Hay una escena reciente, pequeña en apariencia, que explica más que muchos discursos sobre el clima político cubano de 2026: una joven en Cuba publicó en Facebook una encuesta simbólica con una pregunta que cabe en una línea y que, sin embargo, terminó arrastrándola a una citación de la Seguridad del Estado. La pregunta era directa: “¿Marco Rubio o Díaz-Canel?”. ¿Ya saben quién gano, no?
Lo que volvió explosivo el gesto no fue la sofisticación de la encuesta, sino el resultado y el eco social: según reportes de prensa, el secretario de Estado de Estados Unidos arrasó por un margen abrumador, al punto de convertir el sondeo en un termómetro de desafección, burla y cansancio, todo a la vez, entre miles de cubanos. El régimen no reaccionó como quien ignora un chiste, sino como quien reconoce una grieta, a sabiendas que no era esta una encuesta científica ni pretendía serlo, pero su efecto político fue real y les demostró la mala imagen que tiene «Limonardo» ante la cubanada.
Ese episodio «inocente» ayuda a entender el ángulo extraño de esta coyuntura: Rubio aparece, al mismo tiempo, como funcionario con poder en Washington y como personaje de la conversación cubana, dentro y fuera de la Isla, con una presencia que no depende de los medios oficiales, luego de tener muy malo rating dentro de la misma Florida hace ya una década.
Sí, ni él mismo olvida cómo quedó segundo en las primarias republicanas de 2016 en Florida, por detrás de Donald Trump. En ese estado clave, Trump obtuvo un 45,72 % de los votos, mientras que Rubio consiguió un 27,04 % de los sufragios en la preferencia primaria del Partido Republicano. Rubio, que era senador por Florida y esperaba ganar su propio estado, suspendió su campaña presidencial tras esos resultados el 15 de marzo de 2016. Si no era capaz de ganar en su propio estado… imaginénse.
Pero… agua pasada no mueve molino. De allá a acá mucho ha llovido. La historia personal de Rubio no es un dato decorativo. Es un cubanoamericano de Florida, criado en Hialeah, que ha construido su carrera hablando de Cuba en un idioma que su electorado entiende; pero ojo, no siempre lo entendieron y no siempre lo van a entender.
Cuba’s fate may be in Marco Rubio’s hands
El colapso energético de Cuba ha vuelto a colocar el combustible en el centro de todo: economía, transporte, hospitales, comida, humor, rabia, migración. Y en parte porque, según The Economist, en estos días se estaría considerando dentro del Gobierno estadounidense enviar combustible a Cuba para evitar una crisis humanitaria, un cálculo que no solo sería técnico sino político, y que lo pondría a él —por rol y por biografía— en el foco del costo moral de cualquier decisión: apretar más o aflojar lo suficiente para que no reviente.
Ahora, instalado en la cúspide de la política exterior, Rubio pudiera quedar atrapado en una paradoja: si Cuba se hunde del todo, la foto histórica lo rozará; si Estados Unidos manda combustible, lo acusarán de “oxigenar” al sistema que prometió presionar; si aprietan sin paliativo, el costo humano será una mancha que la propaganda de La Habana explotará y que la política de Miami no podrá limpiar del todo. No hay mejor cuña que la del mismo palo porque, a diferencia de otros secretarios de Estado, él no puede fingir distancia: para bien o para mal, Cuba no le es un tema externo.
El giro se vuelve todavía más delirante cuando se mira la capa de “teatro” que la política estadounidense ha ido añadiendo a esta crisis y al personaje de Rubio.
A inicios de enero, Donald Trump hizo declaraciones públicas en las que llegó a “endorsar” la idea de hacer a Rubio “presidente de Cuba”, al tiempo que se llamó a sí mismo “acting president of Venezuela”, según reportó People. No es un marco institucional real, ni un plan jurídico serio: es retórica performática, de esa que convierte la política exterior en un set. Pero incluso como retórica tiene consecuencias, porque legitima la lectura —en redes, en Miami, en Cuba— de que Rubio no es solo un funcionario, sino una especie de administrador simbólico del destino cubano; un «tipo» que conoce los vericuetos latinos en los que Trump no quiere meterse. Los datos de la encuesta viral de “Rubio o Díaz-Canel” no nace de la nada.
Tiene incluso, sentido, como provocación histórica, si lo comparamos con Leonard Wood. Wood no fue “presidente” electo, pero sí fue gobernador militar de Cuba entre 1899 y 1902, el rostro estadounidense de una transición impuesta tras una guerra.
