a la liberación de presos como fuente de financiamiento indirecta. Evidentemente, el indulto no genera recursos en sí mismo; lo que hace es abrir puertas. Al liberar reclusos y mostrarse conciliadora, Cuba espera persuadir a Estados Unidos para que flexibilice el embargo petrolero o para que permita la llegada de más barcos rusos o de otras nacionalidades. De hecho, tras el primer indulto de marzo, Díaz‑Canel reconoció públicamente que había conversaciones con Washington y que esperaba que se tradujeran en acceso a combustibles y en alivio de sanciones.
Además, el indulto coincide con el envío de un segundo barco petrolero ruso, anunciado por Moscú tras la entrega del Anatoly Kolodkin. Según el ministro de Energía ruso, Sergei Tsivilev, ese segundo cargamento está siendo cargado y Rusia “no dejará sola a Cuba”. El Kremlin ha dicho que continuará trabajando para abastecer a la isla. Al mismo tiempo, México ha dicho que reanudará envíos de petróleo a Cuba en un gesto de solidaridad, según la prensa mexicana. Este panorama sugiere que la flexibilización parcial del embargo –facilitada por la actitud más conciliadora de La Habana– permite a Cuba conseguir combustible de sus aliados.




















