Una publicación de NiO Reportando un Crimen encendió una alerta urgente sobre la desaparición de dos ciudadanos cubanos que intentaban una travesía migratoria hacia Europa Occidental.
Según el reporte, Miguel Ángel Betancourt Leguen, natural de Guantánamo, y Amaury Milanés Tamayo, de Santiago de Cuba, se encontraban en Georgia y realizaron su última comunicación el 17 de diciembre, cuando avisaron que cruzarían hacia Turquía con ayuda de un intermediario de la ruta. La expectativa que transmitieron entonces era llegar a Italia en cinco o seis días. Desde ese momento, familiares y amigos dicen no haber vuelto a tener noticias, y piden apoyo para rastrear su posible paso por centros de detención, hospitales o albergues en la zona.
La preocupación no es abstracta: el texto subraya que la frontera entre Georgia y Turquía es un punto altamente vigilado y que, en un cruce irregular, el desenlace más probable suele moverse entre la detención y la incomunicación, o la simple desaparición en áreas de montaña y clima duro.
En los últimos meses, autoridades georgianas han informado detenciones por entradas irregulares a través de tramos fronterizos con Turquía y también operativos más amplios contra la migración “ilegal”, lo que da contexto a la hipótesis de que puedan estar retenidos sin que sus allegados logren ubicar el expediente o el lugar exacto.
El caso se inscribe en un mapa migratorio que ha cambiado mucho para los cubanos en pocos años. Cada vez más, Europa aparece como destino final o de tránsito, empujada por redes de coyotes y por la promesa de rutas “rápidas” que casi nunca son rápidas. La puerta de entrada, sin embargo, suele ser un corredor de países intermedios: visados, escalas y cruces terrestres que pueden terminar en el espacio turco-balcánico o en rutas hacia Italia. Ese patrón convive con un endurecimiento general de controles y un descenso de cruces irregulares detectados en las fronteras exteriores de la Unión Europea, según Frontex, sin que eso signifique menos riesgo: significa, a menudo, más desvíos y trayectos más peligrosos.
En paralelo, la presión sobre los sistemas de asilo europeos sigue alta. Eurostat registró en 2024 un total de 911.960 solicitantes de asilo por primera vez en la UE, y aunque el peso principal se concentra en otras nacionalidades, España se ha convertido en un país clave por volumen de solicitudes y por políticas recientes de regularización laboral.
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