No es que la historia se vaya a repetir así, literal, con guerra o Alexis «Cuco» Mendieta incluido, pero la metáfora incomoda por un motivo: describe el tipo de poder que se ejerce cuando un país depende de decisiones externas para que la vida siga o se apague. Wood representó una administración directa; Rubio representaría, en el mejor de los casos, la tentación contemporánea de administrar por presión, por embargo, por excepciones de última hora, por combustible como respirador. En esa analogía no hay que “creer” para ver el punto: basta con aceptar que Cuba vuelve a estar, energéticamente, en manos de otros. Esta vez para mejorar y no dar marcha atrás.
Lo de la “votación online” no prueba que Rubio sea querido como el líder perfecto para los cubanos. Para llegar a ser presidente necesitaría haber nacido en Cuba, a no ser que se cambie la constitución o que, a pepe se lo encasqueten a unos cubanos despolitizados durante 67 años que son capaces de asimilarlo todo o casi todo; pero prueba otra cosa: que la imaginación política en Cuba está tan bloqueada que cualquier figura externa, sobre todo si tiene apellido familiar y acento de la comunidad, puede convertirse en sustituto, en meme o en deseo, a falta de urnas reales.
Sin embargo, a Rubio le importaría – quizás – tres pepinos ser presidente de Cuba; aunque resulte tentador y épico que lo fuera. Su interés primario sería aspirar a la Presidencia de los Estados Unidos en 2028. Según reportes recientes que recogen declaraciones y análisis de expertos políticos, esta es una posibilidad. El cubano aún no ha hecho una declaración formal, pero su visibilidad internacional y su experiencia como secretario de Estado lo colocan en una posición ambiciosa dentro del Partido Republicano.
También porque, su mano ha estado tras la paz alcanzada en entre Israel y Palestina; e incluso, en las conversaciones para lograrse una entre Rusia y Ucrania; y porque dentro del propio entorno trumpista se ha instalado el “juego” sucesorio entre figuras como el vicepresidente JD Vance y el secretario de Estado.
En diciembre de 2025, por ejemplo, circuló ampliamente una versión según la cual Rubio habría dicho que si Vance corre en 2028, él lo apoyaría, lo cual, de ser exacto en sus términos, no suena a “estoy dejando caer que voy”, sino a “si él va, yo no compito”. Ese tipo de declaraciones —reales o estratégicamente filtradas— suelen cumplir una función: mantener puertas abiertas, no enfrentarse al heredero preferido del presidente, y conservar capital político para otro rol (o para otro ciclo) sin pagar el costo de aparecer como conspirador interno. Es decir: para el 2032. Tiene lógica, primero Secretario de Estado, luego Vicepresidente (o al menos compañero de fórmula de un aspirante a Presidente) para luego lanzarse como canditato a ser Potus himself.
El cargo de secretario de Estado puede dar estatura, agenda y cámaras; pero también puede pegarte a decisiones impopulares, crisis externas y contradicciones internas. O incluso, crisis económicas internas.
Pero de aquí a allá, diría un cubano, Pedro corre y Juan gatea. En este 2026, Rubio está en el centro de temas que importan, pero que también polarizan: la relación con Europa, la tensión con China, los dilemas de política hacia Cuba. Reuters lo retrata ahora mismo operando en escenarios de alta exposición, como la Conferencia de Seguridad de Múnich y reuniones con el canciller chino, que son fotografías típicas de un presidenciable, pero que también son escenarios donde cualquier traspié se paga doble.
En política estadounidense, especialmente dentro del Partido Republicano actual, el indicador más útil no es que te mencionen como posible candidato, sino si te estás construyendo una infraestructura de campaña: red de donantes, viajes domésticos con foco electoral, equipos discretos, mensajes codificados hacia Iowa/New Hampshire, y, sobre todo, si tu relación con el presidente saliente te deja espacio o te aplasta. A día de hoy, lo que está más respaldado por fuentes es la existencia de “charla sucesoria” y el hecho de que Rubio está dentro de ese marco de conversación. Incluso, ha sido hábil – digamos – para que no se le involucre en el tema ICE. Su papel es resolver fuera, no dentro. Ese asunto le compete al Secretario de Defensa Nacional, por más que su rostro se vea expuesto en vallas en el Palmetto de Miami.
No obstante todo eso, para los cubanos, que ya dije que de política sabíamos muy poco, que un secretario de Estado con proyección mediática y base en Florida sea mencionado como presidenciable es normal en Washington; y que además cargue con un tema “nacional” para su electorado —Cuba— le da combustible simbólico dentro de su partido, no garantía de nada. Si algo enseña este momento es justamente lo contrario de la certeza: que la política puede inflar personajes de un día para otro, y también tragárselos igual de rápido. Lo único seguro, por ahora, es el mecanismo: cuando Cuba se queda sin energía, la conversación pública busca culpables, busca salvadores y fabrica encuestas improvisadas para decir lo indecible. Y ahí, por biografía y por cargo, Rubio cae en el centro del blanco.

















