El derrumbe en la vocacional santiaguera y el silencioso oficio de los recicladores de ruinas

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El derrumbe sucedido ayer 6 de julio en las ruinas del antiguo Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Antonio Maceo” de Santiago de Cuba se acredita principalmente a las personas que se encontraban socavando clandestinamente la estructura en busca de materiales que pudieran vender o quizás emplear en proyectos propios de reparación o construcción.

Estos ciudadanos fueron exitosamente rescatados por miembros del Cuerpo de Bomberos, de la Cruz Roja, del Servicio de Urgencias Médicas, de los Servicios Comunales y de la empresa Cubiza, y trasladados al Hospital Provincial Saturnino Lora, donde se recuperan del desastre que los atrapó en el cuarto nivel del inmueble mientras le extraían las últimas gotas de utilidad que podía ofrecer su esqueleto desahuciado.

La carencia crónica histórica de insumos para la construcción en Cuba, ha convertido este riesgoso oficio de “chatarreros” —que en inglés se les confiere un término más chic y que suena bien en las películas de Hollywood: scavengers, que significa literalmente: carroñero— en un modo de ganarse la vida, de arrancarla literalmente de las estructuras derruidas, agotadas, inhabitables, y no tanto.

Desde hace décadas se han denunciado en medios oficiales la sustracción de piezas de acero de las torres de alta tensión que recorren sabanas y campiñas solitarias de la isla, sosteniendo las líneas eléctricas. Estas debilitan las estructuras y comprometen la estabilidad, con el riesgo de derrumbe y el corte del servicio de energía, amén de la muerte cercana que siempre tienen los que se atreven.

Estas vigas de metal luego van a para a numerosas construcciones “caseras” o “criollas” como cercas, corrales de cerdos, vigas de techos de viviendas de personas que llevan años aguardando por adquirir los materiales de manera legal.

En las ruinas de la inacabada Central Electronuclear de Juraguá, al borde de la bahía de Cienfuegos se conoce hace tiempo de una partida de scavengers conocidos localmente como “los picapiedras”, que se internaban por senderos secretos en el gigantesco domo para atacar sus paredes y extraer, sobre todo, las preciadas cabillas, las reinas de los materiales de la construcción en Cuba, el premio más preciado y ambicionado.

Desde que esta “obra del siglo”, también conocida como “obra de choque”, fue definitivamente cancelada, muchos habitantes de la Ciudad Nuclear, que hubieran sido los operarios de la central, y de otros asentamientos de los alrededores, comenzaron a saquear las toneladas de materiales dejados a su suerte en el lugar. A pesar de la vigilancia que se estableció alrededor del lugar, que ahora se proyecta como basurero de desechos radiactivos mundiales, los habitantes consiguieron obtener de esta un mínimo reembolso por las frustraciones y las pérdidas que les provocó su cierre definitivo.

Los chatarreros de Santiago de Cuba forman parte de un gremio poco conocido, casi secreto, que se revela a luz con accidentes como el del antiguo “pre”, cuya muerte representa la vida para estos comerciantes de restos útiles, para estos mercaderes del reciclaje.    

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