Desde La Habana también hay llantos, como si ellos estuviesen en Venezuela interesados en la receta de las arepas.
En los corrillos del chavismo —y sobre todo en sus bases más militantes— se ha instalado una sensación agria: la de estar viendo, en cámara lenta, una renuncia al libreto fundacional que Hugo Chávez convirtió en identidad.
La discusión no se mueve solo en el terreno político, sino en el simbólico, donde el golpe duele distinto. Por un lado, la idea de que el poder que se dijo heredero terminó colocando en riesgo, o al menos banalizando, el lugar donde reposan los restos de Chávez en el Cuartel de la Montaña 4F; por el otro, la escena impensable hace apenas semanas: Venezuela reabriendo la puerta a ventas de crudo a Estados Unidos bajo un esquema de control y supervisión norteamericana que Washington presenta como parte de la “reconstrucción” del país tras la salida de Nicolás Maduro.
En lo simbólico, lo ocurrido alrededor del Cuartel 4F se volvió combustible. Tras la operación militar estadounidense de inicios de enero circularon en redes afirmaciones de que el mausoleo de Chávez había sido “destruido” o “bombardeado”. Varias verificaciones periodísticas han desmentido que existan pruebas concluyentes de una destrucción del sitio, aunque sí se reportaron explosiones y versiones de ataques en las inmediaciones, lo suficiente para que el rumor prendiera en un país donde los símbolos funcionan como disciplina, señalan Clarín y Comercio. La discusión, en clave chavista, no es solo si hubo o no daño real, sino el hecho de que el lugar entrara en la conversación como objetivo o como mensaje.
En lo material, el quiebre se siente más directo: el petróleo. En diciembre de 2025, Diosdado Cabello reiteraba en la narrativa oficial que, si Estados Unidos agredía a Venezuela, “ni una gota” de petróleo debía salir rumbo a ese país. La frase se multiplicó en medios estatales y en recortes de video, y conectaba con un viejo reflejo del chavismo: convertir el crudo en arma moral frente al “imperio”. Esa línea no era nueva. Chávez ya había amenazado en 2008 con cortar envíos de petróleo a Estados Unidos en medio de tensiones con Exxon, usando un lenguaje casi idéntico.
Sin embargo, ahora, Diosdado Cabello, pasó de la consigna a la transacción sin escala intermedia.
“Si Estados Unidos está dispuesto a comprar nuestro petróleo, nosotros se lo vendemos”, dijo en su programa televisivo, en una frase que muchos leyeron como rendición práctica más que como pragmatismo. Ahora, en medio de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores y de una crisis política abierta, Cabello normalizó la venta, evocó viejos volúmenes de exportación y respaldó el comunicado de PDVSA que confirma negociaciones bajo esquemas similares a los de Chevron. El discurso intentó cerrarse con llamados a la unidad y a la patria, pero el daño ya estaba hecho: el petróleo, símbolo de soberanía durante dos décadas, aparecía oficialmente reducido a mercancía administrada bajo supervisión estadounidense.
Por eso, el viraje actual es leído internamente como humillación y, para muchos, como traición, recoge Venezolana de Televisión. En los últimos días, medios internacionales y agencias han informado que Caracas coopera con Washington en planes para exportar entre decenas de millones de barriles de crudo a Estados Unidos, con sanciones en revisión y con mecanismos en los que el control del flujo y de los ingresos quedaría, total o parcialmente, bajo tutela estadounidense. Reuters reportó gestiones diplomáticas y visitas de petroleras; otros medios detallaron la ambición del plan y la narrativa de “control” sobre las ventas y la renta petrolera. El choque con el eslogan “al imperio, ni una gota” es precisamente lo que está agitándose dentro del chavismo: si el petróleo fue el emblema de soberanía, venderlo ahora en estas condiciones se percibe como el punto de quiebre.
En redes, la reacción se expresa en un lenguaje de duelo político: circulan comparaciones entre el Cabello que advertía “ni una gota” y el Cabello que, ya en 2026, habla de ventas como una transacción, argumento que también han repetido voces del oficialismo para normalizar el giro (“Venezuela siempre vendió petróleo a Estados Unidos”). Ese intento de normalización es, justamente, lo que enciende a una parte de la militancia: no discuten solo la venta, discuten el relato.
En La Habana, mientras, la escena fue otra y fue peor, viendo las imágenes de Bruno Rodríguez recibiendo en Caracas las cenizas simbólicas de los cubanos caídos, con un gesto que no parecía de duelo sino de derrota administrativa. No era la cara del “no habrá más petróleo”, ni siquiera la del sacrificio épico reciclado, sino la de quien sabe que en la sala contigua todos piensan lo mismo y nadie lo dice en voz alta: no fue el imperio el que forzó nada, fue la obediencia.
La mueca, captada por las cámaras oficiales, tenía más de reproche interno que de lamento nacional, más de “esto no se perdona” que de consigna. En ese silencio espeso, el problema no eran las cenizas ni los caídos, sino la certeza de haber cruzado una línea que el propio discurso había jurado no cruzar jamás.

















