En medio de apagones prolongados, escasez de combustible y dificultades crecientes para sostener servicios básicos, una consecuencia menos visible pero cada vez más evidente se extiende por calles y barrios de Cuba: la acumulación de basura. Lo que durante años fue un problema intermitente asociado a fallas logísticas o a déficits puntuales se ha transformado en una señal estructural del deterioro operativo del país, con implicaciones directas para la salud pública, la vida cotidiana y la percepción general de la crisis.
Reportes de agencias internacionales como Reuters, AFP y Deutsche Welle describen cómo montones de desechos se acumulan en esquinas de La Habana y otras ciudades ante la imposibilidad de que los camiones recolectores operen con normalidad. La causa inmediata es la escasez de combustible, que ha reducido la capacidad del sistema de recogida a menos de la mitad. Datos divulgados por medios estatales indican que solo 44 de los 106 camiones de basura de la capital estaban operativos recientemente, un nivel insuficiente para atender la generación diaria de residuos en una ciudad de más de dos millones de habitantes.
Las imágenes difundidas muestran bolsas rotas, restos de comida en descomposición, cartones y plásticos apilados junto a las aceras, rodeados de moscas y con un olor persistente que vecinos describen como insoportable. En algunos puntos, residentes han reportado que pasan más de diez días sin que aparezca un camión recolector, lo que obliga a improvisar depósitos informales o a convivir con los desperdicios frente a sus viviendas.
El problema no se limita a la capital. En otras localidades, ciudadanos han alertado en redes sociales sobre situaciones similares y sobre el riesgo creciente de brotes sanitarios asociados a la acumulación de residuos, especialmente en un contexto donde el acceso a agua potable, medicamentos y servicios médicos ya se encuentra tensionado. Expertos en salud pública advierten que la combinación de calor tropical, materia orgánica en descomposición y vectores como moscas y roedores crea condiciones propicias para enfermedades gastrointestinales y otros padecimientos.
La crisis de la basura está estrechamente vinculada al deterioro del suministro energético. Cuba, con unos 11 millones de habitantes, ha enfrentado desde inicios de año una caída abrupta en la disponibilidad de combustibles tras la interrupción de envíos desde Venezuela y la reducción de otros suministros, en un entorno de presión internacional sobre el sector energético. La escasez no solo afecta la generación eléctrica, sino también actividades esenciales como el transporte público, la distribución de alimentos y la recogida de desechos.
El Gobierno ha implementado medidas de racionamiento para priorizar servicios considerados críticos, pero la capacidad limitada de combustible obliga a decisiones de asignación que dejan áreas como la limpieza urbana en una posición vulnerable. En paralelo, largas esperas para repostar —que pueden extenderse durante semanas— afectan tanto a flotas estatales como a operadores privados.
En las estaciones de servicio, el combustible disponible se vende a precios oficiales que contrastan con valores mucho más altos en el mercado informal, donde el litro puede multiplicar varias veces su costo. Esta brecha refleja la tensión entre oferta y demanda en un sistema donde los ingresos promedio de los trabajadores estatales equivalen a menos de 20 dólares mensuales al tipo de cambio del mercado.
La acumulación de residuos se suma así a un conjunto de señales visibles de parálisis económica: transporte reducido, apagones, dificultades para abastecer mercados y deterioro de infraestructuras urbanas. Para muchos residentes, los montones de basura representan no solo un problema sanitario, sino también un indicador tangible de la incapacidad del sistema para sostener funciones básicas.
Organismos internacionales han expresado preocupación por el impacto humanitario de la crisis. Naciones Unidas ha señalado la necesidad de apoyar esfuerzos de asistencia, mientras algunos gobiernos han advertido sobre las condiciones en la isla en el marco de tensiones políticas más amplias. En este contexto, la basura en las calles se convierte en un síntoma más de un entorno donde los problemas estructurales se entrelazan con factores externos y limitaciones internas.
Más allá de las cifras, la escena cotidiana de bolsas acumuladas y contenedores desbordados resume un fenómeno más profundo: cuando los sistemas de recolección fallan, la crisis deja de ser abstracta y se vuelve visible en cada esquina. La gestión de residuos, habitualmente un servicio silencioso, pasa a primer plano como recordatorio de que el funcionamiento de una ciudad depende de cadenas logísticas que, al romperse, revelan la fragilidad del conjunto.


















