El doble terremoto que sacudió a Venezuela se transformó en la primera gran prueba de la asistencia de Estados Unidos al gobierno interino de Delcy Rodríguez, instalado tras la captura de Maduro en enero, en un momento en que Washington y Caracas estrechaban su relación bilateral a través de acuerdos petroleros y un plan de transición.
Donald Trump comprimió su narrativa de poder en una misma escena: el Capitolio como set, la política exterior como trofeo, y un mensaje doméstico amarrado a símbolos. Habló mucho sobre Venezuela y a no dudarlo, le lanzó un guiño a La Habana. Y todo ocurrió no a bordo del Air Force One como había estado ocurriendo ultimamemente, sino durante el llamado Discurso del Estado de la Unión.
El senador Ted Cruz dijo en Fox News que “es enteramente posible” que caigan los regímenes de Irán, Venezuela y Cuba en seis meses. En paralelo, POLITICO describió el costo humanitario que, según su análisis, ya empieza a verse en la isla bajo el endurecimiento de presión económica.
Entre militantes chavistas crece la idea de una traición al legado de Chávez: el 4F convertido en rumor de ataque y el petróleo rumbo a EE. UU. La consigna “al imperio, ni una gota” reaparece como reproche ante planes de exportación y control estadounidense de ventas e ingresos.
En un mitin solidario con Nicolás Maduro, una trabajadora del INDER calificó al gobierno de Trump de “errático”. La frase contrasta con giros económicos recientes del propio gobierno cubano, documentados en la política del dólar y en rectificaciones tras presión pública.