Un joven de 27 años permanece con vida tras haber sufrido una de las lesiones más graves registradas recientemente en Sancti Spíritus, luego de una explosión de fuegos artificiales ocurrida el pasado 1 de febrero en el poblado de Guayos. El caso, que desde el primer momento fue considerado de altísimo riesgo, terminó convirtiéndose en una prueba extrema tanto para el paciente como para el equipo médico del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, donde fue atendido junto a otra persona que no logró sobrevivir.
Abel Hondal Toledo llegó al hospital en condición crítica extrema, con quemaduras en aproximadamente el 95 % de la superficie corporal. A ese cuadro se sumaban otras lesiones de gravedad: traumatismo craneoencefálico, afectaciones oculares que le provocaron pérdida temporal de la visión y daños auditivos asociados a la onda expansiva, incluyendo perforación de la membrana timpánica. No se trataba solo de un gran quemado, sino de un paciente politraumatizado, con varios sistemas comprometidos desde el inicio.
El ingreso activó de inmediato un protocolo de atención intensiva que involucró a un equipo multidisciplinario. Especialistas en cirugía plástica y caumatología, ortopedia, cirugía general y anestesia trabajaron de forma coordinada para estabilizarlo. Las primeras horas fueron decisivas: el objetivo era revertir el estado de shock, garantizar la perfusión de órganos vitales y evitar un deterioro irreversible.
De acuerdo con los médicos, el pronóstico inicial era extremadamente desfavorable. Existen indicadores clínicos que combinan la edad del paciente con el porcentaje de quemaduras para estimar las probabilidades de supervivencia. En este caso, esa suma superaba ampliamente el umbral considerado crítico, lo que en la práctica se traduce en posibilidades muy limitadas de vida. Aun así, el equipo optó por intervenir con todos los recursos disponibles y sostener el tratamiento.
El joven no presentaba lesiones por inhalación, un factor que suele agravar notablemente estos cuadros, pero sí enfrentaba un escenario de alta complejidad. Durante las primeras semanas, el riesgo de infecciones severas, fallo multiorgánico y descompensaciones era constante. La vigilancia clínica fue continua, con control estricto de líquidos, soporte nutricional intensivo y uso de antibióticos para prevenir complicaciones.
El proceso de recuperación no dependió únicamente de las intervenciones médicas. El personal de enfermería asumió un rol clave en el cuidado diario, desde la realización de curas hasta la alimentación y movilización del paciente. Todo ello en un contexto en el que, por protocolos hospitalarios, no contaba con acompañamiento permanente de familiares dentro de la sala.
A pesar de la magnitud de las lesiones, Abel se mantuvo consciente desde el ingreso. Los especialistas destacan que, a diferencia de lo que muchas personas suponen, los pacientes con grandes quemaduras no suelen perder la conciencia en las primeras etapas. En su caso, además, logró mantenerse estable emocionalmente, sin episodios de pánico o rechazo al tratamiento, lo que facilitó su evolución.
El propio comportamiento del paciente fue un factor relevante. Según el equipo médico, colaboró activamente con las indicaciones, se alimentó cuando fue necesario y mantuvo una actitud de resistencia frente a las limitaciones físicas. Ese componente, junto a la respuesta clínica, contribuyó a sostener un proceso que se extendió por más de dos meses de hospitalización.
La comunicación con el paciente también siguió criterios específicos. Los médicos evitan transmitir directamente la gravedad real de estos cuadros para no provocar un deterioro emocional que afecte la recuperación. En cambio, a la familia se le informa con claridad el estado del paciente y las posibilidades reales de evolución. En este caso, desde el inicio se advirtió que existía un riesgo elevado de fallecimiento.
Con el paso de las semanas, comenzaron a aparecer signos de mejoría. El organismo respondió al tratamiento, las complicaciones más críticas lograron controlarse y el paciente fue saliendo progresivamente de la fase de mayor peligro. Aun así, los especialistas insisten en que estos casos no tienen una recuperación inmediata. Incluso tras el alta hospitalaria, el proceso continúa.
Actualmente, Abel se encuentra fuera de peligro, pero sigue bajo seguimiento médico. Presenta lesiones que aún deben cicatrizar y deberá enfrentar un período prolongado de rehabilitación. En pacientes con quemaduras extensas, la recuperación completa puede extenderse durante meses e incluso más de un año, debido al impacto que estas lesiones tienen en múltiples órganos y sistemas.
El caso ha sido considerado por el propio personal sanitario como uno de los más complejos atendidos en la provincia. Según los especialistas, nunca antes habían logrado la supervivencia de un paciente con un nivel de afectación tan alto. El antecedente más cercano en el servicio correspondía a un caso con un 86 % de superficie corporal quemada.
Más allá de la evolución individual, el suceso vuelve a poner el foco sobre los riesgos asociados al uso de pirotecnia en celebraciones locales. En Guayos y otras zonas del centro del país, este tipo de prácticas ha provocado en los últimos años múltiples accidentes con saldo de heridos graves e incluso fallecidos. En noviembre pasado, una explosión similar en ese mismo poblado dejó seis lesionados, varios de ellos en estado crítico.
El accidente del 1 de febrero se suma a esa cadena de eventos que, pese a los antecedentes, continúan ocurriendo. En esta ocasión, uno de los dos jóvenes afectados no logró sobrevivir. El otro, en cambio, logró salir adelante en un escenario que desde el punto de vista clínico se consideraba prácticamente insalvable.
La evolución de Abel Hondal Toledo no cierra la historia. Abre una etapa distinta, marcada por la rehabilitación, las secuelas físicas y el seguimiento médico constante. También deja un registro clínico poco común para los especialistas, que enfrentaron un caso límite y lograron revertirlo en condiciones adversas.




















